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Ben Bernanke
La estrategia de contención del Tesoro -elaborada con presteza por el secretario Paulson y que cuenta con aprobación del Congreso- se convirtió, sin quererlo, en un búmeran. Nadie quiere aportar capital hasta que no lo haga la Tesorería. La lógica es de hierro: como quien tira dinero al río, se teme perderlo todo a velocidad de crucero. Entiéndase bien: no se duda de que el contribuyente terminará rescatando a las agencias. Pero no lo hará con sus accionistas privados. Más aún: Paulson necesitará mostrar la severidad de sus pérdidas como justificativo del uso de recursos públicos. Todo parecido con la experiencia Bear Stearns no es mera coincidencia. Sólo que esta vez el cuchillo raspará el hueso porque, a diferencia de lo que ocurrió con el banco de inversión, ya el mercado se ocupó de descarnar la cotización. Qué le deparará el destino al accionista preferente (quien emergió sin un rasguño del episodio Bear Stearns) es un interrogante conexo de gran relevancia. Que dichos papeles rindan 14% sugiere la alta probabilidad de una respuesta desagradable.
Desde ya, ni Fannie Mae ni Freddie Mac van a caer. Ni Rogoff lo sugiere. En última instancia, la Tesorería las mantendrá a flote. Así como los bancos debieron reconocer a sus Vehículos Especiales de Inversión (SIV) y capitalizarlos; el Tesoro se hará cargo de los suyos aunque, eso sí, mantendrá a las agencias fuera de su hoja de balance. Lo decisivo es que nadie piensa que las obligaciones de las agencias quedarán expuestas a la intemperie. De ahí que, aun en plena turbulencia, el acceso al financiamiento permanece abierto a costos muy benignos.
Esta separación de destinos tajante entre accionistas y acreedores es esencial para entender la dinámica de la crisis y de sus consecuencias probables. Ya se observó nítida en el caso Bear Stearns. No es el curso natural que tomaría una convocatoria, sino el resultado deliberado de una decisión de política. En marzo, la Fed no dudó en cargar sobre sus hombros una mochila de u$s 290.000 millones en activos de alto riesgo con tal de tallar un desenlace ajustado a dicho perfil.
Por ello, cuando Rogoff vaticina que un banco grande va a caer, conviene precisar los alcances de la afirmación. Desde ya, la potencia del temporal no se discute. Si lo que Rogoff predice es que los accionistas pueden perder toda su inversión, no habría por qué dudarlo. Si, en cambio, lo que afirma es que los acreedores (o sus clientes) se verán mortalmente dañados -un correlato lógico de la convulsión anterior si no mediase intervención estatal-, no resulta evidente. No para un pez de gran tamaño. Bear Stearns es el contraejemplo que la Fed arrima. Quizás Fannie Mae y Freddie Mac, como se dijo, engrosen pronto la lista.
Esta percepción explica la rara convivencia entre precios de acciones de bancos que rozan los suelos -muy por debajo de los que regían cuando se rescató a Bear Stearns- y los costos de protegerse de un eventual default bancario; que no han vuelto a confrontar los niveles de marzo. Nadie discute que la crisis no vaya a agravarse. Mucho menos que su persistencia no provoque tremendos destrozos. Y, mientras no se dome el potro inmobiliario, se acepta que la agitación será la regla. Con todo, la distinción persiste a rajatabla. La convicción de que las autoridades evitarán el incumplimiento de los pasivos bancarios para no desatar un marasmo sistémico es la idea que gobierna. Las predicciones de catástrofe no han podido perforar esa muralla cortafuego. Pruebas al canto: los depósitos de la banca comercial en los EE.UU., lejos de evaporarse, crecieron de la mano de la crisis. Mas de u$s 500.000 millones -aprox. 8% en un año- desde que comenzó el tenaz aguacero.




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