6 de octubre 2008 - 00:00

Decisiones van detrás del torbellino

Europa no piensa que la crisis financiera sea el fin del capitalismo. Le alcanza, según voces representativas, con que produzca la extinción de su versión anglosajona, la pérdida del rol hegemónico de los Estados Unidos y una merma de su arrogancia. Vacíos todos que, se sobrentiende, el Viejo Continente debería cubrir con naturalidad.

«La crisis es responsabilidad de los EE.UU.», sentenció, la semana pasada, la Unión Europea. Dictamen certero si se refiere al pecado original de las hipotecas subprime. También es verdad que fallaron la regulación y la supervisión. Y Europa continental -con Alemania a la cabeza, en tiempos de Gerhard Shröder, cuando asumió la presidencia del G-7 a principios de 2007- fue la que impulsó, visionaria, la cruzada por mayores controles. «Se rieron de nosotros», se lamentó, días pasados, Peer Steinbrueck, ministro germano de Finanzas. Ni EE.UU. ni Inglaterra permitieron que prosperara la demanda por transparencia en los hedge funds.

Sin embargo, una cosa es señalar los errores de EE.UU. y otra muy distinta es poder sacar ventaja. Así, la mesa estaba servida para que el euro le disputara al dólar la supremacía monetaria internacional. En caída libre desde 2002 frente a las divisas principales (y también ante las de reparto), un dólar vapuleado era un blanco accesible. La necesidad de los bancos centrales de diversificar la composición de sus reservas internacionales y el fastidio de los inversores privados calzaban como anillo al dedo. Y si la crisis hubiera acorralado sólo a los EE.UU., de seguro, otra sería la historia.

No fue así. Europa habrá previsto los problemas, pero fracasó en tomar prudente distancia.

Cuando estalló la crisis en la arena mundial, el Banco Central Europeo (BCE) en agosto del año pasado fue el primero en sufrir la repentina punzada de la iliquidez. Señal temprana y concluyente de que la peste estadounidense había atravesado ya el Atlántico. Los enredos no terminarían allí. Los primeros tropiezos bancarios de gravedad no ocurrieron tampoco en los EE.UU., sino en la circunspecta Alemania. Dos instituciones con participación estatal -IKB y Sachsen LB-inauguraron la modalidad hoy en boga de los salvatajes de apuro.

Tiempo después Northern Rock, allende el Mar del Norte, aportó la primera corrida de depositantes. Y gatilló respuestas precursoras: una masiva inyección de redescuentos, la extensión sobre la marcha de la garantía de los depósitos (para todo el sistema) y, finalmente, la nacionalización lisa y llana de la entidad. Esta saga -las vicisitudes europeas causadas por el mal hipotecario americano- no ha cesado ni lo hará en el futuro cercano. Sus consecuencias en el mercado de divisas son bien conocidas. Más arrecia la crisis, más se fortalece el dólar a costa del euro, la libra y las restantes monedas. La aprobación de la propuesta Paulson -con su promesa de aumentar la deuda pública en 700 mil millones de dólares (casi 20% del stock negociable fuera del sector público)- no consigue minarlo. La reticencia del BCE a dar el brazo a torcer y rebajar sus tasas de interés, en cambio, lejos de alentar al euro, lo hunde otro escalón. Y sin el auxilio de los swaps cambiarios orquestados con la Fed la situación sería aún más tirante. Hay un faltante estructural de dólares luego de que la crisis destruyera activos en esa moneda y dejara en pie los pasivos que los financiaban. Su dimensión no es menor: el programa de canje de divisas trepó ya a los 620 mil millones de dólares.

Moraleja: no es la distribución de las culpas lo que dicta las cargas. Lo que cuenta es la mochila de los activos deteriorados cuyo peso se reparte, en alforjas tentativamente iguales, dentro y fuera de EE.UU. Es un error europeo no haber tomado distancia de los problemas y ahora pretender alejarse de una solución conjunta. La invitación de Paulson para que Europa contribuya al esfuerzo de rescate financiero fue liquidada en el acto por Alemania (aunque la promueve Holanda y concita obvias simpatías en la periferia mediterránea). El ya citado Steinbrueck le confió a Der Spiegel que no lo veía «necesario ni posible». En la cumbre de París, el sábado, a modo de compensación, se acordó un fondo regional de asistencia a pequeñas y medianas empresas. Pero, salvo las promesas de no dejar caer a ningún banco, no se estableció ninguna plataforma de acción colectiva.

