El 1 de julio de 2026, el Partido Comunista de China (PCCh) cumple 105 años. La efeméride excede ampliamente la historia política de un país. También invita a reflexionar sobre una de las experiencias de desarrollo económico más trascendentes de los últimos cien años y sobre las oportunidades que abre para economías como la argentina, que buscan superar la restricción externa, diversificar su matriz productiva y recuperar capacidades industriales.
Cuando un pequeño grupo de poco más de cincuenta jóvenes fundó el Partido en Shanghái, en 1921, China era uno de los países más pobres del mundo, atravesado por la fragmentación política, la ocupación extranjera y una profunda crisis social. Más de un siglo después, el país es la segunda economía global, la mayor potencia manufacturera, el principal exportador de bienes, líder en infraestructura, energías renovables, movilidad eléctrica, inteligencia artificial y una referencia ineludible en innovación tecnológica.
La transformación de China
Ese recorrido no fue lineal. La resistencia frente a la invasión japonesa, la reconstrucción posterior a la guerra, las primeras décadas de industrialización, la Reforma y Apertura iniciada en 1978 y la actual etapa de desarrollo de alta calidad demandaron enormes sacrificios y una extraordinaria capacidad de adaptación institucional. Quizás allí resida una de las principales fortalezas del PCCh: haber construido un sistema político capaz de sostener objetivos estratégicos durante décadas, corrigiendo políticas cuando fue necesario sin perder el rumbo general.
Uno de los pilares menos conocidos de esa experiencia es la formación integral de sus cuadros. El Partido ha desarrollado un sistema donde la capacitación política, económica, administrativa, científica y tecnológica constituye un proceso permanente. La gestión territorial, la evaluación del desempeño y la formación continua son componentes esenciales para asumir responsabilidades crecientes dentro del Estado. Esa combinación entre planificación, profesionalización y experiencia explica buena parte de la capacidad china para ejecutar políticas públicas complejas y proyectos de largo plazo.
Los resultados son evidentes. China erradicó la pobreza extrema, construyó la mayor red ferroviaria de alta velocidad del planeta, desarrolló los sistemas de salud, educación y seguridad social más extensos del mundo y se convirtió en un actor central de la revolución tecnológica contemporánea. Hoy lidera múltiples cadenas industriales estratégicas y avanza con rapidez en inteligencia artificial, computación cuántica, robótica, biotecnología y nuevas energías.
Para la Argentina y para buena parte del Sur Global, el principal interés de la experiencia china no consiste en copiar un modelo institucional, sino en comprender algunos principios de desarrollo que mantienen plena vigencia. Entre ellos, uno resulta especialmente relevante: ningún país logra transformar su estructura productiva sin una fuerte inversión en infraestructura.
La infraestructura logística, energética y digital constituye la condición material del desarrollo. Puertos, ferrocarriles, redes eléctricas, telecomunicaciones, centros de datos, parques industriales y corredores bioceánicos no son únicamente obras públicas; representan plataformas que reducen costos, elevan la productividad y crean las condiciones para el crecimiento de la economía del conocimiento y de industrias con mayor valor agregado.
En este terreno, la complementariedad entre China y países como la Argentina es evidente. China necesita alimentos, minerales estratégicos, energía y nuevos espacios para la cooperación industrial. Argentina necesita inversión productiva, financiamiento de largo plazo, infraestructura moderna, incorporación de tecnología y acceso a mercados. Esa complementariedad explica por qué la relación bilateral ha adquirido un carácter cada vez más estratégico.
La experiencia reciente demuestra, además, que la cooperación china trasciende el comercio. La participación en proyectos de infraestructura, la transferencia tecnológica, la cooperación científica, la formación de recursos humanos y los mecanismos financieros de largo plazo ofrecen herramientas que pueden contribuir a resolver algunos de los principales cuellos de botella que enfrentan las economías latinoamericanas. Para países con restricciones de financiamiento, la posibilidad de acceder a inversiones destinadas a mejorar la logística, ampliar la capacidad energética o impulsar la digitalización constituye un factor decisivo para elevar su competitividad.
Esta visión se proyecta también sobre la política exterior china. Desde hace décadas, Beijing sostiene los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica: respeto mutuo por la soberanía y la integridad territorial; no agresión; no injerencia en los asuntos internos; igualdad y beneficio mutuo; y coexistencia pacífica. Estos principios, formulados en los años cincuenta y reivindicados de manera permanente por la dirigencia china, continúan orientando su acción internacional y explican buena parte de su relación con el Sur Global.
Para la Argentina, este aspecto posee una importancia concreta. China ha respaldado de manera consistente el principio de integridad territorial y el reclamo argentino de soberanía sobre las Islas Malvinas, mientras nuestro país mantiene el reconocimiento del principio de una sola China. Esa convergencia no responde únicamente a afinidades diplomáticas coyunturales, sino a una coincidencia en torno a principios fundamentales del derecho internacional.
Sobre esos fundamentos se apoya también la propuesta internacional impulsada por Xi Jinping a través del concepto de una Comunidad de Destino Compartido de la Humanidad. Lejos de plantear una lógica de bloques excluyentes, esta visión propone fortalecer el multilateralismo, ampliar la cooperación para el desarrollo, promover una gobernanza global más representativa y construir soluciones compartidas frente a desafíos comunes como el cambio climático, las pandemias, la seguridad alimentaria, la revolución tecnológica y el desarrollo sostenible.
Las iniciativas para el Desarrollo Global, la Seguridad Global, la Civilización Global y la Gobernanza Global forman parte de esa arquitectura conceptual. Para muchos países en desarrollo representan una oportunidad para diversificar sus asociaciones internacionales, acceder a nuevas fuentes de financiamiento, fortalecer capacidades tecnológicas y participar de un orden internacional más equilibrado.
En un contexto de creciente competencia estratégica entre las grandes potencias, la principal enseñanza que deja el recorrido del Partido Comunista de China quizá no sea ideológica sino profundamente económica: el desarrollo requiere planificación, formación de capital humano, infraestructura, innovación y una visión de largo plazo. Ninguna economía logra dar el salto hacia actividades intensivas en conocimiento sin antes resolver sus déficits logísticos, energéticos y tecnológicos.
A 105 años de su fundación, el Partido Comunista de China continúa reivindicando un principio que ha atravesado toda su historia: servir al pueblo. Esa consigna, nacida cuando un pequeño grupo de jóvenes decidió organizarse en Shanghái para transformar una nación empobrecida, hoy se proyecta sobre una China convertida en actor central de la economía mundial. Para países como la Argentina, comprender esa experiencia no implica renunciar a un camino propio, sino ampliar el horizonte de ideas y herramientas disponibles para pensar un desarrollo soberano, con más infraestructura, más industria, más conocimiento y una inserción internacional basada en la cooperación y el beneficio mutuo.