En la tragedia griega, cuando la trama se enredaba más allá de toda solución posible, descendía sobre la escena un dios suspendido de una grúa, la mechané, para desatar lo que los personajes ya no podían desatar por sí mismos. Veintitrés siglos después, la máquina vuelve a descender, esta vez sobre el balance de las empresas, y otra vez para resolver aquello que los humanos no quieren resolver por sí mismos. Su nombre es inteligencia artificial, y se ha convertido en la coartada más elegante de la temporada para una decisión vieja y profundamente humana, despedir.
Los números de esta semana son elocuentes. Según los rastreadores especializados, los despidos en el sector tecnológico promedian en 2026 cerca de mil cien por día, casi el doble del ritmo de 2025, con más de ciento ochenta y cinco mil trabajadores afectados en lo que va del año. La consultora Challenger, Gray & Christmas contabiliza cerca de cincuenta mil recortes vinculados explícitamente a la inteligencia artificial, y Boston Consulting Group proyecta que hasta el quince por ciento de los empleos podría eliminarse en los próximos cinco años. El relato es uniforme, empresa tras empresa anuncia despidos masivos invocando la eficiencia que promete la automatización. La máquina, dicen, vino a reemplazar al humano.
Pero aquí aparece la grieta. Un informe difundido el 16 de junio lo resume sin piedad en su título, las compañías citan a la inteligencia artificial, pero los recortes no mejoran sus resultados. Y los datos de Gallup son todavía más demoledores, apenas el 1% de los trabajadores despedidos identifica a la inteligencia artificial como la verdadera causa de su despido. La productividad prometida no aparece, los retornos no mejoran, y la tecnología explica mucho menos de lo que el comunicado de prensa proclama. La inteligencia artificial, en la enorme mayoría de los casos, no es la causa, es invocada, no probada. Es, literalmente, el deus ex machina, el dios que baja de la grúa para darle a la escena un final que los protagonistas no quieren firmar con su nombre.
La historia ofrece un espejo perfecto, y conviene mirarlo. En 1811, los tejedores de Nottingham destrozaron los telares mecánicos a los que culpaban de su miseria: fueron los luditas, y la historia los condenó por confundir la herramienta con el sistema que la usaba. La paradoja de 2026 es la inversión simétrica de aquella escena. Ahora no son los trabajadores quienes rompen la máquina, sino las empresas quienes se esconden detrás de ella. La misma confusión, con el signo cambiado, ayer la máquina era la culpable a los ojos del obrero; hoy es la coartada en boca del empleador. En ambos casos, atribuir al artefacto lo que decide una voluntad humana.
¿Por qué le importa esto al derecho del trabajo argentino? Porque la causa del despido tiene un precio. Nuestro ordenamiento distingue con nitidez el despido incausado, que obliga a la indemnización plena del artículo 245 de la Ley de Contrato de Trabajo, del despido por fuerza mayor o por falta o disminución de trabajo no imputable al empleador, que el artículo 247 permite saldar con la mitad. La tentación es transparente, vestir la "reestructuración por inteligencia artificial" como un caso de fuerza mayor para abaratar a la mitad el costo de desvincular. Y es exactamente allí donde la jurisprudencia debe ser inflexible, porque la fuerza mayor exige un hecho imprevisible, inevitable y ajeno a la empresa, y el cambio tecnológico no es ninguna de las tres cosas: es previsible, es gradual y es, sobre todo, una decisión del propio empleador.
El principio que está en juego es uno de los más antiguos y nobles de nuestra disciplina, el trabajador es ajeno al riesgo empresario. Quien capta las ganancias de la tecnología debe soportar también sus riesgos. Automatizar es una decisión empresaria legítima, faltaría más; pero su costo no puede trasladarse al trabajador por la vía de una indemnización rebajada. La máquina no fija la indemnización, la fija la ley. Y ninguna inteligencia, por artificial que sea, deroga el artículo 245.
Hay, además, algo más hondo que el cálculo indemnizatorio, y es de orden moral. Atribuir a un algoritmo una decisión que toma una persona , elegir quién se queda y quién se va, es una forma de lavar la responsabilidad. El empleador que dice "te reemplazó la inteligencia artificial" dice menos de lo que parece, alguien decidió comprar esa tecnología, alguien decidió implementarla y alguien decidió prescindir de un trabajador concreto, con nombre, antigüedad y familia. Las decisiones tienen autor, y las indemnizaciones tienen deudor. La responsabilidad puede ocultarse detrás de una pantalla; lo que no puede es automatizarse.
Mientras el mundo discute todo esto, la Argentina mira para otro lado. Reorganizamos la justicia del trabajo, renegociamos cientos de convenios y rediseñamos el financiamiento de las indemnizaciones, pero el debate sobre inteligencia artificial y empleo apenas se escucha en nuestra agenda pública. La Unión Europea avanza con un reglamento de inteligencia artificial que contempla expresamente sus efectos laborales; nosotros todavía no tenemos siquiera una estadística confiable sobre cuántos puestos se transforman, se crean o se destruyen por la automatización. Y lo que no se mide, en política pública, sencillamente no se gobierna. Hacen falta tres cosas, medición seria, reconversión y capacitación de los trabajadores desplazados, y una regla jurídica clara de que el cambio tecnológico no autoriza el despido barato.
Usemos la razón, el desenlace no puede venir de la máquina. La inteligencia artificial transformará el trabajo, sin duda, y muchas de esas transformaciones serán buenas; pero ninguna de ellas releva al empleador de responder por sus propias decisiones. La máquina desciende, es cierto, pero la mano que baja la grúa es siempre humana. El deus ex machina, en el teatro griego, no era un dios, era un tramoyista tirando de una cuerda detrás del telón. Hoy también. Y el día que un juez levante ese telón y pregunte quién accionó la palanca, no habrá algoritmo que responda por él, responderá, como siempre, quien decidió usarlo.