15 de abril 2008 - 00:00

Un índice que se vuelve político

Un índice que se vuelve político
Recuerda Alan Greenspan en sus memorias a otro economista norteamericano, Arthur Okun, quien fue, en los 60, presidente del Consejo de Asesores Económicos de Lindon Johnson. Okun, enfrentando la idea de que la gente prefiere la inflación al desempleo, diseñó un «índice de descontento» que, sencillamente, sumaba la tasa de inflación y la tasa de desempleo. En otras palabras, para este economista norteamericano, los ciudadanos estadounidenses, al menos en los 60 y en los 70, pretendían que sus gobiernos combatieran el desempleo y, a su vez, bajaran fuertemente la tasa de inflación, acelerada, en aquella época, como consecuencia de la primera crisis del petróleo y otro boom de los commodities.

El índice funcionó bien para medir los resultados electorales de su época. Incluso, fue usado en varias campañas electorales, en versiones primitivas de «¡Es la economía, estúpido!». En realidad, el índice de descontento, o de la miseria, como fue rebautizado en dichas campañas, era un reflejo de un problema nuevo que desafiaba el, mal llamado, mundo keynesiano de la época. La estanflación. O el hecho de que una economía podía entrar en recesión y, por ende, incrementar la tasa de desempleo y, al mismo tiempo, su tasa de inflación.

En estos extraños días en la Argentina, en donde por primera vez, en los últimos años, se percibe con más fuerza un descontento creciente frente a la administración Kirchner, el fantasma de Okun parece sobrevolar los despachos oficiales. Se podría argumentar que la Argentina empieza a padecer una variante «suave» de la enfermedad que el índice de descontento intentaba medir. Suave, porque si bien la tasa de inflación se está acelerando fuertemente, más allá de las lamentables mediciones oficiales, la tasa de desempleo no está creciendo, aunque se sospecha que su caída se ha desacelerado en los últimos meses.

La Argentina, entonces, parece enfrentar una « estanflación leve» en la que el desempleo deja de caer o ya cae muy suavemente, y la inflación se acelera. El gráfico que acompaña estas líneas muestra el cálculo del índice para la Argentina de los últimos años. Allí, se destaca claramente el fogonazo de estanflación « fuerte» del primer semestre de 2002, pero también, la situación previa, en la cual el indicador subía por aumentos de la tasa de desempleo, que no se compensaban, en términos de popularidad, con la deflación de finales del siglo pasado. En ese mismo gráfico, calculado con la tasa de desempleo oficial y las estimaciones privadas de inflación, proyectando el primer semestre de 2008, se advierte que desde el segundo semestre de 2006 el índice viene creciendo fuertemente y que, si se cumplen las proyecciones, a mediados de año habrá vuelto a los valores con los que se inició el kirchnerismo -no tanto por el valor del desempleo, sino por el valor de la inflación-.

Si el gobierno quisiera escuchar al fantasma de Okun que visita el Salón Blanco en cada acto, lo que advertiría es que la actual estanflación suave puede transformarse, rápidamente, en una enfermedad más fuerte y, lo que es políticamente quizá más importante para su «relato», que la inquietud social, más que a complots periodísticos o golpistas, se debe a que una parte importante de la población está « descontenta», porque advierte que, ahora así, un poco de inflación es bastante malo.

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