La prevención de la violencia escolar exige escuchar a tiempo: el rol de adultos e instituciones es clave para detectar el malestar antes de que se transforme en tragedia.
La violencia escolar exige una mirada que vaya más allá del hecho consumado.
Frente a la crudeza de los hechos de violencia que sacuden el ámbito escolar, abordar estas tragedias requiere una mirada que no se agote en el hecho consumado, sino que se comprometa éticamente con la complejidad de la subjetividad y el lazo social. No podemos permitirnos el reduccionismo de la vigilancia externa; la verdadera seguridad en las escuelas se construye fortaleciendo la función de amparo de los adultos y de las instituciones: más que la vigilancia, se trata de estar en vigilia, despiertos.
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Para comprender lo que sucede antes del estallido, debemos prestar especial atención a lo que en psicoanálisis denominamos la “retracción libidinal", ese estado de retiro del mundo, retracción de las cosas cotidianas, falta de interés en las cosas que son parte de la vida de un adolescente, sus amigos, su escuela, sus hobbies. No se trata de una tristeza pasajera, sino de un desasimiento progresivo del interés por el mundo, los otros y la escuela. Cuando un joven se repliega en un solipsismo melancolizado, el cuerpo comienza a hablar allí donde el sujeto ha quedado silenciado. Es en ese vacío de palabra donde aparecen los pasajes al acto: conductas impulsivas de difícil o imposible retorno, a menudo precedidas por ensayos simbólicos de destrucción que hoy se filtran en escritos, dibujos, advertencias proferidas a otros o en la actividad en redes sociales. A falta de palabra, estos pasajes al acto, consisten en una realización sin retorno.
Detectar el malestar a tiempo puede evitar desenlaces trágicos en las aulas.
Diário do Sudoeste
Es fundamental distinguir estos riesgos de los cambios esperables de la adolescencia. Mientras que la rebeldia y el cuestionamiento a la autoridad son signos de salud que marcan la busqueda de una identidad propia, la señal de alarma reside en la rigidez. El adolescente en riesgo se queda fijado en una posicion unica -ya sea de odio, apatia extrema o ideacion violenta- de la cual no puede entrar ni salir. Cuando este malestar impide el lazo social de manera crónica, estamos ante un sufrimiento subjetivo que requiere intervencion inmediata, un entramado donde la historia singular se articula con un tiempo y epoca que nos atraviesan a todos.
Para perforar la barrera de la respuesta automática de "bien", el universo adulto debe dirigir su interés y preguntas hacia algun afecto. En lugar del interrogatorio técnico, necesitamos disparadores que inviten a la reflexión, validando el estado emocional del joven sin juzgarlo. Planteo desde hace años dos metaforas para pensar esta disponibilidad: la de la "estación de servicio", aquella que esta visible y disponible para cuando el joven decida desviarse a buscar ayuda; y la del "camión de remolque", que representa nuestra responsabilidad de ir hacia el otro cuando este no logra pedir auxilio. Esta actitud de acompanamiento y de funcion tutorial es crucial tanto para las familias como para los docentes.
En este escenario, el docente ocupa un lugar privilegiado en la transferencia educativa. Su rol no es diagnosticar, sino advertir la relacion con la alteridad y notar cuando un estudiante "ha dejado de estar ahí" subjetivamente. Para que esta detección sea efectiva, el diálogo entre escuela y familia debe ser constante, despojado de la lógica punitiva y de ese error histórico de repartirse culpas cuando el síntoma ya ha estallado.
adolescente alumno maestra madre
El docente cumple un rol central en la detección temprana del sufrimiento.
Frente a las senales de alarma es muy importante evitar la minimización o negación bajo frases como "son cosas de la edad", "son cosas de chicos", lo que deja al joven en un desamparo simbólico total. Responder a la agresividad con exclusion solo refuerza el sentimiento de injusticia y alimenta el ciclo de la violencia. El adulto debe poder soportar la verdad del joven sin escandalizarse, permitiendo que el malestar se traduzca en palabras antes de que se transforme en acto.
Hoy mismo, las escuelas pueden implementar espacios de palabra circular para que el malestar se nombre, una labor encarnada por la ley de Educación Sexual Integral (ESI), actualmente tan atacada. Es imperativo que el Estado garantice políticas públicas integrales que sostengan la ESI, el financiamiento de los Equipos de Orientación Escolar y una red de cuidado que trascienda la coyuntura. El trabajo colectivo, en grupos-clase, en grupos por promoción de cada año, así como en el trabajo colaborativo con las familias, es crucial.
Como venimos sosteniendo en los equipos de investigación en que participo en la Universidad de Buenos Aires (UBACyT), la apuesta sigue siendo transformar el dolor y el silencio en palabra mediante un tejido institucional sólido. Solo a través de un marco político y pedagógico que promueva la disponibilidad y el amparo podremos ofrecer a nuestros jóvenes alternativas simbólicas frente al vacío de la violencia, interviniendo antes de que el malestar se convierta en una tragedia sin retorno.
Psicoanalista Miembro Titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina - Profesor e Investigador de la UBA -MN 19868
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