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4 de agosto 2006 - 00:00

El drama de quienes no huyeron de los cohetes

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Kiryat Shmona (AFP) - En la localidad norteña israelí de Kiryat Shmona, las mujeres discuten por unos pañales, los niños se arrancan de las manos los juguetes y los hombres exigen más latas de conservas mientras imploran «¡sáquennos de aquí!», una frase en boca de todos aquellos que no han podido huir de los cohetes de Hizbollah.

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En el vigésimo tercer día de la guerra, los habitantes del norte de Israel vivían ayer presos del miedo por los disparos de cohetes de la milicia chiita libanesa.

A sólo 3 km del Líbano, Kiryat Shmona, una ciudad taciturna de 25.000 habitantes en la ladera de una montaña, recibe desde el inicio del conflicto el impacto de los katjusha de Hizbollah, que han transformado la melancolía en miedo.

  • Resultado

  • Casi 60% de los habitantes huyeron de ella pero otros muchos, los más desvalidos, se han quedado por falta de medios para escapar.

    «Hablo con muchas madres que lloran al teléfono; quieren marcharse», relató Hen Simcha, una operadora de una línea telefónica de emergencia local. «Los que se han quedado son los pobres, los ancianos, los enfermos», añadió.

    Llaman porque andan escasos de víveres o sin energía eléctrica, o por problemas de salud. «La mayor parte no quiere más que marcharse.Se enfadan cuando les digo que no puedo ocuparme de eso. Se enfurecen al ver que los dejamos sufrir aquí», contó.

    Según Yariv Amiad, un portavoz de la ciudad, el gobierno israelí no ha puesto en marcha un dispositivo de evacuación y los servicios municipales carecen de medios para asumir los gastos del transporte y alojamiento de estos indefensos.

    En Kiryat Shmona, los servicios estatales que asistían a los pobres cerraron sus puertas y el resultado de este cierre se ha palpado durante una distribución de víveres organizada por un francés que envió al norte un camión cargado de bienes. Empujones e incluso peleas acompañaron el reparto de la ayuda. «Estamos hambrientos, el Estado nos ha abandonado», se quejaba un hombre de unos 40 años que afirma ser desempleado. Un grupo de mujeres que sostenían en brazos a sus bebés suplicaba a los voluntarios que les diesen leche, azúcar y aceite.

    A unos metros del camión, el filántropo francés contemplaba abrumado la escena. «No esperaba ver imágenes como éstas en Israel, me conmueve», dijo.

    De pronto, la distribución se interrumpió porque los habitantes se arrancaban de las manos las bolsas, que al caer al suelo quedaban inservibles.

    Sima, una joven madre, parecía anonadada. «Nadie ha venido a vernos desde hace tres semanas, ustedes son unos ángeles», dijo con lágrimas en los ojos.

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