Sus rasgos físicos son indudablemente sajones, tanto como su personalidad es porteña. «Tengo pinta de gringo pero me identifico con la gente de acá. De hecho, me hice más amigo de mexicanos y centroamericanos enrolados», cuenta.
«De los iraquíes sólo puedo decir que son muy amigables. Los nenes nos abrazan cuando llegamos con peluches a escuelas en medio del desierto». Entiende que «la resistencia tiene derecho a defenderse». Sus palabras más agrias son para la guardia nacional iraquí. «Los formamos y financiamos con mucho dinero, pero vemos con largavistas cuando algunos venden las armas que les damos o ponen explosivos en puentes.»
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