No ha llegado aún la hora de la Fed
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Ben Bernanke
¿Califica el actual chubasco de los créditos hipotecarios de baja calidad como un peligro tal que justifique una reacción similar? Sin dudas que no. ¿No puede constituir, acaso, la semilla de una crisis financiera a mayor escala? Sí, pero la diferencia entre una semilla y un árbol no depende sólo del paso del tiempo. En principio, resultan cruciales las condiciones de germinación. Nada indica que la brusca restricción de recursos que arrincona hoy a los originantes de créditos hipotecarios «subprime» haya trepado muchos escalones en la pirámide de calidad del propio mercado de préstamos para la vivienda, ni afectado gravemente a otros segmentos de alto riesgo.
Además, y en pleno temporal, Fremont General, uno de los principales generadores de hipotecas subordinadas, pudo conseguir que un financista -Credit Suisse AG-le habilitara una extensión de su línea de crédito disponible por 1.000 millones de dólares. Accredited Home Lenders se las arregló para encontrar comprador para una cartera de 2.700 millones de dólares de créditos subprime, cotizándola -eso sí- a un descuento importante. Countrywide -el principal banco hipotecario de los EE.UU., que opera en todo el espectro de calidad crediticia-anunció, sobre el filo de la semana, la colocación de 1.300 millones de dólares en títulos de capital («capital securities»); un instrumento similar a los bonos de largo plazo pero que -bajo determinadas circunstancias-puede saltear o diferir los pagos de intereses. GE, por último, se desprendió de su unidad de negocios hipotecarios -PHH-tras cerrar trato con un fondo dedicado a las compras apalancadas.
Conociendo tales antecedentes, comparar esta crisis con el temblor que provocó el fondo Long Term Capital en 1998 -cuando la prima por liquidez castigaba hasta las transacciones con títulos del Tesoro-sería como pretender igualar una colina con el Himalaya.
Que sus consecuencias puedan agravarse más adelante y terminar obligando a relajar la presión que ejerce la política monetaria está fuera de discusión. Pero no será esta semana cuando se llegue a tamaña conclusión.
¿No habrá que contrastar la penosa marcha del mercado inmobiliario, a su vez, con la persistente tozudez de una inflación que se resiste a doblegarse? ¿No será esta dicotomía lo que le impide actuar a la política monetaria? ¿No está la Fed atrapada entre dos fuegos; entre una economía que se debilita de prisa y una inflación amenazante? Podría estarlo pero no lo está.
Gracias a la OPEP y su decisión de interrumpir la secuencia planeada de futuros recortes de producción, el precio de la energía ha vuelto a moderarse -el crudo cotizó el viernes a sus precios más bajos de las últimas seis semanas-despejando los nubarrones que complicaron las lecturas de inflación en febrero (y volverán a hacerlo en marzo).
Cuando la Fed se vio entre la espada y la pared -que sí estuvo entre dos metrallas, el año pasado-no titubeó. Tuvo siempre claro cuál era su norte. En la reunión del 8 de agosto último mostró su juego. Suspendió hasta nuevo aviso una suba de tasas de interés que llevaba dos años y 17 ajustes para permitir que la economía respondiera a una crisis inmobiliaria en brusco ascenso. No la detuvo el precio del petróleo en sus niveles récord absolutos, la inflación por encima del rango admisible ni una inercia que, por entonces, apuntaba nítida al alza.
Si el dilema se repite, a no dudarlo, la Fed repetirá su elección. Será la marcha de la economía la variable que gozará, otra vez, de prioridad de paso. Si esta semana, como se piensa, la Fed resuelve no tocar nada, no será porque una inflación contumaz le reduce el margen de acción, sino porque -a su juicio-la salud de la economía todavía no lo requiere.




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