22 de septiembre 2026 - 00:00

El poder de tener alternativas

En un mundo donde la interdependencia también se convirtió en un instrumento de presión, el canadiense Mark Carney propone una respuesta: diversificar socios, mercados y proveedores para reducir vulnerabilidades. Una estrategia que abre interrogantes para la Argentina.

Mark Carney, primer ministro de Canadá, busca salir de la dependencia con EEUU.

Mark Carney, primer ministro de Canadá, busca salir de la dependencia con EEUU.

Durante décadas, la interdependencia fue presentada como una garantía de estabilidad. Cuanto más comerciaran los países, cuanto más integradas estuvieran sus economías y cuanto mayores fueran los costos de una ruptura, menores serían los incentivos para el conflicto. La historia tomó otro camino. La interdependencia no desapareció. Lo que cambió fue nuestra percepción de ella: descubrimos que aquello que conecta también puede utilizarse para presionar.

En inglés existe una palabra difícil de traducir al castellano: weaponization. Literalmente, significa convertir algo en un arma. Aplicada a las relaciones internacionales, describe la utilización de vínculos económicos, financieros, tecnológicos o comerciales como instrumentos de poder y coerción.

Canadá ofrece un ejemplo particularmente claro de ese cambio. Pocos países construyeron una relación de interdependencia tan profunda como la que mantiene con Estados Unidos. Pero el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca convirtió esa proximidad en una fuente de vulnerabilidad: la imposición y amenaza de nuevos aranceles, la creciente conflictividad comercial y la utilización del acceso al enorme mercado estadounidense como instrumento de presión obligaron a Ottawa a reconsiderar los riesgos de una dependencia excesiva de su principal socio. La respuesta de Carney ha sido buscar alternativas: fortalecer la economía canadiense y, al mismo tiempo, diversificar sus relaciones internacionales.

Es en ese contexto que Carney plantea una respuesta al uso de la interdependencia como instrumento de presión. El 17 de septiembre, ante el Parlamento Europeo reunido en Estrasburgo, describió lo que llamó una “ruptura geopolítica”: aranceles utilizados como presión, mecanismos financieros con fines coercitivos, cadenas de suministro convertidas en vulnerabilidades y plataformas tecnológicas que adquieren capacidades antes reservadas a los Estados.

Si bien no es un diagnóstico enteramente nuevo, lo cierto es que presenta una respuesta interesante. Carney parte de una paradoja. En un mundo más conflictivo, los Estados quieren recuperar autonomía. Pero las tecnologías y capacidades que hoy definen esa autonomía son tantas y tan complejas que ningún país puede controlarlas todas.

La soberanía, sostuvo, ya no consiste solamente en poder alimentar, abastecer de energía y defender a una sociedad. Requiere también acceso seguro a inteligencia artificial, semiconductores, minerales críticos, sistemas de pagos, tecnologías energéticas, vacunas y comunicaciones espaciales. Precisamente por eso, la respuesta no puede ser regresar a la autarquía.

“The objective is not self-sufficiency. It is collective resilience”, afirmó Carney. El objetivo no es la autosuficiencia. Es la resiliencia colectiva. La frase encierra una idea más importante de lo que parece. Si ningún país puede producir todo aquello que necesita, la cuestión deja de ser cómo eliminar la dependencia y pasa a ser cómo administrarla. Y allí aparece una variable decisiva: la diversificación.

Carney lo plantea como una cuestión de poder. Una dependencia se convierte en una fuente de presión cuando quien controla un recurso, un mercado, una tecnología o una vía de financiamiento sabe que el otro tiene pocas alternativas. Diversificar cambia esa ecuación: cuantos más proveedores, mercados, socios o fuentes de financiamiento existen, mayor es la posibilidad de elegir y menor la capacidad de cualquiera de ellos para imponer condiciones. No se trata, por lo tanto, de dejar de depender, sino de evitar que una dependencia se vuelva dominante.

