La última reunión de la Fed se celebró el 20 y 21 de marzo pasado. Sus ecos todavía resuenan, pero su interpretación no consigue establecerse. El 21 de marzo la lectura predominante era que la Fed se aprestaba a una baja de tasas de interés; la que rige hoy es que la institución quizás medita un aumento.
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La agenda tratada y sus conclusiones fueron informadas, primero, a través del conciso comunicado de rigor que se emitió -como es usual- apenas finalizado el encuentro. Una segunda versión provino -más extensa y mejor elaborada- de boca del propio titular -Ben Bernanke- en ocasión de su visita al Comité Económico Conjunto del Congreso el 28 de marzo. La tercera referencia la aportó anteayer la difusión de las minutas de la reunión. Como siempre, se consigna allí un detalle exhaustivo de los puntos analizados y se recoge mucho de lo que el breve comunicado oficial deja en el tintero. Desde ya que habrá una versión cuarta y definitiva. Las actas del cónclave. Por fortuna, no se harán públicas hasta dentro de cinco años. Cuando a muy pocos interese.
Como no había acontecido antes, cada una de estas tres versiones sucesivas alimentó, en su respectivo momento, una fuerte convicción sobre la postura de la Fed (al punto que, ni bien conocidas, nunca las cotizaciones de los mercados resultaron indiferentes). Pero, a su vez, ese convencimiento fue deslizándose desde un extremo -la presunción de una baja de tasas en camino- hasta sus antípodas -la idea de que lo que se incuba es su elevación-.
Queda en firme que no hubo tres reuniones sino una sola. Todo lo demás pareciera ser opinable (y provisorio).
Si Alan Greenspan hubieradeseado provocar esta secuencia de golpes de efecto, no le hubiese resultado sencillo. Impresiona que Bernanke lo haya conseguido, sin recurrir al lenguaje cifrado; sin enviar, tampoco, una legión de funcionarios al púlpito de los oradores ni auspiciar filtraciones a la prensa; sólo con una política de comunicación de gran transparencia. Uno diría, montando un ingenioso juego de espejos. Que no ocultan la realidad pero que, convenientemente dispuestos, distorsionan ( afinan o exageran) el tamaño de las figuras involucradas. Como es la Fed la que impuso el recorrido (primero el comunicado; al final, las minutas), también supo guiar la dirección de las reacciones.
Objetivo
¿Qué necesidad tenía la Fed -en su comunicado del 21 de marzo- de sugerir la proximidad de una baja de tasas de interés? Podría haber incorporado el párrafo de cinco líneas que relativiza esa intención según obra en el texto de las minutas (escritas ese mismo día aunque difundidas tres semanas después). La razón, a mi juicio, es que la Fed buscaba cortarle el paso a la dinámica de histeria en que había derivado la novela de las hipotecas de baja calidad. Quien revise el centimil dedicado a las penurias de los préstamos subprime advertirá un abrupto recorte posterior a la reunión de la Fed. No es que los problemas se hayan subsanado -por la crisis inmobiliaria y por diseño, ésa es una olla que continuará al fuego por largo tiempo- pero lo que sí se conjuró fue una peligrosa obsesión.
Alcanzado ese objetivo, estabilizados los mercados de capitales y recobrado el ánimo por las apuestas de riesgo ¿estará la Fed alistando su arsenal para disparar una nueva salva de tasas de interés y acabar así con la inflación? No es esto, por cierto, lo que dicen las minutas. Pero tampoco hay que buscar allí la mejor respuesta.
Ben Bernanke ha mostrado un faceta desconocida de gran prestidigitador. Y sería un error guiarse exclusivamente por sus señas. Mejor aún que escuchar lo que dice, es reparar en lo que hace. Después de todo, él gatilló la dura corrección de los mercados de mayo-julio del año pasado cuando irrumpiera afirmando que la inflación -si no se moderaba- rebalsaba ya el umbral de lo aceptable. Y 16 subas de tasas precedierona tal contundente afirmación. Un único módico aumento sobrevino después (el último, en junio). La inflación no se moderó pero la Fed toleró lo inaceptable. No porque Bernanke careciera de celo antiinflacionario ( aunque, por cierto, empalidece si se lo compara con el tozudo señor Lacker de la Fed de Richmond). Pero, cuando la crisis inmobiliaria amenazó la salud de la expansión de la economía, la Fed prefirió concederle prioridad de atención. Tal decisión cristalizó en la reunión del 8 de agosto. Allí se canceló -después de dos años- el ciclo de alza de tasas de interés. No está de más recordar el contexto entonces vigente: la inflación por encima del rango admisible, el petróleo cotizando más allá de los 70 dólares por barril y una inercia de precios que no mostraba signo alguno de aquietarse.
¿Quiere decir que la Fed ya ha descartado -por completo- la posibilidad de una suba de tasas? No. Sugiere sí que -puesta entre la espada y la pared- la Fed se abocará primero a salvar la marcha de la economía. A pesar de que el mensaje oficial, imperturbable, repite que la preocupación predominante es que la inflación no se modere como se anticipa.
¿Surge de allí que, sí o sí, la próxima decisión consistirá en una baja de intereses? Tampoco, aunque sea el curso de acción más probable. Un recorte para que sea eficaz -para que reanime a la economía- requiere que la credibilidad de la política monetaria no se vea perjudicada gravemente. Es por eso que, si hay una variable que sí tiene absoluta prioridad, no es la inflación sino las expectativas de inflación. Si la inflación trepa y las expectativas no lo hacen (en forma sucinta, la historia hasta el momento) la política monetaria puede relajarse y ayudar a rescatar a la economía de un pozo de actividad. Si la reducción de tasas arrasa con la noción básica de que la inflación está bajo control, y suelta los cabos que amarran con firmeza a las tasas de largo plazo, la misma decisión será como dispararse en los pies. La Fed no pisaría ese terreno salvo por un involuntario error de cálculo.
En ese marco se comprende que si la idea detrás del breve comunicado oficial era alentar expectativas favorables sobre la contención del problema subprime, el propósito de las ásperas minutas es el de recordar el compromiso invariable de la Fed con la estabilidad de precios. Uno se imagina el gesto de satisfacción de Bernanke leyendo los titulares que mentan una posible suba de tasas. La reputación de la Fed, por lo visto, todavía pisa terreno firme.
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