La economía norteamericana es altamente dependiente del crédito.Un porcentaje importante de los norteamericanos son propietarios. El grueso del crédito de consumo se basa en el valor del patrimonio de los deudores. La mayor parte del patrimonio de las familias son sus casas y departamentos. Unir estos conceptos con la existencia de una crisis de confianza en el mercado de crédito interbancario originada en un problema en el sector inmobiliario y toda la ingeniería financiera que lo rodea y concluir en que habrá un problema serio de actividad en la economía norteamericana es sumar dos más dos.
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Según los expertos del mercado inmobiliario, las ventas de casas nuevas están cayendo y los stocks, creciendo. Lo mismo ocurre partida, los bancos más importantes se apuran en presentar nuevos aportes de capital para compensar dichas pérdidas. También aquí los expertos indican que faltan nuevos rounds de pérdidas, no sólo reflejando la caída en el valor de los inmuebles que todavía no se produjo (20% es el «número mágico»), sino también el «desarme» de todos los derivados financieros construidos como castillos de naipes sobre las hipotecas subprime, las «prime», los créditos prendarios, las tarjetas de crédito, etcétera.
Sin embargo, nadie prevé una catástrofe al estilo de los 30 en el mundo o finales del siglo pasado en la Argentina. En el primer caso, la ideología y la tecnología disponible no permitieron salir rápido de la crisis. En el caso argentino, la crisis nació en quien debía salvarnos, el Estado. Algo así como esperar que nos rescatara un Superman afectado por la kriptonita verde de la deuda pública, colocada en el sistema financiero.
Afortunadamente para el mundo, el Estado norteamericano mantiene intacta su capacidad de acción, sea desde el Tesoro como desde la Reserva Federal.
Afortunadamente, también, el 4 de noviembre próximo hay elecciones presidenciales en Estados Unidos, de manera que los incentivos de Superman para actuar son importantes. Ahora bien, Superman no puede evitar la recesión que ya está en marcha, sólo puede, por un lado, hacerla más corta, por el otro, decidir -como siempre en política económica- quién paga los costos. Los fanáticos del «riesgo moral» quieren que paguen los inversores, especuladores y accionistas de los bancos y fondos, que armaron la fiesta. Eso es posible cuando se trata de un caso aislado que puede servir «como ejemplo», como sucedió con la Argentina y el «default constructivo» que apoyaba el Fondo en agosto de 2001. Mucho más difícil en medio de una crisis sistémica, en donde todos están en la misma situación.
Los «populistas», que también abundan en otras latitudes, aunque con los límites culturales que impone el sistema, bregan por salvar a los deudores, evitando ejecuciones masivas y, de paso, que caigan aún más los precios de las propiedades, salvando indirectamente a los bancos, al evitar que se reduzca aún más el precio de sus activos. Y, de ser necesario, una ampliación de la protección a los depositantes.
Los «mercadoadictos» prefieren un amplio fondo privado de estabilización, con cambios de accionistas, capitalizaciones masivas y arreglos entre deudores y acreedores. Finalmente, los «regulomaníacos» aspiran a que la crisis se resuelva desde la punta del crédito interbancario, en una combinación de transparentar las pérdidas y los problemas de cada entidad, liquidez ilimitada por parte de los bancos centrales y bajas de la tasa de interés, aun en un contexto de «agropetroinflación» y debilidad del dólar.
¿Por dónde vendrá la solución? Seguramente, como siempre ocurre en los países civilizados, por una mezcla de acciones. Del Tesoro, para moderar el problema de los deudores y expandiendo el gasto y el déficit para alentar la demanda. La Reserva Federal, bajando tasas y ofreciendo liquidez. La Supervisión Bancaria exigiendo capitalizaciones y transparencia, y eventualmente, mayor protección a los depositantes. Y los mercados, ajustando precios e incorporando nuevos accionistas.
Probable
Da toda la impresión de que lo más probable es que sea un proceso no extremadamente profundo, casi confundible con un «aterrizaje suave», pero de recuperación relativamente lenta. ¿Y entonces? Entonces, parece que los mercados de capitales seguirán sufriendo alta volatilidad, como pasa en los procesos lentos, pero que las empresas norteamericanas con mayor dependencia del mercado interno y los bancos serán los más castigados. Y que los más alejados del epicentro de la crisis, como los países asiáticos y, relativamente, América latina -la Argentina es un caso aparte por su insistencia en no aprovechar plenamente el boom de commodities y energía, y expulsar a la inversión extranjera directa-, los menos afectados.
¿Y Europa? Europa siempre en su lucha permanente entre desprenderse de su tradición estatista, reguladora y antiproductiva, y competir en serio, aprovechando la todavía tímida aparición del euro como alternativa de moneda de reserva de valor, o seguir viviendo de su gran riqueza acumulada, vendiendo los cuadros y las joyas guardadas en sus castillos medievales. Por ahora, aparecen el oro y los commodities como la gran alternativa al dólar débil (lo cual es una especie de tautología). La gran pregunta para los argentinos es si este boom de los commodities es sólo la burbuja que estallará en 2009 o un cambio estructural que estamos, para variar, desaprovechando.
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