1 de marzo 2007 - 00:00

El complot del tomate perita

No sólo el amigo Guillermo Moreno está preocupado por el precio del tomate perita y sus consecuencias sobre el Indice de Precios al Consumidor (IPC). Un cable de la agencia «Reuters» que reproduce el «Khaleej Times» de Dubai presenta declaraciones del presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, en donde manifiesta textualmente que «los enemigos del país han tramado una serie de complots para obligar a la República Islámica a renunciar a su plan nuclear, incluyendo el aumento de los precios del tomate y otros alimentos».

El tomate es un componente importante de la dieta iraní, y por eso le preocupa al amigo de Hugo Chávez y Luis D'Elía su escalada. Obviamente, pensar que estamos inmersos en un movimiento internacional para la suba del tomate que intenta desestabilizar, a través del aumento de la tasa de inflación, a gobiernos tan diversos como los del presidente Néstor Kirchner, el presidente Chávez, el gobierno iraní, o China, parece una exageración difícil de soportar el menor análisis serio.

Pero lo que transmite el problema del tomate perita o el aumento de los precios de los commodities, o la elevada tasa de inflación de varios países del mundo, es un fenómeno global, que el martes generó una fuerte convulsión financiera: la pérdida de valor del dólar respecto del resto de las monedas del mundo y el primer cuestionamiento serio al modelo de crecimiento «a la china».

  • Revaluación

  • En efecto, lo que está pasando hace ya unos años, a partir de la explosión de liquidez global y las consecuentes bajas tasas de interés real, para salir de la crisis internacional de fin de siglo, es que el dólar se ha «abaratado» en el mundo, o, visto desde el otro ángulo, los precios de los bienes y de los activos, medidos en dólares, han crecido sustancialmente. En ese contexto, la mayoría de los bancos centrales del mundo adoptaron políticas que permitieron la revaluación de sus respectivas monedas.

    Claramente, esto permite que el aumento de los bienes y activos medidos en dólares no se transmita a un aumento similar de dichos bienes y activos, medidos en la moneda local. Pero claramente también esto implica una menor tasa de crecimiento de las economías que adoptaron estas políticas, dado que la revaluación de sus monedas les ha restado competitividad a sus empresas, sea como exportadoras, sea como sustitutas de importaciones, a menos que dicha revaluación fuera compensada con fuertes ganancias de productividad o con escenarios de salarios bajos relativamente, o muy bajos costos de capital (caso Europa del Este, por ejemplo). Pero un conjunto de países, en lugar de revaluar, mantuvo sus monedas devaluadas respecto del dólar, o con una revaluación muy leve, aprovechando, con todo, las oportunidades del comercio mundial, algunos; maximizando el precio local de sus exportaciones de commodities, otros; alentando la sustitución de importaciones e inversiones con salarios bajos medidos en monedas duras, algunos; y poniéndole precios muy baratos a sus activos, otra vez en monedas fuertes, para compensar el riesgo y la incertidumbre sobre los derechos de propiedad, otros. Pero por supuesto, esta política tiene como consecuencia que se «importa la inflación en dólares» agravada por las devaluaciones locales. El saldo: crecimiento fuerte, pero altísima inflación, con consecuencias importantes sobre las señales de largo plazo, los contratos, el horizonte de inversión, etc. Lo que tienen en común, entonces, la Argentina, Irán, Venezuela, India y China, ha sido su «modelo de crecimiento con monedas subvaluadas respecto de un dólar barato» más que el complot del tomate perita.

    Pero cada país está enfrentando este dilema de manera diferente: la Argentina, en un año electoral, «interviniendo» el INDEC. Venezuela, amenazando con estatizar supermercados. Irán, invocando la ayuda de Dios: «Con la ayuda de Alá, el problema de la carne, el pollo y los tomates será resuelto», dijo el presidente iraní, en el mismo cable ya citado. China, en cambio, amenaza con subir las tasas de interés, frenar las especulaciones en su mercado de acciones y desacelerar su economía.

    Es a esta última señal, junto con la idea de que, finalmente, el aterrizaje suave americano pueda convertirse en aterrizaje forzoso, sugerida por Don Alan Greenspan, lo que asustó a los mercados financieros y lo que generó fuertes tomas de ganancias y «correcciones» de las cotizaciones.

    Pero más allá de que esto sea pasajero, y volvamos al camino de bonanza de los últimos tiempos -como ya sucedió en el segundo trimestre de 2006-, lo cierto es que inexorablemente el dilema de crecer con alta inflación hoy, bajo riesgo de dejar de crecer en poco tiempo, o hacer lo necesario en materia de competitividad para crecer con baja inflación mañana estará presente y obligará, más temprano que tarde, a tomar decisiones importantes a China, a India, a Venezuela, a la Argentina y ... a Alá.

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