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13 de diciembre 2006 - 00:00

Pinochet dejó más que Castro

Mucho se ha escrito en los últimos días en la mayor parte de la prensa mundial sobre Augusto Pinochet y debe decirse que la mayoría de los enfoques fue lineal y condenatoria. Sin embargo, más allá de las violaciones a los derechos humanos que produjo su gobierno -y que ya nadie niega-, hay otro legado de su régimen: el éxito económico de Chile y no haber bloqueado la transición a la democracia cuando perdió el referéndum por su continuidad en 1988. Dicho legado resalta aun más si se lo compara con el que deja Fidel Castro en Cuba. Este es el eje del editorial publicado ayer por «The Washington Post», cuyos principales pasajes transcribimos a continuación.

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Augusto Pinochet, que murió el domingo a los 91 años, ha sido envilecido durante tres décadas dentro y fuera de Chile, el país sudamericano que gobernó por 17 años. Para algunos fue el epítome de un dictador malvado. Eso es, en parte, porque ayudó a derrocar, con la ayuda de los EE.UU., a un presidente elegido y considerado un santo por la izquierda internacional: el socialista Salvador Allende, cuya responsabilidad en crear las condiciones para el golpe de 1973 usualmente es pasada por alto. Pinochet fue brutal: más de 3.000 personas fueron asesinadas por su gobierno y decenas de miles fueron torturadas, sobre todo en los primeros tres años. Miles más pasaron años en el exilio.

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Un opositor prominente, Orlando Letelier, fue asesinado con un coche bomba en el Círculo Sheridan de Washington en 1976, uno de los actos de terrorismo más notables en la historia de esa ciudad. Pinochet, mientras tanto, se enriqueció, escondiendo millones en cuentas bancarias extranjeras. Su muerte impidió un tardío pero largamente merecido juicio en Chile.

Es difícil no notar, sin embargo, que el dictadormalvado dejó atrás el país más exitoso de América latina. En los últimos 15 años la economía de Chile ha crecido el doble que el promedio regional, y su índice de pobreza se redujo a la mitad. Está dejando atrás el mundo en desarrollo, en el que permanecen enlodados todos sus vecinos. También tiene una democracia vibrante. A principios de este año eligió a otro presidente socialista, Michelle Bachelet, que sufrió persecución durante los años de Pinochet.

  • Milagro económico

  • Guste o no guste, Pinochet tuvo algo que ver con este éxito. Para consternación de cada ministro de Economía de América latina, introdujo las políticas de libre mercado que produjeron el milagro económico chileno, y que ni siquiera los sucesores socialistas de ese Allende han osado revertir. También aceptó una transición a la democracia, retirándose pacíficamente en 1990 después de perder un referéndum. Por contraste, Fidel Castro, némesis de Pinochet y un héroe para muchos en América latina y más allá, deja cuando se aproxima su muerte un país económicamente arruinado y sin libertad. Castro también mató y exilió a millares de personas. Pero aun cuando se hizo obvio que su sistema económico comunista había empobrecido a su país, rechazó abandonarlo: pasó los últimos años de su gobierno revirtiendo una liberalización parcial. Finalmente, también encarceló o persiguió a cualquiera que sugiriera que los cubanos podrían beneficiarse de la libertad de expresión o del derecha a votar.

    El contraste entre Cuba y Chile más de 30 años después del golpe de Pinochet es un recordatorio de un ensayo famoso escrito por Jeane J. Kirkpatrick, la provocativa y enérgica académica y embajadora de los EE.UU. ante las Naciones Unidas que murió el jueves. En «Dictaduras y dobles estándares», un trabajo que atrajo la mirada del presidente Ronald Reagan, Kirkpatrick argumentó que los dictadores de derecha como Pinochet son en última instancia menos malignos que los comunistas, en parte porque sus regímenes son más propensos a allanar el camino a democracias liberales. Ella, también, fue envilecida por la izquierda. Con todo, ahora resulta obvio: tenía razón.

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