“Diversity confers advantage”: diversificar confiere ventaja. Ese razonamiento permite entender la propuesta que Carney llevó a Estrasburgo.

Canadá y Europa poseen capacidades diferentes pero complementarias. Europa aporta escala de mercado, investigación, manufactura avanzada, capacidad regulatoria y una industria de defensa en expansión. Canadá dispone de enormes recursos energéticos y minerales críticos, capacidades en inteligencia artificial, computación cuántica y espacio, además de una ubicación excepcional entre el Atlántico, el Pacífico y el Ártico.

Un día antes del discurso de Carney, Ursula von der Leyen había propuesto avanzar más allá del acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea y abrir la posibilidad de que Canadá se convierta en el primer miembro asociado de la UE. Carney recogió inmediatamente la iniciativa y planteó una “alianza para el futuro”.

Ursula von der Leyen y Mark Carney.

Ursula von der Leyen y Mark Carney.

La agenda revela hasta qué punto cambió el concepto mismo de alianza. Minerales críticos, industria de defensa, inteligencia artificial y capacidad de cómputo, seguridad energética, espacio y sistemas de pagos aparecen junto al comercio, la investigación y la movilidad de estudiantes y trabajadores. Ya no se trata solamente de bajar aranceles. Se trata de compartir capacidades estratégicas. Pero quizá lo más significativo sea aquello que Carney aclaró que no pretende construir. No propone un tercer bloque destinado a competir con Estados Unidos y China por la primacía mundial. La aspiración, dijo, no es acumular poder para dominar a otros, sino disponer de suficiente capacidad colectiva para impedir que otros puedan controlar sus mercados, limitar su soberanía o condicionar sus decisiones. Es en este punto donde la propuesta de Carney adquiere una dimensión más amplia.

Las grandes potencias pueden aspirar a reducir dependencias mediante escala, tecnología y poder económico. Para los demás países, esa posibilidad es mucho más limitada. Pero existe otra estrategia: multiplicar vínculos para evitar que una relación se vuelva excluyente.

La diferencia no es menor. Durante buena parte de la globalización, la eficiencia aconsejaba concentrar: producir donde fuera más barato, comprar donde resultara más conveniente y construir cadenas cada vez más especializadas. La geopolítica contemporánea introduce otro criterio. En determinadas áreas estratégicas, puede ser preferible aceptar mayores costos a cambio de contar con varios proveedores, mercados o socios y conservar así capacidad de elección.

Esto tiene consecuencias evidentes para países como la Argentina. Poseer alimentos, energía, minerales críticos y capacidades tecnológicas constituye una ventaja considerable en el mundo que está emergiendo. Pero los recursos, por sí solos, no garantizan autonomía. También importa la red de relaciones dentro de la cual esos recursos se producen, financian, procesan, transportan y comercializan.

La pregunta estratégica, entonces, no debería ser con qué potencia alinearse sino cómo construir relaciones suficientemente diversas para ampliar los propios márgenes de decisión. Multiplicar vínculos en lugar de reducirlos.

Estados Unidos seguirá siendo indispensable. China también ocupará un lugar central. Europa, Brasil, India y otros actores ofrecen vínculos y capacidades diferentes. Una política exterior inteligente debería poder relacionarse con todos ellos sin convertir ninguna relación en una dependencia excluyente. Esta lógica expresa la contracara de la weaponization: cuanto más depende un país de una sola relación, mayor es la capacidad del otro para condicionarlo.

Diversificar significa, precisamente, ampliar las alternativas. No elimina la interdependencia: modifica la relación de fuerzas dentro de ella. Carney imaginó en Estrasburgo una alianza suficientemente fuerte para que “nadie pueda dictar nuestras decisiones”. Tal vez allí haya una definición especialmente apropiada de soberanía para el siglo XXI. No la imposible aspiración de no depender de nadie, sino la capacidad de evitar depender demasiado de uno solo.

Jorge Argüello es presidente de la Fundación Embajada Abierta y exembajador ante ONU, Estados Unidos, Portugal y Cabo Verde

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