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7 de marzo 2026 - 09:23

Los aprendizajes que nos dejó un nuevo UPD: ¿por qué los jóvenes necesitan llevar el festejo al extremo?

El Último Primer Día refleja una cultura que sobrestimula las celebraciones juveniles. Cuando todo es extraordinario, nada alcanza y el exceso reemplaza al sentido.

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El UPD es parte de una cultura que sobrestimula celebraciones desde el jardín: remeras especiales, fiestas con merchandising y rituales cada vez más espectaculares marcan cada etapa.

Cada comienzo de ciclo lectivo trae la misma escena: estudiantes del último año que llegan al colegio sin haber dormido, después de pasar la noche celebrando el llamado Último Primer Día (UPD). Algunos entran con bombos, otros con bengalas, y no faltan los casos que terminan en polémica: jóvenes alcoholizados, familias preocupadas, escuelas intentando contener lo que sucede.

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El debate se repite todos los años. ¿Es una celebración inocente o una práctica peligrosa? ¿Es responsabilidad de los chicos, de las familias o de las escuelas. Pero quizás la pregunta más interesante sea otra: ¿por qué hoy tantos festejos terminan desbordados?

El UPD no aparece en el vacío. Es parte de una cultura que, desde hace años, viene sobrestimulando las celebraciones en la vida de los chicos.

Cada etapa parece necesitar su propio ritual extraordinario, que van se sobredimensionando de manera exponencial. El fin del jardín se celebra con remeras especiales, fiestas y merchandising. Los festejos se vuelven producciones cada vez más grandes. Los cumpleaños de quince incluyen varios cambios de vestido, escenografías y shows.

En ese camino, a veces los adultos terminamos transmitiendo un mensaje implícito: cada momento importante debe ser espectacular.

El problema es que cuando todo es extraordinario, nada alcanza.

Muchos chicos crecen con la sensación de que la diversión tiene que ser intensa, visible, compartida en redes y, si es posible, memorable. Y cuando llega un momento simbólico fuerte, como empezar el último año de secundaria, el festejo también se empuja hacia el límite.

Estos momentos funcionan como ritos de pasaje: instancias que marcan el cierre de una etapa y la apertura de otra, y que ayudan a ordenar la vida social y reforzar la pertenencia a una comunidad. El problema no es que existan estos rituales, son necesarios, sino que, en el contexto actual, muchas veces terminan expresándose a través del exceso.

El desborde aparece entonces como una forma de celebración.

Paradójicamente, muchas de estas dinámicas no nacen de los adolescentes sino del mundo adulto. En la intención de darles felicidad, experiencias o recuerdos inolvidables, a veces terminamos llenando sus vidas de estímulos, expectativas y celebraciones cada vez más grandes. Incluso hay chicos que terminan frustrados cuando no pueden tener esas experiencias, aún cuando tal vez ni siquiera las deseaban realmente.

Y aquí aparece otro elemento importante: el factor económico.

Cuando las celebraciones se vuelven cada vez más costosas y elaboradas, también se transforman en un terreno de desigualdad. No todas las familias pueden invertir lo mismo en fiestas, viajes o rituales de egreso. Y eso genera comparaciones, presiones y frustraciones innecesarias.

El resultado es una cultura donde la diversión parece no tener límites, pero también donde muchas veces se pierde de vista el sentido de lo que se celebra.

Tal vez el aprendizaje que deja cada nuevo UPD no sea discutir solamente si los jóvenes deben o no festejar, sino preguntarnos qué modelo de celebración estamos construyendo como sociedad y cómo dar sentido a otros.

Porque los adolescentes no inventan solos estas prácticas. En muchos casos, simplemente amplifican las señales que reciben del mundo adulto.

Cambiar estas dinámicas tampoco es sencillo. Ir contra lo que es popular, masivo o simplemente “lo que hacen todos” exige más esfuerzo por parte de las familias y de las instituciones educativas. Educar también implica revisar prácticas, volver a pactar reglas y animarse a construir nuevos rituales. Porque, muchas veces, elegir otro camino significa aceptar algo incómodo: que estar en minoría suele ser más difícil que seguir la corriente.

Quizás sea momento de volver a algo más simple: celebraciones más pequeñas, más significativas y menos espectaculares.

No porque festejar esté mal, sino porque cuando todo se vuelve extraordinario, el riesgo es que la alegría termine dependiendo del exceso.

Y ninguna etapa de la vida debería necesitar llegar al extremo para ser recordada.

Fundador de la Red Educativa Itínere y director ejecutivo de HUB Educación e Innovación

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