En sus más de 40 años en el poder, Muamar el Gadafi desarrolló una serie de manías, excentricidades y extravagancias que marcaron de manera inconfundible su estilo de poder autocrático y su imagen internacional, donde la realidad y la mitología que creó el líder libio se confundían hasta volverse inseparables.
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Nunca pudieron ser confirmadas, por ejemplo, las versiones sobre la existencias de varios sosias de Gadafi, enviados en giras regionales y hasta internacionales a causa de su obsesión por la seguridad, o los rumores sobre su equipo personales de catadores, que probaban antes de él cada cosa que comía o bebía, por temor a un posible envenenamiento.
Lo que está fuera de dudas es su afición por las mujeres: Gadafi era acompañado por todas partes por un cuerpo de seguridad constituido de jóvenes hermosas y atléticas, armadas hasta los dientes, así como por sus rubias enfermeras llegadas de Europa del Este: una de ellas, Galina Kolotnitska, se volvió famosa luego de ser mencionada en un cable diplomático estadounidense filtrado por Wikileaks.
En Italia causó sensación cuando, durante su última visita a Roma, en agosto del año pasado, Gadafi reclutó a través de una agencia de azafatas a 500 muchachas romanas a las que invitó para una lectura de fragmentos del Corán, en una de sus carpas beduinas. El líder libio, en efecto, sólo viajaba al exterior llevando consigo una carpa beduina tradicional -aunque completa con todos los accesorios domésticos modernos- que siempre causaba problemas de protocolo y de seguridad en los países que lo recibían.
Su vanidad personal abarcaba también la vestimenta: según la ocasión por la que debía presentarse en público, elegía ponerse estrafalarios uniformes militares -que según algunos diseñaba él mismo- vestidos tradicionales del desierto libio o extrañas combinaciones de ropas occidentales y árabes.
Gadafi nunca respetaba el protocolo, llegaba siempre tarde y se distinguía por sus excentricidades: para el aniversario del tratado de amistad entre Italia y Libia llegó con 30 caballos bérberos, transportados en dos vuelos especiales y una patrulla de bellas jóvenes en uniforme.
Cuando participó en la cumbre del G-8 en L'Aquila en julio del 2009 -en cuanto presidente de turno de la Unión Africana- detuvo la comitiva que lo llevaba de Roma a la capital regional de los Abruzos para concederse un paseo de unos 20 minutos al borde de la ruta, reparándose del sol con una sombrilla blanca.
Para sus fiestas personales y el aniversario de la Revolución Verde, que lo había llevado al poder, regalaba relojes de oro europeos con su efigie, y copias autografiadas del "Libro Verde", la obra ideológica con la que pretendía haber superada tanto a la democracia liberal como al socialismo de los países comunistas.
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