«Nuestra posición es más robusta», afirmó tajante Steinbrueck en su momento. Que cuatro días después haya tenido que pilotear el mayor salvataje de la historia teutona -35 mil millones de euros para socorrer a Hypo REH (iniciativa que está a punto de zozobrar si no se arriman otros 25 mil millones)- demuestra que, en la vorágine, ni las ironías del destino tienen tiempo que perder. Pero la cuestión es más profunda. Después de todo, Europa ha cabalgado gratis en el lomo de otras iniciativas de los EE.UU. más de una vez. Se sabe que Christine Lagarde, la ministra francesa de Finanzas, fue una pieza clave para convencer al Tesoro de implementar el rescate de AIG. El talón de Aquiles de la principal compañía de seguros del mundo fue su división de Productos Financieros. La mercancía estrella eran los credit default swaps (CDS), los contratos que cubrían al comprador de la eventualidad de un incumplimiento crediticio. De los 441 mil millones de dólares de exposición que tenía AIG, 300 mil millones estaban suscriptos para proteger a bancos europeos. De haber sucumbido la firma -y Paulson, en su momento, le bajó el pulgar al igual que a Lehman- la devastación mayor hubiese barrido al Viejo Continente. Y la necesidad de un masivo rescate bancario hubiera alumbrado en Bruselas antes que en Washington.

  • Fuerte impacto

    Nadie puede asegurar que de estas aguas turbias no ha de beber. Tampoco puede afirmarse que la situación europea -o, si se quiere, la alemana- esté protegida por un blindaje más espeso. Todo sugiere lo contrario: que un impacto de gran calibre debería provocar más daño en Europa. A diferencia de los EE.UU., donde la unión monetaria y política supone la existencia de un banco central y una tesorería (y un gobierno y un Congreso), el eurosistema opera un banco central supranacional en interrelación con 15 jurisdicciones fiscales nacionales diferentes (y otros tantos gobiernos y legislaturas más una infinidad de reguladores). Pero, si bien 15 países integran actualmente el eurosistema, los 27 miembros de la Unión Europea son los accionistas del BCE. Ergo: el BCE lidia con las tribulaciones de la liquidez, pero resulta ajeno a las cuestiones de solvencia. No es casualidad que los salvatajes realizados hayan prescindido de su participación. Aun los esfuerzos multinacionales como el remolque (y desguace) de Fortis supusieron inyecciones de recursos nacionales. Holanda, Bélgica y Luxemburgo capitalizaron, cada uno de ellos, el banco que opera en su jurisdicción. Estas soluciones artesanales (la frontera admisible que reconoció la Cumbre de París del fin de semana) no resistirían un meteorito de gran tamaño. Es más, la aprobación de un paquete fiscal como la propuesta Paulson obligaría a flexibilizar el Pacto de Estabilidad. Nada imposible, pero un recordatorio, también, de que los tiempos europeos para la toma de decisiones no comulgan con el torbellino de los acontecimientos. Con la soga al cuello, es cierto, Irlanda y Grecia cortaron por lo sano: hicieron caso omiso a la letra de los tratados comunitarios y concedieron garantías absolutas a sus depositantes (gesto que ahora Alemania remeda). En su brusca reacción, echaron luz sobre otra faceta que desatará la crisis si se desborda o si jaquea en forma desmesurada a los países pequeños de la región. La amenaza mayor no es tanto el hundimiento del capitalismo como un rebrote del nacionalismo y el riesgo de fisurar la Unión Europea. Es obvio que naciones que han perdido su propio numerario en aras de la moneda común precisan una estrategia común si los perturban graves conmociones.
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