29 de septiembre 2008 - 00:00

Bancos depredadores, ¿las próximas víctimas?

La crisis aprieta como nunca. Bajo la superficie, los mercados de crédito se agrietan con rapidez. El mercado monetario ya no arbitra flujos ni tasas. Si, en apariencia, funciona es porque la Fed conectó el respirador mecánico de los redescuentos y, por múltiples bocas, exhala liquidez a destajo. No hay discusión: la caída de Lehman Brothers hizo añicos la infraestructura de base sobre la que se asientan -compartiendo cimientos- el sistema financiero y los mercados de capitales. Crujen los depósitos, los fondos comunes de money market, la colocación de obligaciones (commercial papers) para renovar vencimientos rutinarios, las operaciones entre bancos y el fondeo de la banca de inversión. Tras la autopsia de Washington Mutual -el mayor banco de ahorro y préstamo para la vivienda de los EE.UU.-, bastó que cunda el temor sobre una nueva peste hipotecaria (el virus de los préstamos ajustables «option ARM») para que, el mismo viernes, bancos comerciales expuestos como Wachovia (cayó 27% en la rueda regular y 15% después de hora) enfrentasen una tromba que los estremeció de cuajo. La disyuntiva es clara: o la propuesta Paulson -el plan TARP- emerge como un muro cortafuego o la crisis impondrá su ley. Y se la ve a sus anchas, al galope sobre las fisuras que abre a su paso, ya sin ninguna oposición.

Mientras el Congreso tejía su apoyo al paquete multimillonario de recompra de activos problemáticos, la FED, en soledad y en silencio, avanzó con su propia encomienda. No serán 700 mil millones de dólares (todavía), pero la cifra de los redescuentos asombra: en sus diferentes versiones, suman 262 mil millones de dólares al último miércoles. La semana de la hecatombe de Lehman aumentaron de 23 mil millones a 121 mil. A un salto de casi 100 mil millones le sucedió otro de 141 mil millones de dólares la semana pasada subrayando el «crescendo» de las tensiones bajo la superficie, más allá de la engañosa apariencia de calma. Si se contemplan, además, las subastas de fondos TAF (150 mil millones) y los pases (86 mil millones), el total de los compromisos redondea 500 mil millones de dólares, sin venia legislativa ni tope cercano previsto.

¿Dónde quedó el estigma de recibir un redescuento del banco central? La necesidad puso su mejor cara de hereje. La asistencia por la ventanilla tradicional (el redescuento primario a los bancos comerciales) escaló de 23 mil millones de dólares pre Lehman a 39 mil millones. El mecanismo ad hoc -creado luego de la experiencia Bear Stearns- para allegar recursos a la banca de inversión pasó de no ser utilizado durante dos meses (ni siquiera por un Lehman en apuros)a extraer 60 mil millones de dólares al miércoles 17 y acumula 105 mil millones a la semana última. Por fuerza, el reverso de la moneda no es otro que los avatares de financiamiento de sus tres únicos clientes: Merrill Lynch, Morgan Stanley y Goldman Sachs. La línea especial que permite comprar fideicomisos (asset backed commercial papers) de los fondos comunes de money market es otra irrupción electrizante: en su estreno ya totaliza 72 mil millones de dólares. Y se trata de una asistencia sin recurso; esto es, las pérdidas eventuales que generen dichos papeles serán absorbidas por la FED. Finalmente, hay que contabilizar el préstamo a AIG. Se le giraron ya 44 mil millones de dólares.

A pesar de tamaño despliegue de la FED, que oculta los grandes baches del terreno, el mercado monetario dista de ser una mesa de billar. No existe un fluido mercado interbancario -por la desconfianza cruzada- a más allá de un día de plazo. Mientras la tasa de fed funds efectiva orilla 1,23% (la meta oficial es 2%), los bancos que no pertenecen a una cada vez más exclusiva primerísima línea deben extremar sus recaudos para conservar el efectivo a mano. La última subasta de fondos TAF -donde pujaron ofertas por 133 mil millones de dólares sobre un cupo de 75 mil millonescortó a 3,75% por 28 días. Desde ya, nadie imagina una suba de tasas en dicho intervalo. Y se trata de un préstamo con costos adicionales dado que, a diferencia de fed funds, exige la entrega de garantías. En comparación, las letras del Tesoro rinden 0,38% como refugio.

