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12 de octubre 2006 - 00:00

Tragedia entre la impericia y la fatalidad

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En béisbol, la tarea del pitcher es seguramente la más difícil: debe «meter» una pelota no mayor que la de tenis a una velocidad de hasta 170 km/h en un rectángulo imaginario conformado por los bordes del plato de «home» y las rodillas y axilas del bateador.

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Cory Lidle era lanzador de los New York Yankees, por lejos el más amado y el más odiado de los equipos de cualquier deporte de Estados Unidos.

Su muerte, podría decirse, es una conjunción malhadada entre su sorprendente falta de pericia (no logró eludir un edificio, él que trabajaba justamente con su certeza visual y su coordinación psicomotriz) y la sorpresiva eliminación de su equipo por los Detroit Tigers.

Si su coordinación hubiera funcionado y su equipo -el mejor pago, el de mejor plantel-, como todo el mundo suponía, hubiera pasado a la siguiente ronda de los «playoffs», ayer Lidle en lugar de estar volando su avión Cirrus S-30 habría estado en el Bronx, preparándose para enfrentar a los Oakland A's.

Curiosamente, los Yankees ya habían atravesado una tragedia similar: el 2 de agosto de 1979 su capitán y « catcher» Thurman Munson falleció al comando de su avión privado en el aeropuerto de su nativa Akron (Ohio).

A diferencia de Lidle, Munson era reverenciado por los fans de los Yankees, a quienes había llevado a ganar las Series Mundiales (campeonatos) de 1977 y 1978. Munson tenía 32 años. Lidle, 34. El número 15 de Munson fue retirado por los Yankees, algo que no sucederá con el de Lidle.

S.D.

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