Hay momentos en la historia de un país en donde no alcanza con cambiar de gobierno o cambiar un plan económico por otro. Hay momentos, en que es necesario responder a otras preguntas que tienen que ver con la concepción que tenemos del ser humano, de la familia, del país, del desarrollo, de la sociedad y del futuro. Creo que Argentina vive hoy ese momento.
Durante estos años venimos discutiendo inflación, déficit, deuda, Estado, mercado, salarios, gasto público, estabilidad de la “macro”. Pero detrás de todo esto emerge un interrogante más profundo, que lamentablemente desde el exterior parece que ya tienen la respuesta, pero los argentinos no terminamos de definir: ¿qué país queremos construir?
Esa pregunta atraviesa mi nuevo libro “La Revolución de los Justos. De la era del odio a un proyecto común”. Sin embargo, el interrogante excede ampliamente la publicación. Porque una sociedad como la nuestra no puede seguir enroscada indefinidamente en una discusión sobre el pasado. En algún momento debemos recuperar la capacidad de imaginar y construir un futuro.
Las ideas importan
Javier Milei llegó al gobierno como consecuencia de la frustración económica y social. Expresó un malestar que se venía instalando y se profundizó después de la pandemia. La bronca se convirtió en identidad política y hoy lo tenemos a Milei al frente del Estado. Pero él, no vino sólo con esas promesas de cobrar en dólares y terminar con la inflación, obsesiones y traumas argentinos. También llegó con una “teoría”. Un grupo de ideas bastante marginales y perimidas con respecto al Estado, el mercado, la libertad y la sociedad.
Esas ideas están rompiendo a la Argentina. Pero sería un error pensar que alcanza sólo con oponerse a ellas, denunciarlas, indignarse o señalar sus consecuencias. Las ideas en democracia no se combaten solamente con consignas. Se combaten y se les oponen, otras ideas. Por eso, además de una opción política, hace falta una alternativa intelectual que no sea simplemente una reacción al gobierno de Milei.
Necesitamos una propuesta capaz de defender la libertad pero con justicia social; que entienda el mercado, y este nuevo capitalismo, como el mecanismo indispensable para generar riqueza, pero reconociendo las responsabilidades de un Estado suficiente e inteligente; que comprenda las demandas sociales y del sistema que ven a la estabilidad macroeconómica como imprescindible, pero siendo conscientes que estabilizar no es lo mismo que desarrollar.
Y allí surgen las preguntas sobre qué hacemos con la estabilidad, cómo la convertimos en inversión, la inversión en producción y ésta, en empleo. Finalmente, como logramos a través de ello la movilidad social y el bienestar. Allí comienza la verdadera discusión: la del desarrollo.
Una estrategia para crecer
Argentina tiene una oportunidad extraordinaria. Tenemos energía en sus formas más diversas, alimentos, minería, economía del conocimiento, industria, ciencia, tecnología, territorio e infraestructura. Poseemos recursos naturales, recursos humanos de excelencia y capacidades productivas para ser protagonistas en este nuevo escenario de la Cuarta Revolución Industrial. Sin embargo, ninguna oportunidad se concreta automáticamente, o dejándola liberada a las “fuerzas del mercado”.
Hace falta una estrategia que direccione los sectores estratégicos de la economía, la inversión, la productividad, innovación y generación de empleo. El sector exportador necesita agregar valor y no depender cada vez más del sector primario. Necesitamos desarrollar proveedores nacionales, fortalecer nuestras universidades, así como la ciencia y la tecnología, y generar previsibilidad para el capital productivo.
También resulta fundamental, hoy, revisar el papel del Estado. A la pregunta de ¿Estado sí o Estado no?, la cambiamos por la de ¿Qué Estado necesitamos? Y allí vamos a encontrar una respuesta sin dogmatismos ideológicos: Un Estado eficaz, suficiente, inteligente, capaz de garantizar derechos e invertir estratégicamente, defendiendo la soberanía en sus diferentes versiones, estableciendo marcos regulatorios adecuados (ni desregulación masiva ni burocracia). Al mismo tiempo, garantizando la existencia de un sector privado dinámico y competitivo.
Sumar volumen
Para poner en marcha las ideas de una nueva Argentina, suena obvio que debe construirse una alternativa nacional. La política argentina tiene una tendencia recurrente: discutir demasiado pronto quien conduce ese proceso. Sin embargo, creo que antes debemos saber a cuántos somos capaces de convocar. Esa alternativa nacional no puede organizarse solamente alrededor de los dirigentes tradicionales de un espacio. Necesita ampliar sus fronteras. Necesita sumar volumen político y social, incorporando experiencia de gestión y capacidad de escucha y diálogo.
También implica sumar volumen territorial con las diferentes realidades, intereses y potencialidades de un país federal. Y por supuesto, sumar volumen social y generacional. Una “revolución de los justos”. Incorporando trabajadores, empresarios, productores, científicos, docentes, profesionales, emprendedores y organizaciones comunitarias. Desde lo generacional, necesitamos dirigentes capaces de comprender la transformación tecnológica, la inteligencia artificial, la economía global y las nuevas formas de trabajo y comunicación. En eso también consiste sumar, a través de la “renovación de cabezas”: mentes y caras que combinen experiencia, innovación, firmeza de convicciones, capacidad de diálogo y nueva credibilidad.
De la era del odio a la esperanza
Vivimos una época atravesada por emociones negativas que canalizan las frustraciones por el fracaso de los proyectos de vida individuales, familiares y sociales. El adversario político es un objetivo a destruir. La indignación y bronca domina la conversación pública y la gente no cree en la democracia porque no ha resuelto sus problemas cotidianos. Así llegamos a lo que denomino la era del odio.
Todo esto no es un fenómeno local, pasa en muchas partes del mundo. Pero, lo cierto es que, pese a esta realidad, en muchos lugares del mundo la cosa funciona, las sociedades cooperan y progresan. Y nosotros también tenemos la capacidad para hacerlo. Salir de la lógica en la que estamos inmersos no significa eliminar el conflicto, sino canalizarlo, encontrar algunos acuerdos; un rumbo, en el marco de las oportunidades que nos brinda este contexto global. Para ello es necesario recuperar una palabra clave: esperanza.
El desafío consiste en construir una alternativa capaz de expresar una nueva mayoría social. Que integre a los que vienen del peronismo y a los que no lo son, a quienes tienen tradición política y a quienes no, manteniendo la identidad pero formando una unidad en la diversidad. Ese es el sentido de hablar de un Proyecto Común. Con las enseñanzas del pasado, pero dejando atrás la nostalgia. Como propuesta de futuro. Las sociedades no salen adelante porque encuentren un buen gobierno, lo hacen cuando sostienen un rumbo en el tiempo.
Después de años de frustraciones, necesitamos transformar el desencanto en esperanza, las ideas en acción, la diversidad en integración. Se trata de construir el futuro, a través de una revolución que cambie aquello que parecía inevitable. Una revolución diferente, pacífica, democrática y justa. La Revolución de los Justos.
Guillermo Justo Chaves - Profesor de Derecho Político en la Universidad pública y fue Jefe de Gabinete de la Cancillería argentina, escribió “La Revolución de los Justos. De la era del odio a un proyecto común”.