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10 de agosto 2026 - 14:48

La verdadera fábrica de compañías de alto valor

América Latina tiene talento y oportunidades, pero necesita más capital, conexión y confianza para construir compañías globales de alto valor en el largo plazo.

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Una compañía de alto valor requiere de talento capaz de resolver problemas complejos, universidades conectadas con el mercado, emprendedores dispuestos a atravesar años de incertidumbre, clientes que validen soluciones reales e inversores que entiendan que la innovación necesita capital paciente.

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Durante años, la historia de las grandes compañías tecnológicas se ha contado como si fuera el resultado exclusivo de una gran idea, un fundador extraordinario o un momento de inspiración irrepetible. Esta narrativa, aunque atractiva, resulta incompleta.

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Después de más de una década invirtiendo en emprendedores de América Latina, estoy cada vez más convencido de algo: las compañías de alto valor rara vez nacen por accidente. Tampoco aparecen simplemente porque haya talento o porque un fundador tenga una buena presentación. Se construyen cuando existe una combinación mucho más difícil de lograr: ambición, capital, conocimiento, mercado, confianza y tiempo.

Este diagnóstico abre una conversación necesaria para la región. América Latina no tiene un problema de talento. Tiene talento de sobra. Lo vemos todos los días en ingenieros, científicos, emprendedores y equipos capaces de competir con estándares globales. El problema es que muchas veces ese talento opera en entornos que no lo empujan a pensar en grande, que castigan demasiado rápido el error y que no siempre ofrecen las condiciones para transformar conocimiento en compañías globales.

Nos gusta hablar de unicornios, pero hablamos mucho menos de lo que realmente los hace posibles.

Una compañía de alto valor requiere de talento capaz de resolver problemas complejos, universidades conectadas con el mercado, emprendedores dispuestos a atravesar años de incertidumbre, clientes que validen soluciones reales e inversores que entiendan que la innovación necesita capital paciente.

Esto último no implica un capital ingenuo, sino fondos dispuestos a asumir riesgos antes de que existan certezas, operando con disciplina, foco y exigencia. En Argentina, por ejemplo, durante 2025 se registraron 73 operaciones de inversión por 270 millones de dólares, donde más de la mitad de las rondas correspondieron a etapas pre-seed. Este dato demuestra que el desafío actual no radica únicamente en conseguir más fondos, sino en mejorar la calidad y la profundidad del flujo de nuevos proyectos.

En este punto la discusión adquiere mayor relevancia, dado que durante años se confundió el levantar capital con la construcción de valor. Una ronda de inversión puede acelerar el crecimiento, pero el verdadero valor aparece cuando una startup resuelve un problema real, encuentra un mercado suficientemente grande, desarrolla ventajas difíciles de copiar y logra ejecutar su estrategia mejor que sus competidores en el largo plazo. El ecosistema emprendedor latinoamericano necesita ambición, acompañada de una evaluación honesta: no todas las empresas son aptas para el capital de riesgo, no todos los problemas justifican una estructura global y no todos los equipos están preparados para escalar. Decirlo no es ser pesimista; es tomar en serio la construcción de valor.

También es fundamental superar la idea de que el Estado, las universidades, las empresas o los inversores pueden resolver estos desafíos de manera aislada. Las universidades forman talento y generan conocimiento; las empresas identifican problemas concretos del mercado; los emprendedores convierten esos problemas en soluciones; y los inversores aportan capital junto con experiencia de largo plazo. Y el Estado tiene una responsabilidad básica pero decisiva: construir reglas previsibles, instituciones confiables y condiciones que permitan planificar más allá de un ciclo político.

La falta de continuidad es una de las grandes deudas de América Latina. Construir compañías de alto valor requiere décadas, no modas de dos años. Requiere redes de confianza, acumulación de conocimiento, capital que vuelva al sistema y emprendedores que, después de tener éxito, reinviertan experiencia, contactos y recursos en la siguiente generación.

Los ecosistemas más exitosos del mundo no se construyeron persiguiendo unicornios. Se construyeron desarrollando capacidades. Primero apareció el talento. Después las redes. Después el capital. Después la confianza. Las grandes compañías fueron una consecuencia, no el punto de partida. La dinámica regional parece confirmar esa dirección.

En 2025, América Latina registró 664 operaciones de capital privado y venture capital por US$ 4.300 millones. Más allá del monto, lo relevante es que una parte significativa de esa inversión siguió concentrándose en etapas tempranas. Eso significa que todavía estamos en una fase de construcción de base: más que celebrar valuaciones aisladas, deberíamos preguntarnos si estamos formando suficientes compañías sólidas, sostenibles y globalmente competitivas.

La región posee una oportunidad clara, aunque no garantizada. Existen problemas estructurales por resolver, mercados amplios que optimizar y emprendedores cada vez más sofisticados. No obstante, persiste la necesidad de una mayor conexión entre el conocimiento y el mercado, capital inteligente, colaboración intersectorial y tolerancia a los procesos madurativos de largo plazo.

Construir compañías de alto valor no es financiar startups. Es construir confianza. Es formar talento durante décadas. Es conectar mundos que históricamente trabajaron separados. Es aceptar que no hay atajos reales. Y es entender que las empresas que transforman industrias no nacen para convertirse en unicornios: nacen para resolver problemas de manera tan eficiente que terminan creando mercados nuevos.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo crear más compañías valuadas en miles de millones de dólares.

La pregunta más importante es otra: ¿qué problemas de América Latina merecen compañías globales y qué estamos haciendo para que los mejores emprendedores puedan construirlas desde acá?

La respuesta a esa pregunta va a definir si seguimos celebrando casos excepcionales o si, finalmente, empezamos a producir compañías de alto valor de manera sistemática.

Mi visión es que América Latina tiene una oportunidad enorme, pero no garantizada. Tenemos talento. Tenemos problemas relevantes para resolver. Tenemos mercados grandes, ineficientes y llenos de oportunidades. Tenemos emprendedores cada vez más sofisticados. Pero todavía necesitamos más conexión entre conocimiento y mercado, más capital inteligente, más colaboración entre sectores y más tolerancia a los procesos largos.

Construir compañías de alto valor no es financiar startups. Es construir confianza. Es formar talento durante décadas. Es conectar mundos que históricamente trabajaron separados. Es aceptar que no hay atajos reales. Y es entender que las empresas que transforman industrias no nacen para convertirse en unicornios: nacen para resolver problemas de manera tan eficiente que terminan creando mercados nuevos.

Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es cómo crear más compañías valuadas en miles de millones de dólares.

La pregunta más importante es otra: ¿qué problemas de América Latina merecen compañías globales y qué estamos haciendo para que los mejores emprendedores puedan construirlas desde acá?

La respuesta a esa pregunta va a definir si la región sigue celebrando casos excepcionales o si, finalmente, empieza a producir compañías de alto valor de manera sistemática.

Fundador y Managing Partner de Alaya Capital

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