La Operación Fénix, en la que las Fuerzas Armadas de Colombia dieron muerte en territorio ecuatoriano al «canciller» de las FARC, Raúl Reyes, y al menos a otros 16 miembros de esa guerrilla, acaba de correr el telón de un nuevo escenario para América del Sur.
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Son varias las novedades que trae este complicado episodio. La primera de ellas: los actores. Ya se habían dado alertas de que las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) están operando también fuera de Colombia (en Venezuela, Panamá, Ecuador, Brasil y Perú), al amparo de la selva y, en ciertos casos, bajo la vista gorda de las autoridades -como es el caso de Venezuela y parecería ser el de Ecuador-.
La Operación Fénix fue la constatación fáctica de que las FARC no tienen fronteras. Lo mismo que su negocio principal, el narcotráfico.
Un segundo aspecto tiene que ver con el casting. Por primera vez en Sudamérica se da una operación del tipo de «guerra preventiva», en la que el Ejército del país «A» entra a operar en el país «B» sin aviso previo. Hubo sí, un caso «programado» en noviembre de 1998, cuando el gobierno de Fernando Henrique Cardoso autorizó a Bogotá para que helicópteros y tropas colombianas realizaran un operativo anti-FARC en la zona brasileña de Querarí, 50 km distante de la frontera. Esa «ventana» duró apenas 24 horas.
EE.UU.
La tercera novedad se desprende claramente de las palabras del presidente de Ecuador, Rafael Correa, al decir que los guerrilleros fueron « bombardeados y masacrados mientras dormían, utilizando tecnología de punta... seguramente con la colaboración de potencias extranjeras». En términos teatrales y bélicos, la utilería. La operación de la madrugada del sábado pasado marcó el ingreso de armas inteligentes a la escena de América del Sur. Por primera vez se utilizó munición aire-superficie con guiado de precisión (PGM o Precision Guided Munition).
Las PGM son bombas con guiado terminal lasérico: para dar en el blanco necesita que en tierra haya un señalador de láser que ayude al avión a apuntar hacia el objetivo. Es decir, que la eficacia de esta munición depende siempre de un apoyo terrestre. Por lo tanto, en el caso del bombardeo contra el campamento de Raúl Reyes, necesariamente hubo coordinación con una patrulla terrestre que operó desde dentro de Ecuador. «Es poco probable que las fuerzas especiales colombianas tengan experiencia en ataques a blancos terrestres con munición inteligente», dice el teniente coronel (R) Carlos Doglioli. La ayuda terrestre, entonces, habría provenido de alguna « potencia extranjera».
La Fuerza Aérea colombiana, por su parte, no está equipada con munición inteligente aire-superficie (sí tienen esta tecnología las de Chile, Brasil, Perú y Venezuela). «Tampoco los turbohélice Super Tucano colombianos (aviones de origen brasileño utilizados en acciones contra la guerrilla) tienen visión nocturna, como se necesitó esa madrugada», aclara Doglioli, con lo cual nuevamente se cae en que en la Operación Fénix la munición con guiado de precisión fue lanzada desde un avión de alguna «potencia extranjera».
¿Cuál potencia extranjera podría haber ayudado a Colombia en una acción bélica contra las FARC entrometiéndose en territorio ecuatoriano? ¿Algún otro país sudamericano? ¿O los Estados Unidos, el aliado de Bogotá en el Operativo Gran Colombia contra el narcotráfico y las FARC?
De ser cierta esta posibilidad, el escenario de América del Sur, sobre todo en lo que hace a sus focos conflictivos en la Gran Colombia y en Bolivia, estaría cambiando. Radicalmente. Ojalá desde la Casa Rosada y desde el Palacio San Martín así lo perciban.
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