Bruselas (Reuters, AFP, EFE) - La actual crisis en Medio Oriente está revelando fuertes diferencias entre Estados Unidos y la Unión Europea (UE), enfrentados de manera inédita en torno a cuán justificada es la escalada militar israelí y en lo que hace al rol futuro del acosado líder palestino, Yasser Arafat.
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Los europeos condenan los atentados suicidas de palestinos, pero afirman que corresponde a Israel retirar sus tropas de las localidades palestinas y de los campos de refugiados. También argumentan que no se puede esperar que Arafat controle la violencia mientras es prisionero en sus propias oficinas.
«No podemos confundir la lucha contra el terrorismo con la destrucción de la Autoridad Palestina», dijo ayer el jefe de Política Exterior de la UE, Javier Solana. «La solución al conflicto no es militar.»
Mientras, George W. Bush ha dejado en claro más de una vez que observa a Arafat como el principal responsable de la crisis y no parece dispuesto a presionar al primer ministro israelí, Ariel Sharon, para que retire sus tanques.
Así, la Comisión Europea, poder ejecutivo de la UE, tomó ayer una postura sugestiva al declarar que Arafat «es nuestro interlocutor en cualquier negociación», según palabras de un portavoz que reaccionó a la propuesta de exiliarlo lanzada por Sharon (ver aparte).
Hasta la propia Gran Bretaña, aliada incondicional de los EE.UU. sumó su postura a la de Francia y abogó ayer por el fin de la ocupación israelí en Cisjordania, recalcando que no puede haber una solución militar a una situación que es «desesperante».
Hasta ahora Francia ha llevado la voz cantante en Europa contra las incursiones militares israelíes y contra el cerco a Arafat. Aunque por disposiciones constitucionales no tiene a su cargo la conducción de la política exterior, que recae en el presidente, el primer ministro Lionel Jospin cargó ayer duramente contra Bush, a quien acusó de «maniqueísmo».
Pero dentro de la propia UE parece haber diferencias. Francia, por caso, lamentó ayer públicamente las dudas de sus socios europeos en política exterior. Esa frustración fue expresada con nitidez por el canciller francés Hubert Védrine: «Muchos europeos, empezando por la presidencia española, consideran que no hay que hacer nada que pueda contrariar la política aplicada por Estados Unidos», explicó.
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