Samuel Hadas, analista y primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede, sostiene que si la comunidad internacional no actúa de modo decidido para que Irán y Siria desarmen a Hizbollah, una nueva guerra estará a la vuelta de la esquina. A continuación, los principales tramos del interesante artículo que escribió para la «Agencia Judía de Noticias».
Un mural del anterior líder de Hizbollah, Abbas Mussawi, pintado en una calle de la ciudad libanesa de Bint Jbeil, muestra los efectos de la guerra. Ese movimiento terrorista sigue siendo el gran obstáculo para la pacificaciópn de la zona.
La entrada en vigor de un acuerdo resultado de un difícil compromiso, tomado con alfileres, ha puesto fin, por lo menos temporalmente, a las hostilidades entre Israel y Hizbollah. Todos respiran aliviados y, a juzgar por las declaraciones que se escuchan en esta parte del mundo, todos han vencido y nadie ha sido derrotado. Pero en realidad, parecería que esta guerra sólo tuvo perdedores y ningún vencedor.
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Tres guerras vivimos en estos días los israelíes: la bélica, a la que fuimos succionados contra nuestra voluntad, una guerra no convencional contra una organización terrorista, Hizbollah, por el momento en frágil cuarto intermedio; la diplomática, en plena algarabía; y la de las percepciones, en la que cada parte intenta crear la imagen de una guerra de la que emerge victoriosa, para convencer a la otra parte, a su propia opinión pública y a la comunidad internacional de que ganó la primera guerra, la bélica, con la asistencia de la segunda, la diplomática.
En el Líbano vemos cómo su gobierno, lejos de intentar desmarcarse de aquellos que con sus provocaciones han abatido sobre su país una inmensurable catástrofe humanitaria, busca la asistencia internacional para «liberarse de la ocupación israelí», eximiéndose, de su responsabilidad para acabar de una vez por todas con las milicias terroristas que tienen como rehén a toda su población. Tanto el gobierno del Líbano como las fuerzas internacionales a ser desplegadas en el sur de su territorio («el Ejército de Salvación», como lo califican muchos israelíes), serán incapaces de impedir que Hizbollah, un ejército bien armado y mejor entrenado (en Irán) continúe hostilizando y provocando a Israel. Irán y Siria reemplazarán aceleradamente el sofisticado armamento perdido a manos de los israelíes y seguirán utilizándolo en sus intentos de desestabilizar Medio Oriente.
Prueba difícil
¿Y en Israel? Aún no se ha apagado el eco de las explosiones de los cuatro mil misiles y cohetes que llovieron sobre ciudades israelíes y aun antes de que Israel alcance a enterrar a todos sus muertos, civiles y militares, la democracia israelí está siendo sometida a una difícil prueba. Para el primer ministro, Ehud Olmert, el cese del fuego no es sino el inicio de otra confrontación, esta vez en el frente interno.
La lluvia de reproches ha comenzado aún antes que acabe una guerra que está siendo considerada por no pocos israelíes un fracaso militar. Las críticas principales no son porque se haya atacado a Hizbollah, sino por demorar la ofensiva a los santuarios desde los que actuaba, hasta hacerla prácticamente inoperante. Para muchos, ésta no ha sido la guerra para poner fin a las guerras, sino el preludio de la próxima ronda, que vendrá, dentro de un mes, un año o más, pero que vendrá.
Esto no sucederá sólo si la comunidad internacional impide que Irán y Siria recompongan a Hizbollah, una organización para la que la muerte y la destrucción son el elixir de su vida.
Queda por ver, asimismo, cuál será el impacto de la guerra en el enfrentamiento de Israel con los palestinos, encabezados hoy por un gobierno a cuyo frente se encuentra Hamas, una organización terrorista que ha interpretado las retiradas de Israel en el pasado (de Líbano y de Gaza) como un signo de debilidad que debe ser «aprovechado». ¿Cómo? Con la violencia y el terrorismo.
Israel tiene buenas razones para estar complacida con la Resolución 1.701 del Consejo de Seguridad, pero ésta no es sino un compromiso en el que no faltan los agujeros y las ambigüedades.
De más está quizá recordar a los lectores de otras partes del mundo cuáles son las diferencias fundamentales entre los efectivos del ejército israelí y las bandas armadas de Hizbollah: los primeros protegen a su población civil (causa principal del relativamente bajo número de víctimas civiles israelíes y el alto número de soldados caídos), mientras que Hizbollah los usa como escudos humanos (principal causa de las víctimas civiles libanesas); el ejército israelí lucha por su país, por su soberanía y supervivencia, mientras que Hizbollah actúa de mandadero de potencias extranjeras que lo utilizan como su avanzada: Hizbollah no defiende al Líbano, lo destruye.
Nuevamente ha quedado demostrado que los problemas de Medio Oriente pueden ser abordados con alguna posibilidad de éxito solo cuando se produce una implicación activa del cuarteto integrado por Estados Unidos, la Unión Europea, la ONU y Rusia. El objetivo primero deberá ser neutralizar al nuevo cuarteto, el «cuarteto del mal», el de Irán, Siria y los fundamentalistas radicales Hizbollah y Hamas.
Irán y Siria no han invertido en el Líbano miles de millones de dólares para que su gobierno y la comunidad internacional les pidan que empaquen sus fardos y se vayan de allí, y harán lo imposible no solamente para evitar la marginación y el aislamiento de Hizbollah, sino que le devolverán la vitalidad perdida a manos de Israel.
Las diferencias entre los socios transatlánticos y la oportunista desmarcación de Rusia, que busca transformarse, a la manera de la URSS, en paladín de la «causa árabe», en nada contribuyen.
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