El empresario mendocino desarrolló el packaging de sus productos inspirado en laberintos borgeanos y la simbología de Dante Alighieri. Inauguró el primer cabaret-bodega del país.
Andrés Ridois rodeado por los artistas que participan del espectáculo de cabaret-bodega en Sottano.
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Andrés Ridois, empresario bodeguero nacido en Mendoza es también artista y observador profundo del misterio humano. Nació en agosto de 1975, en una familia que no tenía ninguna relación con el vino. Sin embargo, una sucesión de hechos "laberínticos" se combinaron para que su destino quedara unido para siempre a ese universo productivo.
Su vínculo con la naturaleza -los árboles, el bosque- nació temprano, mucho antes de que encontrara palabras para explicarlo. A los veinte años construyó su primera casa de madera con sus propias manos. Su padre, que trabajaba entonces en el recambio de durmientes de trenes, tenía cientos de piezas de madera acumuladas en un terreno. Con ellas levantó aquella cabaña que ahora, en una conversación con Ámbito, recuerda como una irrupción de libertad creativa.
Ahora, con 50 años recién cumplidos, pasa revista a una etapa de su vida en la que la producción artística que desarrolló en paralelo con su actividad empresarial alcanzó una cima.
La mejor expresión de esa plenitud creativa quedó reflejada en sus vinos. Sobre todo en carga artística que reluce en nombres, etiquetas y diseños de packaging en general. Su inspiración partió de los laberintos borgeanos y la obra de Dante Alighieri. Y se plasmó en una línea de vinos con alto impacto visual.
Su fascinación por la Belle Epoque, el burlesque y otras expresiones artísticas afines, lo llevó a fundar el primer cabaret-bodega de Argentina. Funciona en el subsuelo de la bodega Sottano, en Luján de Cuyo, y ofrece shows musicales, danza y acrobacia a los visitantes, más allá de la clásica cata de vinos que es costumbre realizar en el circuito mendocino.
"Hice un juego entre lo que es el restaurante y la cava, entre el purgatorio y el infierno. La idea fue desestructurar un poco lo que es una bodega y ofrecer a la gente algo que no sea exclusivamente alcohol. Está ambientado como la belle époque, y con las paredes decoradas con grabados", reseña.
"Es una obra de arte dinámica, una instalación en definitiva", resume respecto del cabaret-bodega.
De la mano de la exploración estética impulsada por los laberintos avanzó en la comprensión de los patrones, los mandalas, los fractales, la vibración y la teoría cuántica como explicación poética del universo. El laberinto, para él, no es un jardín: es un arquetipo. Es el camino vertical entre el cielo y la tierra. Es la metáfora del ser humano tomando decisiones, peregrinando hacia sí mismo, tocando, aunque sea por instantes, la posibilidad de lo sagrado.
Precisamente, fue un laberinto lo que lo introdujo en la industria del vino. Diseñó el laberinto de Borges para la bodega de la familia Catena y esa obra le abrió las puertas de un mundo que terminaría adoptando como propio, aunque siempre desde un lugar lateral, casi disidente.
"De la mano de un laberinto pude entrar a mi primer trabajo. Fue el laberinto borgeano que hice para Familia Catena. Y ahí quedé contratado y así ingresé al mundo del vino", recuerda.
"Mi último laberinto lo hice el año pasado, para la etiqueta de un vino que se llama Maldito. Es un laberinto de tres entradas, un diseño gráfico", explica Ridois.
Por otro lado, el arte que expresa a través de sus vinos tiene la impronta del Dante y otras imágenes místicas, que derivan de su propia experiencia creativa, de su interés por descifrar -y también romper- las reglas básicas del comportamiento humano.
"Todo lo que se expresa en los vinos tiene que ver con lo que es mi proyecto personal. Todo lo de Sin Regla, Los Mil Demonios, Los Arcángeles, El Purgatorio. Todo está ahía", remarca.
