Las imágenes que horrorizaron al mundo el 11 de setiembre pasado. A partir de esos atentados terroristas, EE.UU. puso un fuerte énfasis en la seguridad ciudadana, a pesar de las críticas de quienes denuncian un avance del gobierno sobre las libertades individuales.
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Se puede decir que los Estados Unidos están más unidos que nunca, o que jamás estuvieron tan desunidos. Igualmente puede decirse que el país se muestra más temeroso o más firme. Supuestamente, la capacidad de tener dos ideas contradictorias en una misma mente es señal de genialidad, pero ahora parece tan sólo un recurso para conservar la cordura. Decir que los estadounidenses cambiaron parecería dar la razón al enemigo, pero negarlo es arriesgarse a perder lo que se aprendió a cambio de un precio tan horrendo. Los estadounidenses descubrieron de qué pueden ser capaces, tanto en público como en privado. Muchos consideraron que el país había cobrado una conciencia más elevada, viviendo el temor, la gratitud y la fe a una intensidad nunca antes vista. Saludar era fácil y dormir era difícil, y nada parecía insulso, cursi o falso. Pero no podía durar por siempre. Como cualquier otro instante crucial en nuestras vidas, ya sea al graduarnos de la escuela, el nacimiento del primer hijo o la muerte de nuestro padre, es un momento de poder o reflexión que de pronto nos envuelve, y al desvanecerse, deja en nosotros huellas visibles.
¿Cuáles son las huellas que podemos ver? El presidente Bush dice que podemos obtener gran provecho dentro de la malignidad de los sucesos, aunque es necesario observarlos con lupa para hallar en ellos algo alentador. Si los EE.UU. se resisten tan obstinadamente a reconocer que han cambiado es porque el cambio del año pasado se percibe como un daño, con vidas destrozadas y pérdidas incalculables. Sectores enteros de la economía de los EE.UU. están en terapia inten-siva. Se habla de la necesidad de equilibrar la seguridad con la libertad, pero ambas se han marchitado al calor de la amenaza. Hace apenas un año parecía cundir un espíritu de virtud contagiosa, pero desde entonces, hemos buscado en púlpitos, salas de juntas corporativas o canchas de béisbol, preguntándonos si aún queda en alguna parte la más elemental honestidad.
Tal vez sea difícil conmemorar tal aniversario porque muchos no quieren revivirlo, pero hay personas que siguen viviendo sus consecuencias. El 11 de setiembre bien pudo haber ocurrido ayer. Es momento de reflexionar sobre lo que debemos a las víctimas y lo que podemos aprender de ellas.
El 10 de setiembre, los EE.UU. eran un país donde había 19 terroristas determinados a matar a tanta gente como les fuera posible, pero todos nos sentíamos a salvo. A partir del día después, comenzamos a pensar de manera muy distinta.
Hubo quienes compraron máscaras antigás y quemaron su correspondencia, mientras que sobrecargos hacían llamadas anónimas con amenazas de bombas a sus propias aerolíneas porque les atemorizaba volar. Los vecinos de la minúscula población de Spencer, en Iowa, cerraron las puertas de sus casas y de sus automóviles. La cadena Wal-Mart, capaz de enviar frazadas, baterías y agua embotellada a cualquier región afectada por un huracán o un incendio, se encontró desabastecida de lo único que todos necesitaban: banderas. Poco después vendía pañales estampados con barras y estrellas. Motivos patrióticos en traseritos de bebé.