Lo que comenzó como una advertencia interna en el Parlamento brasileño escaló rápidamente a un conflicto bilateral con EEUU. El ministro de Relaciones Exteriores local, Mauro Vieira, envió un informe reservado a los legisladores planteando el peligro de una eventual incursión militar extranjera, motivada por las nuevas etiquetas de "narcoterroristas" que Washington asignó al Primer Comando de la Capital y al Comando Vermelho.
La respuesta de la Casa Blanca no tardó en llegar: "Ese comentario es absurdo. Estados Unidos está adoptando medidas decisivas, en ejercicio de sus propias prerrogativas soberanas, para combatir a los narcoterroristas".
En sintonía con ese rechazo, el organismo norteamericano redobló la apuesta y apuntó contra el discurso de la diplomacia brasileña. "Las acusaciones vagas sobre una intervención suelen servir como pretexto para ayudar y encubrir a algunos de los grupos más violentos del mundo", prosiguió el Departamento de Estado, sugiriendo que sembrar sospechas sobre Washington termina favoreciendo a las propias organizaciones criminales.
Para la administración de Donald Trump, tanto el PCC como el Comando Vermelho dejaron de ser amenazas puramente locales.
Foto: White House
EEUU y Brasil: los motivos detrás de la grieta por el narcoterrorismo
El malestar de Washington no es nuevo y responde a una preocupación directa sobre su propio territorio. Para la administración de Donald Trump, tanto el PCC como el Comando Vermelho dejaron de ser amenazas puramente locales; el gobierno estadounidense sostiene que ambas redes criminales ya operan activamente en varios estados norteamericanos, lo que evidencia un preocupante despliegue y alcance internacional.
Esta grieta en los criterios de seguridad bilateral alcanzó su punto más crítico a fines de mayo. El detonante fue la trastienda de una reunión en la Casa Blanca, donde Trump recibió al precandidato opositor brasileño, Flávio Bolsonaro, quien sugirió formalmente incluir a las dos facciones en la lista de agrupaciones narcoterroristas de EEUU, una jugada que terminó por dinamitar los canales diplomáticos habituales con el gobierno actual de Brasil.