Durante gran parte de los últimos 70 años, los gobiernos en Argentina han tenido una posición primordialmente defensiva frente al comercio internacional. Por un lado, se ha limitado la competencia externa con el fin de preservar el mercado interno para la producción local y por otro lado se han combinado esfuerzos limitados por desarrollar oportunidades para las empresas argentinas en el mercado global con políticas internas con un fuerte sesgo antiexportador. Así, la participación de Argentina en el comercio mundial pasó de 1,1% a mediados de los años cincuenta al actual mínimo histórico de 0,3%.
Este camino tampoco ha sido efectivo en términos de crecimiento: mientras el producto per cápita mejoró significativamente en casi todo el mundo durante las últimas décadas, aquí se ubica casi en el mismo nivel que en 1980. Es decir, “vivir con lo nuestro” hasta ahora solo ha implicado ser cada día más pobres.
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Mariano Fuchila
Ante este indudable fracaso, sobran razones para replantear la estrategia de inserción internacional:
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El comercio permite a los consumidores adquirir mayor cantidad, calidad y variedad de bienes y servicios y, obviamente, hacerlo a precios más competitivos. Y esto no solo se vincula con la posibilidad de importar más, sino también de desarrollar mayor escala y nuevos nichos de mercado en sectores con potencial exportador.
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Argentina cuenta con pocos acuerdos comerciales y una de las principales motivaciones del rechazo siempre ha sido el temor a posibles efectos negativos de las importaciones sobre la producción local. Sin embargo, rara vez se consideran los enormes costos derivados de quedarse afuera de los principales mercados. Allí, los productos argentinos compiten en desventaja frente a los de muchos otros países, lo cual es especialmente importante considerando que los rubros donde Argentina es más competitiva son los más protegidos a nivel mundial. Estas dificultades de acceso solo implican menos exportaciones y menos empleo en nuestro país. Así, pues, resulta urgente mejorar el acceso a nuevos mercados y eliminar todas las medidas con sesgo antiexportador como el cepo y la brecha cambiaria o los derechos de exportación.
Si bien las rigideces regulatorias y la altísima carga impositiva reducen la competitividad de las empresas nacionales, la solución debe pasar por realizar las reformas necesarias para eliminar el costo argentino y brindar el apoyo necesario para una reconversión productiva sostenible en lugar de perpetuar ad infinitum la protección para que unos pocos puedan seguir cazando en el zoológico.
Economista, consultora en temas de comercio internacional y economía del conocimiento e investigadora del IICE-USAL.
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