No sólo sufren los bancos; las corporaciones que abrevan en los mercados de corto plazo también sienten los efectos.

Los inventarios de pagarés (commercial papers) cayeron 113 mil millones de dólares desde el episodio Lehman. La sensibilidad al riesgo se erizó al máximo: entre categorías donde el diferencial de tasas (promedio 2003-2006) era de apenas 20 puntos base, el spread se disparó a 400 las últimas ruedas.

No es, por cierto, un drama que se limite a los EE.UU. Como lo demanda la tradición, las grandes crisis financieras son internacionales. Y, con leves matices, las dificultades se copian a sí mismas en las principales plazas de negocios.

El plan TARP -impulsado por Paulson y Bernanke- no es el único camino posible para cortarle el paso a la crisis, pero sí el que promete menores traumatismos. Otra alternativa sería reproducir la solución Washington Mutual (WaMu) tal cual fue piloteada por la corporación federal del seguro de los depósitos (FDIC) el último jueves. Munida de un fondo de cobertura de 45 mil millones de dólares y ante el colapso de una institución con 180 mil millones de dólares en depósitos, la FDIC ensayó una resolución que la dejara indemne. Y como tal no le costó un solo centavo. JP Morgan Chase se llevó a casa la totalidad de los depósitos y la cartera de préstamos, y subrogó los contratos financieros calificados de los que WaMu era parte (como swaps, opciones, futuros y forwards). Morgan no provee beneficiencia. Tomó sus recaudos. Castigó el portafolio inmobiliario con una quita de 31 mil millones de dólares sobre su valor de libros y, en consecuencia, pagó sólo 1.900 millones por la transacción que lo convertirá -con más de 900 mil millones de dólares en depósitos- en el jugador más grande de los EE.UU. Los accionistas comunes, los preferidosy los tenedores de bonos «unsecured» (no colateralizados) de WaMu quedaron fuera de la operación y son, en definitiva, los que, con su capital diezmado, se hacen cargo de la cuenta. Sin pelos en la lengua, la FDIC manifestó su escepticismo de que los accionistas y bonistas subordinados puedan recuperar algo de su inversión. Si ésta es la solución del caso, habiendo tantos otros pendientes, cómo esperar que el desasosiego de la crisis amaine.

A la manera del mítico John Pierpoint Morgan -quien, cuando no existía la FED, comandó con éxito la batalla contra el pánico financiero de 1907- JP Morgan Chase actuó, en esta transacción, como lo haría el Tesoro en el plan TARP. En rigor, hizo mucho más: compró, no sólo los activos, sino la institución en problemas; reconoció las pérdidas probables por el remanente de la vida de los préstamos hipotecarios y rescató intactos a sus depositantes (aun a aquellos no cubiertos por la garantía del seguro). Por cuerda separada, además, se recapitalizó en el acto. Emitió acciones por 10 mil millones de dólares en un mercado revuelto que abrió sus aguas en un santiamén como el Mar Rojo ante Moisés. En definitiva, se trata de un mercado que piensa que la raza emergente de los superbancos no va a caer (no todo es fe: también observa que Morgan se queda con las cuentas de los hedge funds que huyen despavoridos de la banca de inversión independiente).

¿Bastará, entonces, con mandar a los grandes tiburones -como los Morgan, Bank of America o Wells Fargo- a que se ocupen, por sí mismos, de las tribulaciones del cardumen? La crisis se tornará dantesca. Mientras se sucedan las dentelladas, la zozobra se agitará aún más. Y ya se ha visto que quien se perfila como depredador natural, diez días después, al menor rasguño, puede listarse entre las presas. Recién cuando cesen las embestidas, devorados los restos del festín, las aguas podrán calmarse. Pero si los activos que se degluten son verdaderamente tóxicos, quizás no resulte una dieta recomendable. Y a monstruos que pesen más de 2 billones de dólares en activos, sí o sí, habrá que salvarlos de la indigestión.

De ahí que la lógica de la propuesta Paulson luzca, más tarde o más temprano, como inevitable. Hará falta un estómago con mayor capacidad de procesamiento, ajeno a las restricciones de liquidez y presupuesto; que pruebe bocado sin desgarrarlo en salvajes tajadas. Y que pueda servirse los activos problemáticos y los mastique como se debe. O, como mínimo, que los retire de circulación y no los regurgite pronto.

Dejá tu comentario

Te puede interesar