Lo que
quedó de la
capilla de
San
Clemente.
El techo se
derrumbó
por completo
sobre los
fieles que
asistían a
misa. Al
menos 148
cuerpos
fueron
rescatados
del templo.
Lima - La iglesia San Clemente, del cura español Alfonso Berrade, se convirtió en el símbolo de la tragedia peruana. Oficiaban misa cuando comenzó el temblor. «Los cuerpos eran demasiados. Comenzamos a apilarlos en la plaza mayor», cuenta en primera persona. «Me salvé por un milagro.»
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«Era un día común. Las siete menos cuarto de la noche. Estaba en lo que consideraba mi casa, la iglesia de San Clemente de Pisco. Era un grupo muy grande congregado por un funeral. En ese momento, al empezar la celebración de la misa (que oficiaba un joven párroco peruano), ocurrió el temblor. Vi cómo la gente se abalanzaba sobre las puertas. Se derrumbaron el techo y las paredes del templo. Calculo que junto a mí había unas 350 personas. No eran muchas, la iglesia era muy grande y podían entrar cerca de 1.000 (frecuentemente se llenaba y había gente escuchando hasta en la plaza).»
«De esas, 150 -más o menos- salieron y lograron llegar a la calle. Las otras quedaron atrapadas. Presencié cómo desaparecían sepultadas. Algunos de mis feligreses fallecieron porque no corrieron. Pensaban que iba a ser cortito el terremoto. Otros porque no podían huir. Había niños, personas muy mayores, gente a la que le costaba moverse. De pronto se hizo de noche en la ciudad.
Me puse debajo del marco de una puerta como indican los manuales de protección civil. Se apagó toda la luz. No se veía nada. Sentí un ladrillo de adobe grande que se estrelló contra mi cuerpo. Fui a parar al suelo. Entre sombras, observé que, donde yo estaba parado antes, absolutamente tieso, cayó un aluvión de escombros. Me libré por un milagro. De otro modo no estaría contándoles esto.»
«Afuera era el Apocalipsis... Se fue la luz inmediatamente -la penumbra-, se cortó el suministro de agua -los muertos por todas partes-, los gritos de los heridos... No había escuadrones de emergencia. Nos pusimos, sin luz, a salvar a quienes podíamos. Logramos sacar a más de 20 vecinos con vida.»
«Los pobladores se detuvieron a mirar lo que hasta ahora había sido su vida y lloraron. No sólo fallecieron los que no pudieron salir a tiempo. Otros muchos murieron al caerles encima las paredes cuando se creían a salvo en la calle, en cámara lenta. Atroz.»
«Hice un repaso de mis feligreses y mis compañeros. No veía a varios de mis buenos muchachos. Entre ellos, a un chico al que le tenía mucho cariño (no habían encontrado su cadáver aún). Colaboraba en la pastoral juvenil. Era músico. Su afán era ser un gran compositor. Tenía madera para ello. Estaba con unos chicos ensayando...»
«No se veía nada. Los generadores de electricidad no llegaban (no existía ninguno disponible). Pero el ingenio de los que quieren salvar sus vidas apareció. Unos hombres trajeron una batería de coche y pusieron dos cables. Nos iluminábamos para seguir rescatando gente. Yo intentaba guiarlos, porque se quedaban inmóviles ante tanta desolación. Les decía dónde cavar. El trabajo era un tanto informal. Muy emotivo. Encontraban, detrás de cada piedra removida, a sus hermanos. A sus padres. A sus esposas. A sus hijos.»
Desorientación
«Los cadáveres se iban apilando en las veredas. Su presencia nos aterrorizaba. En la madrugada había llegado la primera parte de la ayuda del gobierno central: había bomberos y soldados. Un militar muy joven me miró y me preguntó, '¿Qué hacemos?'. Sin dejar de ayudar, le dije: Eso lo deberías saber tú mejor que yo. Consulta con tu general. Fue corriendo a preguntarle. Así, por un buen rato, desorientados, hasta los miembros del ejército seguían mis instrucciones.»
«Los cuerpos eran demasiados. No había lugar dónde ponerlos. Se decidió que a los hospitales sólo irían los heridos. Comenzamos a apilarlos en la Plaza Mayor de Pisco, delante de mi templo destrozado. Me paseé por la ciudad (una ciudad histórica y que estaba recuperando el halo turístico de ser una de las cunas de la independencia del Perú).»
«Dentro de la ciudad había tres iglesias más aparte de la mía. Me acerqué a la más cercana, una joya invalorable del siglo XVIII. Fue erigida en la época de la colonia. Era un templo barroco, considerado monumento nacional. No ha quedado más que los cimientos. No ha quedado nada. Vacío. Atroz. El vacío.»
«Caminé hacia otra iglesia que estaba más al Sur, a la orilla del mar. Cuando ocurrió la tragedia, estaban también celebrando una misa. Se ha caído toda. Ha muerto un montón de gente. Todavía no han podido sacar a nadie. Calculo que allí va a haber 100 muertos o más.»
«Tuve que ir al hospital a ver a los heridos. Había mucha gente grave y quería ir a consolarlos un poco. También iba a animar a los médicos. Ellos tenían una dura misión. Tenían que decidir a qué pacientes derivaban a Lima. Los que debían ser operados urgentemente. Lo que presencié al llegar al hospital, sería mejor no recordarlo.»
«Desde las puertas de entrada, ahí en el suelo, estaban los enfermos. Iba saltando por encima de ellos. En el mejor de los casos, se encontraban en colchonetas sobre el piso. En la mayoría, se acostaban encima del cemento. Había lesiones de todo tipo: piernas partidas, cabezas rotas... Muchos llegaban totalmente inconscientes, sin sentido.
Recuerdo una chica joven con la columna partida...niños con los huesos al aire, gente muriendo en los pasillos, chillidos por un dolor inconmensurable... No había espacio. No había sitio para nada. Y llegaban más y más heridos. Era imposible. No había ambulancias.»
«Regresé a la plaza. Son demasiados cuerpos. Los desesperados los mueven una y otra vez para ver su rostro (sus cabezas llegan a tener la mitad del tamaño de una normal por el aplastamiento). Así intentan reconocer a las víctimas. No hay ataúdes. Su carencia se ha convertido en la gran crisis. Nos han dado bolsas para cubrirlos. Se han ido acabando, los últimos cadáveres se colocan sin cubrir, sobre los bancos.»
«Protestamos. Llega Alan García, presidente de Perú, con un montón de ministros. Vieron eso. Yo les digo: No hay derecho, eso -señalando a los difuntos- no se puede permitir.»
«Tengo que ver qué hacemos con los alimentos. Van a llegar en este momento de Cáritas. Debo organizar algunos comedores. Mi mayor problema es dónde almacenar las cosas. Me han ofrecido enviar camiones de alimentos. Pero no tengo sitio donde guardarlos. No sé cómo vamos a hacer (es una duda razonable, el ejército ha tenido que salir a proteger los centros de distribución de alimentos con disparos al aire). No hay electricidad.»
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