EE.UU. pone a prueba nervios de Bernanke
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fatiga que comienza a traslucir el consumo
Ya en marzo, el gasto de consumo personal acusó una retracción real de 0,2% ( alimentada por caídas de 0,1% en bienes no durables y de 0,3% en servicios). Con el contrapeso de muy robustas lecturas en enero y febrero, sin embargo, no empañó la fotografía de un sólido primer trimestre. Pero abril aportó una variedad creciente de focos de debilidad. Las ventas de autos se derrumbaron. No sólo la de los tres grandes de Detroit; también Toyota y otros fabricantes cuya penetración en el mercado automotor marcha en ascenso, sufrieron un traspié imprevisto. Los planes de ventas de las grandes cadenas de tiendas también padecieron la reticencia de los compradores. Con muy escasas excepciones. Wal-Mart, el líder indiscutido en el renglón, reportó una merma de 3,5%, su peor desempeño mensual en 30 años. El informe de ventas minoristas confirmó el cuadro general con una declinación nominal de 0,2% (que supone una caída real, a priori, no menor a 0,5%).
Es verdad que abril fue un mes inusualmente frío -con las temperaturas más bajas desde 1997. Es verdad que, a diferencia del año pasado, Semana Santa abultó las cifras de marzo. Y, como siempre, los vencimientos impositivos drenaron poder de compra. Pero aun así provoca un llamado de atención. Nadie puede desconocer el tejido notable de fenómenos adversos con entidad suficiente como para forzar al consumo a que abandone su sorprendente velocidad de crucero de los últimos dos trimestres: 4% real. Es una telaraña frondosa -la crisis inmobiliaria, la brusca elevación de los requisitos crediticios, la suba de la nafta (otra vez, el galón rebasando los tres dólares) y un incipiente aquietamiento del mercado laboral y presta a inmovilizar. Si así resultara, sería cada vez más arduo distinguir los límites entre un aterrizaje suave y la llamada «recesión con crecimiento» como la de 2001 (que no supone una contracción anual del producto bruto sino un avance misérrimo).
Si la Fed sólo estuviese pendiente de los avatares del producto bruto, encontraría condiciones más que maduras como para abrir, preventivamente, el paraguas. Una reducción de tasas ya hubiera, probablemente, tenido lugar. De hecho, han transcurrido once meses desde la última suba. Es frecuente que la Fed -a los seis meses de culminado un proceso prolongado de restricción, tenga que relajar el corsé monetario para balancear mejor las cargas.
Sin embargo, la Fed combate en un segundo frente de batalla. La incertidumbre sobre la inflación exige contención. El rebote de los precios de la energía -desde mediados de enero- impide cerrar el capítulo del rigor monetario. Más importante aun, su encarecimiento persistente se introdujo como un virus en las mediciones ex energía. Aun hoy, la mitad de los componentes de la canasta de consumo denota una suba de precios de 3,5% o superior. La Fed necesitaría más tiempo hasta extirpar el problema.
En esa puja de tensiones a contramano, la Fed sostiene, una y otra vez, que el riesgo de inflación es su preocupación predominante. También desliza su visión de una economía repuntando en la segunda mitad del año. Será difícil, sin embargo, en este tramo resbaladizo de la ruta, postergar una definición. A menos que el consumidor saque otro conejo de la galera, la Fed deberá mudar el foco de su atención y lubricar mejor las condiciones monetarias. Pero acierta ese organismo si busca el momento propicio con cuidado; si se escuda tras la imagen de una inflación domada. La mejor ventana para que surja la baja de tasas supone la convicción de una inflación bajo control y no la mera zozobra de una economía tambaleando en la cornisa de una recesión.




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