Decisiones van detrás del torbellino
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Moraleja: no es la distribución de las culpas lo que dicta las cargas. Lo que cuenta es la mochila de los activos deteriorados cuyo peso se reparte, en alforjas tentativamente iguales, dentro y fuera de EE.UU. Es un error europeo no haber tomado distancia de los problemas y ahora pretender alejarse de una solución conjunta. La invitación de Paulson para que Europa contribuya al esfuerzo de rescate financiero fue liquidada en el acto por Alemania (aunque la promueve Holanda y concita obvias simpatías en la periferia mediterránea). El ya citado Steinbrueck le confió a Der Spiegel que no lo veía «necesario ni posible». En la cumbre de París, el sábado, a modo de compensación, se acordó un fondo regional de asistencia a pequeñas y medianas empresas. Pero, salvo las promesas de no dejar caer a ningún banco, no se estableció ninguna plataforma de acción colectiva.
«Nuestra posición es más robusta», afirmó tajante Steinbrueck en su momento. Que cuatro días después haya tenido que pilotear el mayor salvataje de la historia teutona -35 mil millones de euros para socorrer a Hypo REH (iniciativa que está a punto de zozobrar si no se arriman otros 25 mil millones)- demuestra que, en la vorágine, ni las ironías del destino tienen tiempo que perder. Pero la cuestión es más profunda. Después de todo, Europa ha cabalgado gratis en el lomo de otras iniciativas de los EE.UU. más de una vez. Se sabe que Christine Lagarde, la ministra francesa de Finanzas, fue una pieza clave para convencer al Tesoro de implementar el rescate de AIG. El talón de Aquiles de la principal compañía de seguros del mundo fue su división de Productos Financieros. La mercancía estrella eran los credit default swaps (CDS), los contratos que cubrían al comprador de la eventualidad de un incumplimiento crediticio. De los 441 mil millones de dólares de exposición que tenía AIG, 300 mil millones estaban suscriptos para proteger a bancos europeos. De haber sucumbido la firma -y Paulson, en su momento, le bajó el pulgar al igual que a Lehman- la devastación mayor hubiese barrido al Viejo Continente. Y la necesidad de un masivo rescate bancario hubiera alumbrado en Bruselas antes que en Washington.
Nadie puede asegurar que de estas aguas turbias no ha de beber. Tampoco puede afirmarse que la situación europea -o, si se quiere, la alemana- esté protegida por un blindaje más espeso. Todo sugiere lo contrario: que un impacto de gran calibre debería provocar más daño en Europa. A diferencia de los EE.UU., donde la unión monetaria y política supone la existencia de un banco central y una tesorería (y un gobierno y un Congreso), el eurosistema opera un banco central supranacional en interrelación con 15 jurisdicciones fiscales nacionales diferentes (y otros tantos gobiernos y legislaturas más una infinidad de reguladores). Pero, si bien 15 países integran actualmente el eurosistema, los 27 miembros de la Unión Europea son los accionistas del BCE. Ergo: el BCE lidia con las tribulaciones de la liquidez, pero resulta ajeno a las cuestiones de solvencia. No es casualidad que los salvatajes realizados hayan prescindido de su participación. Aun los esfuerzos multinacionales como el remolque (y desguace) de Fortis supusieron inyecciones de recursos nacionales. Holanda, Bélgica y Luxemburgo capitalizaron, cada uno de ellos, el banco que opera en su jurisdicción. Estas soluciones artesanales (la frontera admisible que reconoció la Cumbre de París del fin de semana) no resistirían un meteorito de gran tamaño. Es más, la aprobación de un paquete fiscal como la propuesta Paulson obligaría a flexibilizar el Pacto de Estabilidad. Nada imposible, pero un recordatorio, también, de que los tiempos europeos para la toma de decisiones no comulgan con el torbellino de los acontecimientos. Con la soga al cuello, es cierto, Irlanda y Grecia cortaron por lo sano: hicieron caso omiso a la letra de los tratados comunitarios y concedieron garantías absolutas a sus depositantes (gesto que ahora Alemania remeda). En su brusca reacción, echaron luz sobre otra faceta que desatará la crisis si se desborda o si jaquea en forma desmesurada a los países pequeños de la región. La amenaza mayor no es tanto el hundimiento del capitalismo como un rebrote del nacionalismo y el riesgo de fisurar la Unión Europea. Es obvio que naciones que han perdido su propio numerario en aras de la moneda común precisan una estrategia común si los perturban graves conmociones.



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