Aznar separó las aguas especialmente en su segundo gobierno y España quedó radicalmente dividida entre el nacionalismo principal, el español, y los regionales en el País Vasco y Cataluña. Todo síntoma de duda o de apertura, según quien lo analizara, fue denunciado por el PP como debilidad frente al extremismo que quería «quebrar la unidad de España». En ese marco, al PSOE no le fue fácil manejar sus contradicciones.
Es indudable que la prosperidad que otorgó un crecimiento cercano a 4% promedio anual en el primer mandato, y a 2% en el segundo, fueron un argumento decisivo para que los españoles le dieran sucesivas mayorías al centroderecha español. Aunque ajustada, una victoria de
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