¿Son negociables los abrazos y los besos en pandemia?

Opiniones

Muchas expresiones de afecto estuvieron -y aún están- "en pausa" o disminuidas. ¿Comenzarán a negociarse los abrazos y los besos en el mundo post pandemia?

Desde que el mundo es mundo existe la costumbre de tomar contacto físico de alguna manera al encontrarse con otro/s. Son rituales de presentación. Además son formas inconscientes de transformar lo extraño en familiar. Se trata de códigos compartidos que varían de acuerdo a las zonas geográficas, a las edades y al nivel de confianza y afecto existentes entre los participantes.

Por ejemplo, en Rusia se usa el sujetar la mano del otro con fuerza durante unos segundos, en China este movimiento es más leve, en algunos países de Europa es frecuente darse dos y hasta tres besos. En Nueva Zelanda existe un saludo mahorí que consiste en unir las narices y frentes de quienes se saludan. Estrecharse la mano, o darse un beso o un abrazo, son los gestos que inauguran un encuentro y proporcionan señales al otro del nivel de intimidad que allí va a desarrollarse. Pero parecería que la constante es que siempre se necesita algún tipo de contacto físico inicial.

Por el contexto actual, muchas expresiones de afecto estuvieron -y aún están- “en pausa” o disminuidas, como el abrazo o el beso y la necesidad de tomar contacto físico con los otros. Los especialistas han hablado del “hambre de piel”, de las posibles consecuencias psicológicas de la falta de abrazos, de la incidencia negativa del “extrañar”, etc. Son todas perturbaciones que han acompañado la vivencia de encierro y de distanciamiento. Son cuestiones que se derivan de la necesidad de apego y que han sido ampliamente estudiadas por la psicología.

John Bowlby ha desarrollado la “teoría del apego” como forma de conceptualizar la tendencia de los seres humanos a establecer vínculos afectivos “seguros” para que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad. Esta necesidad se deriva de los efectos de los primeros contactos entre el bebé y las personas de su entorno -por lo general la madre o quien cumple esta función-. El calor y el sostén provistos por otros ejercen un efecto tranquilizador y organizador. Una de las formas más importantes es el contacto “piel a piel”. En todos nosotros quedan huellas de estos primeros encuentros, que se reactivan en momentos en los que estamos más sensibles, nos sentimos solos o angustiados. El tocar y ser tocado, acariciar y ser acariciado, sostenido y acunado en los primeros momentos de vida es de fundamental importancia para el desarrollo psicosomático.

Donald Winnicott (psicoanalista) ha estudiado estos procesos, a los que denominó “holding” y “handing”, que son funciones propias del entorno primario, es decir, la familia. Déficits en estas funciones pueden dar origen a trastornos en la forma de vincularse con los otros (excesiva necesidad de “fusión” o rechazo del contacto íntimo) y hasta a afecciones psicosomáticas dermatológicas -ya que la piel es el órgano que sirve para el contacto con el medio-.

En estos tiempos se habló mucho de “abrazos virtuales”. Aunque tenemos que tomar en consideración las posibilidades que hoy nos proporciona la comunicación virtual y no mirar sus déficits, por supuesto que esto no reemplaza el abrazo piel a piel. En este tiempo –de profunda transformación de la Humanidad en muchísimos aspectos- también estamos asistiendo a la emergencia de nuevas formas de expresar afecto, de hacer saber a quién queremos que lo llevamos dentro nuestro, que los estamos pensando y esto también es muy importante para el funcionamiento vincular y emocional de las personas.

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Los que tenemos la suerte de vivir en familia y poder armar nuestra burbuja de personas con quien tener contacto físico contamos con un sostén “extra”. Poseemos un encuadre -del que muchas veces ni siquiera nos percatamos- que organiza nuestra vida cotidiana. La vida con otros establece rituales domésticos y hábitos (dormir juntos, mantener relaciones sexuales, comer juntos, acariciar y ser acariciados, tomarnos de la mano, etc.) que hasta regulan los ritmos biológicos y emocionales. La presencia de “los otros en nosotros” es fundamental para preservar y mantener la cotidianeidad, que funciona como un potente organizador de la estabilidad mental.

En tiempos como estos, aparece con fuerza la necesidad de un “buen apego”: el tipo de lazo incondicional con el otro que nos permite sentirnos acompañados y contenidos, para reducir la angustia.

Para quienes viven solos -que no es lo mismo que estar solos- resalto la importancia del tener a nuestros seres queridos “dentro” de nuestra mente y saber que también ellos nos tienen de la misma forma. El extrañar a un ser querido -con la tristeza que suele aparejar- no debe interpretarse como un indicador alarmante ni una enfermedad. Por el contrario, son afectos normales y esperables ante ciertas separaciones. Sirven para revalorizar un vínculo, para tomar conciencia de su importancia y aprender a cuidarlo.

Extrañar también significa que hemos podido crear en nuestra mente una imagen del ser querido y que la llevamos con nosotros para hacer un “buen uso” de ella cuando la necesitamos. Y que esta imagen no se diluye a la distancia.

Actualmente, al llegar a una reunión, se instala un breve momento de duda en relación a cómo saludarnos: ¿con un toque de puños o de codos? Todavía sigue presente el reflejo del beso en la mejilla. Se produce así un breve conflicto en el otro en el que parece jugarse el responder a una norma de cortesía -y no quedar mal- u obedecer a la “nueva normalidad”. Un acto que antes era automático ahora nos hace detenernos a pensar antes de actuar.

Sabemos también del gran efecto calmante – a veces casi mágico- que suele poseer un abrazo en un momento de angustia. O simplemente tomar la mano de alguien que está sufriendo para mostrarle solidaridad y empatía. Son códigos fuertemente arraigados en el imaginario colectivo de los que resulta muy difícil desprenderse.

¿Comenzarán a negociarse los abrazos y los besos en el mundo post pandemia?

Se instala, a nivel social, sin quererlo, un funcionamiento doble: uno “oficial” con la sensación de que existe una especie de “prohibición” de abrazar y besar, que es experimentada como una adecuación a normas que nos vienen impuestas desde afuera. Otro más íntimo y espontáneo en el que el impulso al apego sigue activo y es muy difícil de refrenar. Las personas siguen abrazándose y besándose cuando les surge la necesidad. O el hecho de ver a los otros haciéndolo produce un efecto de “contagio”, y una necesidad de “no quedar afuera” de esos códigos. O una especie de arrogación de un derecho por comparación: si el otro abraza o besa ¿Por qué yo no?

Pareciera que el dejar de abrazarnos no es algo “negociable” para los seres humanos. O quizás con el correr del tiempo se instalen nuevos códigos, que permitan despojar a estos gestos de su automatismo y podamos dar señales de qué nivel de intimidad queremos establecer con aquellos con quienes nos encontramos.

(*) Lic. en Psicología. Psicoanalista. Especialista en niños y adolescentes. Integrante del Departamento de pareja y familia de A.P.A. Autora del libro "La familia y la ley. Conflictos-transformaciones".

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