Mientras parte del establishment anuncia colapsos inminentes, Estados Unidos vuelve a ensayar una arquitectura concreta de orden internacional. El Consejo de Paz impulsado por Donald Trump no es un gesto simbólico: es un intento explícito de reemplazar la parálisis multilateral por pragmatismo estratégico. Conviene analizar la iniciativa sin prejuicios ideológicos.
La creación del Consejo de Paz (Board of Peace) marca un punto de inflexión en la forma en que Occidente intenta administrar los conflictos del siglo XXI. Presentado en Davos y respaldado por una coalición inicial de países, entre ellos Argentina, se propuso una lógica distinta a la del multilateralismo clásico. Menos retórica y más intervención directa; menos universalismo abstracto y más responsabilidad ejecutiva.
No se trata de una ruptura caprichosa con el orden existente, sino del reconocimiento de una evidencia incómoda: la arquitectura internacional heredada del siglo XX ha perdido capacidad operativa. El mismo presidente de Estados Unidos lo subrayó recientemente: la Organización de las Naciones Unidas, concebida tras la Segunda Guerra Mundial como garante de estabilidad, no ha cumplido bien sus funciones.
Se ha transformado en un espacio de bloqueo cruzado, declaraciones rituales y vetos permanentes. Su parálisis recuerda, en más de un aspecto, a la célebre Sociedad de las Naciones impulsada por Woodrow Wilson tras la Primera Guerra Mundial: una institución sin más asidero que las nobles intenciones, vacía de poder real, incapaz de impedir la deriva hacia nuevos conflictos globales.
La historia es clara: los organismos internacionales fracasan cuando carecen de liderazgo efectivo y mecanismos coercitivos. El Consejo de Paz se estructura desde una lógica abiertamente jerárquica, con liderazgo estadounidense, poder de veto y capacidad operativa sobre el terreno. Su agenda (Gaza, Ucrania, Irán) apunta a zonas donde la diplomacia tradicional ha demostrado límites evidentes.
El énfasis en comités tecnocráticos, fuerzas de estabilización y administraciones transitorias de las regiones conflictivas, refleja una concepción realista de la diplomacia internacional. La nueva lógica es primero seguridad, luego reconstrucción.
El idealismo procedural del pasado no dio respuestas ni en el orden interno ni en los asuntos internacionales. Las últimas decisiones de la administración republicana, sin embargo, responden a una premisa básica del orden internacional, que es que no hay paz sin autoridad, ni reconstrucción sin control territorial. Esto vale tanto en Ucrania, Venezuela, Gaza o la misma Minneapolis.
Controles institucionales
Nada de esto invalida la necesidad de controles institucionales ni de respeto al Estado de Derecho. Pero reducir la actual política estadounidense a una deriva autoritaria ignora un dato central: el mundo atraviesa una transición de poder, y las transiciones nunca son administradas desde la comodidad.
¿Qué es lo que realmente molesta? Probablemente el quiebre del consenso liberal. Trump actúa como un jefe de Estado en un sistema internacional fragmentado, donde China, Rusia e Irán avanzan allí donde detectan vacíos de autoridad. Frente a esa dinámica, la alternativa no es el repliegue moral ni los sermones que tranquilizan a los propios, sino la reorganización del poder en una lógica de claro pragmatismo geopolítico.
No podemos medir las acciones geopolíticas con parámetros de estabilidad que ya no existen. El orden posterior a la Guerra Fría se agotó. La globalización sin soberanía mostró sus límites. Y las instituciones universales sin poder demostraron su fragilidad.
Habrá que ver si Rusia y China aceptan el desafío planteado por EEUU en este claro gesto de reorganización diplomática. Comparado con la ONU o con la extinta Sociedad de las Naciones, el Consejo de Paz representa una apuesta por la eficacia antes que por la legitimidad abstracta. No garantiza resultados, sino que introduce algo que el multilateralismo contemporáneo ha perdido. La capacidad de decisión.
Argentina, al integrarse como miembro fundador, no adhiere a un dogma, sino que reconoce una realidad: los equilibrios globales se están redefiniendo, y permanecer al margen equivale a resignar influencia.
El flamante Consejo de Paz, en este contexto, debe leerse como lo que es: un instrumento imperfecto, pero coherente con el signo de nuestra época. No estamos ante un experimento idealista. Estamos ante un intento de restaurar el orden en un mundo que ha dejado atrás las ilusiones. En política internacional, esto no es cinismo ni abandono de los espacios de negociación preexistentes. Es realismo.
Por Fernando León, director de la Fundación Diplomacia Ciudadana
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