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Tocaba la guitarra para relajarse, vivía la vida de un monje y esperaba el fin de su exilio. Tenía una legión de seguidores -principalmente campesinos pobres-en Haití, donde había sido elegido presidente pero había sido derrocado en un golpe de Estado. Así que durante casi tres años, esperando ver si Occidente apoyaba sus esfuerzos por regresar, hizo giras por Estados Unidos y Europa, atrayendo a estudiantes curiosos, activistas y políticos. Hablaba en parábolas que dejaban a los no haitianos rascándose la cabeza pero trasladaba a sus fieles a la risa y la esperanza, y se erigía como símbolo de la democracia misma.
Desde el principio, sin embargo, hubo problemas. Críticos dijeron que había buscado el exilio él mismo.
Mientras aún estaba en Haití había hablado en favor del «collar»: la práctica de colocar neumáticos en llamas alrededor del cuello de un enemigo para provocar temor en el corazón de sus oponentes. Sus sermones estaban llenos de frases antiestadounidenses. Algunos haitianos dijeron que estaba mentalmente desequilibrado y un perfil de la CIA dijo que gobernaría con violencia. Estados Unidos terminó ayudándolo a recuperar el poder, pero
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