22 de agosto 2008 - 00:00

Que un banco se hunda no es novedad: hay 90 en problemas

Ben Bernanke
Ben Bernanke
«Un gran banco de los EE.UU. va a sucumbir», dijo, días pasados, Kenneth Rogoff, quien fue economista jefe del FMI y hoy enseña en Harvard. Que un banco se hunda ya no es novedad. Después de la calma chicha de 2005-2006, el temporal arrasó con once instituciones (ocho de ellas en lo que va de 2008). Y el listado oficial de entidades en problemas suma 90 nombres.

Pero Rogoff no habla de bancos regionales pequeños o medianos que, en un ecosistema de 8.500 firmas, toda crisis invariablemente atrapa en sus redes. Y que, sólo en julio, obligaron a la corporación que administra el régimen de seguro de los depósitos a desembolsar u$s 15.000 millones. Su mención inequívoca apunta a una pieza de gran tamaño; como no muerde el anzuelo desde que lo hizo el Continental Illinois en 1984. Se sabe, en marzo, el salvamento de Bear Stearns -a la sazón el quinto banco de inversión estadounidense- fue orquestado por la Fed y el Tesoro no sólo para evitar una catástrofe de alcances impredecibles. Como un subproducto del rescate hecho a medida, se inyectó la noción de que «los bancos grandes no van a caer» a la manera de un refuerzo de vacunación. A juzgar por los dichos de Rogoff, las cepas de la preocupación resisten inmunes.

Es verdad que hubo un antes y un después de la experiencia Bear Stearns, pero ese después comenzó a crujir -junto con las cotizaciones de los bancos- a partir de junio. La idea de que lo peor de la crisis financiera había pasado -otra certeza efímera- tampoco pudo sostenerse en pie. El mismo Rogoff también la cuestiona. «La crisis está, tal vez, a mitad de camino. Me animaría a decir que todavía lo peor está por venir».

  • Escenario extremo

  • Que las declaraciones de Rogoff se pierdan en el fárrago de las noticias revela que ya no producen asombro. Son sobrias si se las compara con otras cosechadas esta misma semana. Así, en nota a sus suscriptores, Marc Farber, otra celebridad (no en la Academia, pero sí en el mundillo de los inversores), recuerda la posibilidad de un escenario extremo. El llamado Dr. Doom (Muerte) piensa que «tarde o temprano, el sistema financiero va a volar por los aires». Farber, es obvio, no comulga con la estampita de Ben Bernanke. El truco de la sanación de Bear Stearns no lo conmueve. ¿Su recomendación? Rotunda como el presupuesto en que se basa: oro físico guardado bajo llave en caja de seguridad (y fuera de los EE.UU.). O sea, lo más alejado de una obligación por la que deba responder la banca.

    ¿Se trata de visiones febriles provocadaspor la propia náusea prolongada de la crisis? ¿O es una dura realidad que finalmente se reconoce? Una cosa es cierta: mientras el destino de Fannie Mae y Freddie Mac se caliente al rojo vivo, será inútil tomar repetidas lecturas del termómetro. En sentido literal, nadie da u$s 5 por la suerte de los accionistas de las dos grandes agencias hipotecarias (cuando ambos papeles cotizaban a u$s 70 al estallar la crisis). La suerte parece echada. ¿Cómo apuntalar el patrimonio en pleno vendaval inmobiliario cuando el valor de mercado de ambas compañías ya ni siquiera excede los u$s 7.000 millones y la montaña de sus obligaciones trepa a u$s 5,2 billones sumando deudas y avales? En otras palabras, ¿cómo hará Freddie Mac, por ejemplo, para obtener la inyección de capital de u$s 10.000 millones que pedirían los reguladores si su cotización se pulverizó a sólo u$s 2.000 millones?

    La estrategia de contención del Tesoro -elaborada con presteza por el secretario Paulson y que cuenta con aprobación del Congreso- se convirtió, sin quererlo, en un búmeran. Nadie quiere aportar capital hasta que no lo haga la Tesorería. La lógica es de hierro: como quien tira dinero al río, se teme perderlo todo a velocidad de crucero. Entiéndase bien: no se duda de que el contribuyente terminará rescatando a las agencias. Pero no lo hará con sus accionistas privados. Más aún: Paulson necesitará mostrar la severidad de sus pérdidas como justificativo del uso de recursos públicos. Todo parecido con la experiencia Bear Stearns no es mera coincidencia. Sólo que esta vez el cuchillo raspará el hueso porque, a diferencia de lo que ocurrió con el banco de inversión, ya el mercado se ocupó de descarnar la cotización. Qué le deparará el destino al accionista preferente (quien emergió sin un rasguño del episodio Bear Stearns) es un interrogante conexo de gran relevancia. Que dichos papeles rindan 14% sugiere la alta probabilidad de una respuesta desagradable.

    Desde ya, ni Fannie Mae ni Freddie Mac van a caer. Ni Rogoff lo sugiere. En última instancia, la Tesorería las mantendrá a flote. Así como los bancos debieron reconocer a sus Vehículos Especiales de Inversión (SIV) y capitalizarlos; el Tesoro se hará cargo de los suyos aunque, eso sí, mantendrá a las agencias fuera de su hoja de balance. Lo decisivo es que nadie piensa que las obligaciones de las agencias quedarán expuestas a la intemperie. De ahí que, aun en plena turbulencia, el acceso al financiamiento permanece abierto a costos muy benignos.

    Esta separación de destinos tajante entre accionistas y acreedores es esencial para entender la dinámica de la crisis y de sus consecuencias probables. Ya se observó nítida en el caso Bear Stearns. No es el curso natural que tomaría una convocatoria, sino el resultado deliberado de una decisión de política. En marzo, la Fed no dudó en cargar sobre sus hombros una mochila de u$s 290.000 millones en activos de alto riesgo con tal de tallar un desenlace ajustado a dicho perfil.

    Por ello, cuando Rogoff vaticina que un banco grande va a caer, conviene precisar los alcances de la afirmación. Desde ya, la potencia del temporal no se discute. Si lo que Rogoff predice es que los accionistas pueden perder toda su inversión, no habría por qué dudarlo. Si, en cambio, lo que afirma es que los acreedores (o sus clientes) se verán mortalmente dañados -un correlato lógico de la convulsión anterior si no mediase intervención estatal-, no resulta evidente. No para un pez de gran tamaño. Bear Stearns es el contraejemplo que la Fed arrima. Quizás Fannie Mae y Freddie Mac, como se dijo, engrosen pronto la lista.

    Esta percepción explica la rara convivencia entre precios de acciones de bancos que rozan los suelos -muy por debajo de los que regían cuando se rescató a Bear Stearns- y los costos de protegerse de un eventual default bancario; que no han vuelto a confrontar los niveles de marzo. Nadie discute que la crisis no vaya a agravarse. Mucho menos que su persistencia no provoque tremendos destrozos. Y, mientras no se dome el potro inmobiliario, se acepta que la agitación será la regla. Con todo, la distinción persiste a rajatabla. La convicción de que las autoridades evitarán el incumplimiento de los pasivos bancarios para no desatar un marasmo sistémico es la idea que gobierna. Las predicciones de catástrofe no han podido perforar esa muralla cortafuego. Pruebas al canto: los depósitos de la banca comercial en los EE.UU., lejos de evaporarse, crecieron de la mano de la crisis. Mas de u$s 500.000 millones -aprox. 8% en un año- desde que comenzó el tenaz aguacero.

    Dejá tu comentario

    Te puede interesar