8 de agosto 2007 - 00:00

El dólar está como en la convertibilidad

El gobierno ha ratificado su política de «tipo de cambio alto y competitivo». Ello implica perseverar en el intento de remar contra la corriente, en materia cambiaria. En efecto, un país con importante superávit comercial, ingreso de capitales aprovechando el diferencial de tasas de interés entre la moneda local y el dólar, un perfil relativamente suave, al menos en el corto plazo y a estas tasas, de pagos de deuda externa pública, superávit fiscal, buenas perspectivas de los precios de sus productos de exportación y una respetable cantidad de reservas acumuladas en su Banco Central, como la Argentina de estos tiempos, es un país en donde la « tendencia natural» es hacia una apreciación cambiaria y no a la inversa.

En ese contexto, intentar mantener el tipo de cambio elevado, o que el ritmo de su apreciación sea lo suficientemente lento como para compensarlo con ganancias de productividad, exige algo más que buenos discursos, buenas intenciones, o un Banco Central muy activo. Para avanzar en el razonamiento que intento elaborar en estas líneas, no tengo más remedio que romper la «ilusión monetaria» y recordarles a los amigos de la UIA que lo que importa, obviamente, es el tipo de cambio real, es decir, el tipo de cambio nominal, corregido por la inflación relevante internamente. Y, para complicar más las cuentas, la comparación de la evolución de esta variable con los tipos de cambio de los países importantes en el comercio exterior argentino, también corregidos por sus respectivas inflaciones. Lo que técnicamente se denomina «tipo de cambio real multilateral». Está claro entonces que, cuando se habla de «tipo de cambio alto», se debería decir «tipo de cambio real alto». Y que cuando alguiense refiere a «políticas para sostener el tipo de cambio», debería mencionar « políticas para sostener el tipo de cambio real alto, dada la evolución de las otras monedas y las otras inflaciones». Si nos olvidamos por un instante de la evolución de las otras monedas y las otras inflaciones, evolución que, por otra parte, el gobierno argentino no controla, ni influye, lo que ha venido sucediendo desde el salto cambiario de principios de 2002 es que, contrariamente al discurso oficial, el tipo de cambio real no ha dejado de caer. Medido por precios mayoristas internos ya el tipo de cambio real está en los valores que tenía previo a la salida de la convertibilidad. Mientras que corregido por la inflación derivada de los precios al consumidor -bien medida-ya se encuentra en los valores de los primeros tiempos de la convertibilidad.

  • Apreciación

  • Pero lo cierto es que seguimos «baratos» gracias a que el real se apreció, el euro se apreció, y la mayoría de las monedas latinoamericanas se apreciaron. Claro que, insisto, con la única moneda con la que no hemos ganado esta competitividad real es con el dólar. Dado que, como mencionara, la inflación mayorista interna ya se comió toda la ganancia de la devaluación nominal, mientras que la inflación en Estados Unidos ha sido en estos años muy baja. Si todavía mantenemos alguna ganancia de competitividad contra Estados Unidos en ciertos rubros, sólo se debe a que algunos costos locales, salarios en algunos casos, servicios públicos en otros, resultan inferiores a sus equivalentes norteamericanos.

    Cuando se considera, entonces, el tipo de cambio real, la política macroeconómica lejos de consolidar «el modelo productivo» lo ha estado socavando sistemáticamente.

    Insisto, si la «tendencia natural» del tipo de cambio real, en un país con las condiciones actuales de la Argentina es a la apreciación de su moneda y no a la devaluación, la única forma de compensar esa tendencia natural es con una política fiscal y de ingresos coordinada con ese objetivo. Pero si el gasto público crece a un ritmo superior a 40% anual y los salarios a 25% anual, y la oferta de bienes debe ser completada con importaciones porque las empresas, o bien están a plena capacidad, o bien tienen límites a su producción derivados de restricciones energéticas o de infraestructura y logística en general, entonces, todo aumento del tipo de cambio nominal que intente mejorar el tipo de cambio real, sólo tendrá como resultado, al final del día, una aceleración de la tasa de inflación. De manera que lo que el aumento del tipo de cambio nominal «da» por un lado, lo «quita» la inflación por el otro. Por supuesto que la apreciación de las otras monedas permite cierto grado de «laxitud» en la política económica, pero no al punto de descontrolar la política macro de la manera en que se ha hecho en los últimos tiempos dejando toda la responsabilidad en el Banco Central. Porque la «incertidumbre cambiaria» tiene como efecto no deseado un aumento permanente de la tasa de interés «de equilibrio» para todos los segmentos y plazos. Porque el «seguro de cambio gratuito» no era sólo para los especuladores en bonos y acciones, era también para los depositantes del sistema financiero que, a partir de ahora, le piden «otra tasa» a sus pesos para compensar el riesgo de devaluación.

    Por lo tanto, spreads mediante, los tomadores de crédito, sean consumidores o empresas, terminan pagando el costo de la incertidumbre. Por lo tanto, dejar toda la responsabilidad de la evolución del tipo de cambio real, en manos del Banco Central es obligar a la autoridad monetaria a resolver el famoso «trilema» fijando, simultáneamente, objetivos de inflación, tipo de cambio y tasa de interés. Demasiado.

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