"Todo lo que son las líneas de productos son grabados. En la etiqueta de Arcángeles el personaje no termina siendo un bodeguero, el economista no termina siendo economista, y donde el bodeguero termina siendo artista", explica.
Línea de vinos Arcángel.
El ida y vuelta entre su arte y el mundo del vino también se advierte en su faceta de diseñador: "Los muebles son una parte importante de mi tarea creativa. Tengo casi 50 diseños. Una de las cosas que hice fueron muebles usando elementos reciclados de las barricas de roble. Y usaba la curva o la madera para hacer distintos diseños".
Otra expresión de su arte está plasmada en su línea de vinos Mil demonios, en sus variantes Lilith y Lucifer, donde cada botella se presenta dentro de un armazon de madera con forma de pirámide. Y en la caja contenedora resalta la frase "Las puertas del infierno".
El vino Judas, de bodega Sottano, incluye en cada caja individual un relato bautizado "Confesiones reunidas en vino y palabras", en las que Judas hace un descargo por haber cedido a la traición.
“Es difícil en cierta manera despegar quién soy de mi trabajo. Es básicamente imposible. Me ha llevado un esfuerzo muy grande eso, hasta que me convertí en quién soy como personaje. El punto donde pude combinar toda mi creatividad con el mundo empresarial”, sostiene Andrés Ridois.
A poco de haber cumplido los 50 años, dice que su vida puede dividirse en tercios y siente que está entrando en la última etapa del camino hacia la sabiduría.
Los 25 años de la primera etapa fueron los del aprendizaje y la formación. La segunda, la de la construcción, el arte, la familia, la empresa, la independencia económica, los desafíos de la salud, la afirmación del carácter.
Y ahora se propone recorrer la tercera, que identifica como “la etapa del desprendimiento”. Dice que ya no quiere acumular sino entregar. Quiere transformar sus negocios en herramientas para ayudar, no en templos de ambición. Quiere renunciar al rol de empresario y convertirse, por fin, en el artista que siempre fue. “La acumulación trae desdicha”, sentencia.
Seguidor fiel del gurú Ravi Shankar, viaja seguido a la India con su esposa y su hija, con quienes comparte no solo la vida sino la búsqueda espiritual. Encuentra un profundo placer en la compañía de las plantas y asegura que se siente más cómodo entre árboles que entre personas.
Hoy, mientras mira su vida desde este punto alto, siente que lo más difícil es renunciar a la necesidad de demostrar quién es. El artista en él quiere desprenderse del empresario; el buscador quiere vencer al ego; el hombre quiere alcanzar la sabiduría. Y en ese equilibrio, que parece frágil pero que él abraza con serenidad, avanza hacia una etapa donde lo importante ya no es construir, sino habitar lo construido.
Donde ya no importa acumular, sino entregar conocimiento. Donde el tiempo no se mide en logros sino en presencia. Donde la vida, por fin, tiene el tamaño íntimo del silencio. De hecho, el silencio es su sonido preferido en el universo de la música, del cual se siente excluído como protagonista a pesar de su coraje para sostener su perfil de artista multifacético.
Porque si algo aprendió después de la madera, del vino, del arte, de la muerte y de sí mismo, es que su música favorita es el silencio. Ese silencio donde todo vuelve a su lugar y donde, aunque no haya palabras, por fin todo se entiende.
Así, en la dificultad de encontrar una descripción que lo defina, Andrés prefiere referirse a sí mismo a partir de una comparación: “Siempre hay un artista mejor que yo; siempre hay un economista mejor que yo; siempre hay un creativo mejor que yo; siempre hay un hacedor de laberintos mejor que yo. Pero todos juntos en uno solo, no hay. Eso es lo difícil de encontrar”.
“Veremos en esta etapa del desprendimiento -remarca- cómo los negocios nos ayudan a poder ayudar, a poder crecer sin acumular. Vuelvo a ser artista ahora. Este es un poco el sueño cumplido. Dejar de ser el empresario que busca el negocio, sino el artista que ya es mantenido por sus negocios”.
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