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7 de octubre 2025 - 10:50

La reforma laboral debe ir al vínculo, no al empleo en abstracto

El Gobierno prepara una reforma laboral con ejes que van desde nuevas modalidades de contrato hasta cambios en indemnizaciones. Pero sin un diseño técnico, advierten especialistas, puede aumentar la informalidad y la litigiosidad. Argentina necesita precisión, coherencia tributaria y seguridad jurídica.

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Si queremos un mercado laboral robusto, la tarea no es “generar empleo” como si fuera receta de cocina, sino hacer que los vínculos laborales hoy disfuncionales emerjan hacia la formalidad sin traumatismos.

Vivimos tiempos de urgencia. La sociedad no aguarda discursos: reclama certezas. En ese contexto, la reforma laboral que el Gobierno proyecta no puede quedar en promesas vagas; debe ser una intervención quirúrgica, no un escopetazo ideológico. Y como abogado especializado en empleo y reformas estructurales, aquí ofrezco una mirada con pulso propio.

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Porque sí: hace falta reforma laboral. Pero no para “crear empleo” como quien invoca un milagro, sino para ordenar los vínculos laborales que hoy están rotos, obsoletos o en la informalidad. Y reconocer algo fundamental: empleo formal no es un fin, sino el engranaje que permite sostener un régimen tributario viable y una protección social creíble.

La propuesta que circula, del gobierno nacional, incluye varios ejes: modificar la presunción de relación laboral, flexibilizar modalidades de jornada (guardias activas/pasivas, banco de horas), reconfigurar la responsabilidad solidaria, reformar indemnizaciones fuera de convenio, avanzar en nuevos contratos para plataformas/autónomos, y desplazar los convenios sectoriales hacia convenios por empresa.

Son líneas con promesa de modernidad, pero también con trampas:

Una reforma sin brújula se convierte en un juego de sombras: cada frase “flexible” es reinterpretada, cada “limitación” se convierte en litigio. El diseño debe ser certezas y no climas grises.

El empleo formal no se crea por decreto, sino cuando el régimen tributario lo hace coherente.

Uno de los factores que más distorsiona es la onerosidad de las contribuciones. En Argentina, una proporción significativa del costo laboral es fiscal: un empleador no contrata si el costo adicional le quita margen.

Muchas veces la “injusticia” no es ética: es aritmética. Si armo un contrato formal y termino con un diferencial tributario insostenible frente a un modelo informal, vuelvo al gris.

Si ciertas modalidades de contratación pagan mucho menos cargas (o tienen menos exigencias), la elección racional del empresario será la modalidad menos costosa. A menos que haya controles impecables, la distorsión será brutal.

Un diseño adecuado debe aspirar a neutralidad: que no importe tanto la modalidad, sino que los derechos mínimos se ajusten proporcionalmente.

Cuando más dependientes estén en blanco, el Estado puede financiar seguridad social, seguro de desempleo, salud colectiva, pensiones. Si el grueso queda en la informalidad, la recaudación se desmorona, y el sistema colapsa.

Un país no puede ganar con formalidad simbólica: debe ganar con formalidad genuina. Y para eso, la carga de formalización debe calibrarse con la posibilidad real de los sectores de asumirla sin quebrar.

Si queremos un mercado laboral robusto, la tarea no es “generar empleo” como si fuera receta de cocina, sino hacer que los vínculos laborales hoy disfuncionales emerjan hacia la formalidad sin traumatismos.

Eso implica:

Los últimos datos del INDEC muestran que aunque la actividad subió, el empleo cayó: más gente buscando trabajo, menos trabajo real.

Que nadie interprete mal: no me opongo al espíritu de cambio, al “abanico” de propuestas, a la urgencia. Pero rechazo el velo de marketing de quienes prometen empleo mágico y reforman sin puntería.

La reforma laboral que Argentina necesita no será la que aparezca en titulares ni slogans. Será la que cambie realidades difíciles. Será aquella que alinee vínculo laboral + eficiencia fiscal + derechos mínimos con certidumbre jurídica.

Y sí: es urgente. Pero no para prometer empleo, sino para reconstruir el contrato social que hoy está rajado por la informalidad.

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