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1 de septiembre 2026 - 00:00

Un mundo con muchas salas

El mundo que siguió a la caída del Muro terminó. Lo que viene puede no ser una nueva bipolaridad, sino un orden más plural, con más actores y menos reglas compartidas.

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Un mundo "multiplex", que no solo se reduce a los polos de EEUU y China.

Durante buena parte de las últimas décadas resultó relativamente sencillo imaginar el orden internacional como un escenario dominado por unos pocos protagonistas.

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En 1945 nació un nuevo orden internacional. Las Naciones Unidas institucionalizaron un sistema multilateral asentado sobre el papel privilegiado de las grandes potencias, mientras Estados Unidos adquiría una gravitación decisiva en la arquitectura económica surgida de Bretton Woods y, algunos años después, del GATT. Pero aquel orden estaba atravesado por la Guerra Fría, dividido en bloques y disputado por dos superpotencias con sistemas políticos, económicos e ideológicos antagónicos.

La caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991 cambiaron esa realidad. Sin un competidor equivalente, Estados Unidos quedó como potencia predominante y comenzó lo que Charles Krauthammer llamó el “momento unipolar”. La democracia liberal y la economía de mercado parecían destinadas a extenderse y las instituciones creadas durante la posguerra adquirieron una aspiración verdaderamente global. Es entonces cuando puede hablarse con mayor propiedad de un orden liberal internacional de alcance global.

Ese mundo ya no existe.

El mundo "multiplex"

El extraordinario ascenso de China y la creciente competencia entre Washington y Beijing podrían llevarnos, en una primera lectura, a imaginar que el momento unipolar está siendo reemplazado por una nueva bipolaridad. Pero no necesariamente todos piensan así.

Existen distintas miradas sobre la configuración del orden que está emergiendo. Una de las más sugerentes es la del internacionalista Amitav Acharya, quien propone una imagen diferente: el “mundo multiplex”.

La metáfora proviene de los complejos cinematográficos en los que funcionan varias salas simultáneamente. Ya no existe una única película ni un protagonista capaz de concentrar toda la atención. En distintas salas se desarrollan historias diferentes, con actores también diferentes.

Para Acharya, algo parecido comienza a ocurrir con el sistema internacional.

Estados Unidos continúa siendo la principal potencia militar y financiera del mundo. China se ha convertido en su principal competidor estratégico y en una potencia económica, tecnológica y comercial de alcance global. Pero alrededor del tablero principal se mueve un conjunto creciente de actores que persiguen sus propios intereses y no aceptan quedar encerrados en esa competencia.

No todo lo que ocurre en el mundo puede explicarse ya a partir de lo que ocurre entre Washington y Beijing.

India procura preservar sus márgenes de autonomía. Arabia Saudita mantiene una estrecha relación de seguridad con Estados Unidos mientras amplía sus vínculos económicos con China. Turquía pertenece a la OTAN y desarrolla, al mismo tiempo, una política exterior con importantes grados de autonomía. Brasil reivindica una voz propia para el Sur Global.

No constituyen un nuevo bloque. Tampoco pretenden sustituir el orden existente. Comparten, sin embargo, una voluntad: no quedar encerrados en las opciones que les ofrecen las grandes potencias.

El mundo multiplex de Acharya amplía la mirada. Incorpora otros actores, otras formas de poder y diferentes niveles de gobernanza.

Así, la seguridad puede organizarse alrededor de determinadas alianzas mientras el comercio sigue otros recorridos. Un país puede cooperar tecnológicamente con una potencia, comerciar intensamente con otra e integrar organizaciones políticas junto a una tercera.

Los BRICS son una expresión visible de ese fenómeno. Sus integrantes poseen sistemas políticos, intereses estratégicos y orientaciones internacionales muy diferentes. No existe entre ellos una política exterior común. El foro ofrece precisamente otra sala: un ámbito adicional de coordinación entre países que no necesitan abandonar otros espacios para participar de él.

Los Estados, además, ya no son los únicos protagonistas. Las grandes corporaciones tecnológicas poseen recursos, infraestructuras y capacidades que hasta hace poco parecían reservadas a los Estados. Controlan plataformas de comunicación, redes satelitales, centros de datos, modelos de inteligencia artificial y enormes volúmenes de información. Algunas alcanzan dimensiones económicas superiores a las de numerosos países y sus decisiones pueden afectar incluso la capacidad de acción de los gobiernos.

Ello evidencia un cambio en la naturaleza del poder.

Multiplicación de actores

Mientras tanto, las instituciones multilaterales creadas para administrar la creciente interdependencia atraviesan una crisis cada vez más evidente.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas refleja una distribución del poder surgida de 1945. La Organización Mundial del Comercio encuentra invencibles dificultades para disciplinar las políticas comerciales de las principales potencias. Las reglas económicas quedan cada vez más subordinadas a consideraciones de seguridad nacional. Las instituciones de Bretton Woods conviven con nuevos bancos, fondos y mecanismos regionales de financiamiento. Y las corporaciones tecnológicas acumulan un poder para el cual el sistema internacional todavía no ha construido mecanismos equivalentes de gobernanza. La multiplicación de actores no ha producido una multiplicación equivalente de reglas compartidas.

Tal vez sea esa una de las características centrales de este momento: el mundo se vuelve más plural mientras se debilitan las instituciones capaces de ordenar esa pluralidad. El resultado no es necesariamente el caos. Es un orden menos uniforme, más fragmentado y más difícil de administrar.

Argentina, los BRICS y sus socios

Para los países de tamaño medio, esta transformación presenta riesgos, pero también oportunidades. Navegar entre diferentes centros de poder exige identificar intereses, construir coaliciones y preservar márgenes de autonomía. Pero un sistema más distribuido ofrece también mayores posibilidades a quienes sepan combinar relaciones.

Para la Argentina, esto debería tener consecuencias concretas.

La decisión del gobierno argentino de no incorporar a nuestro país a los BRICS fue, desde esta perspectiva, un error estratégico. No porque la Argentina debiera reemplazar sus vínculos con Estados Unidos o Europa por un alineamiento con sus integrantes. Al contrario: ingresar significaba sumar un ámbito de vinculación sin abandonar ninguno de los demás.

Hay, además, un dato difícil de ignorar. Buena parte de nuestros principales socios económicos están dentro de los BRICS. La B es Brasil, nuestro primer socio comercial. La C es China, el segundo. Y la I es India, que se consolidó en 2025 como nuestro quinto socio comercial y cuya importancia crece aceleradamente.

La Argentina decidió, en otras palabras, permanecer fuera de un ámbito que reúne, entre otros, a tres de sus principales socios económicos. Pensar nuestra inserción internacional exclusivamente a partir de la elección entre Estados Unidos y China supone no sólo aceptar un falso dilema sino también mirar un mundo nuevo con categorías que comienzan a quedar antiguas.

Estados Unidos seguirá siendo un socio fundamental. China también. Pero India, Brasil, la Unión Europea, los países del Golfo, África y el Sudeste Asiático forman parte de una geografía internacional mucho más amplia.

En un mundo multiplex, la autonomía no consiste en mantener la misma distancia de todos. Consiste en disponer de suficientes relaciones como para poder elegir, en cada escenario, de acuerdo con el interés nacional.

Eso exige algo más complejo que un alineamiento automático: diversificar mercados, atraer inversiones de distintos orígenes, participar en múltiples ámbitos internacionales y preservar capacidad de decisión.

El mundo ya no tiene una sola sala. Tampoco proyecta una única película.

Y si el mundo multiplica sus centros de poder, sus actores y sus escenarios, la Argentina no debería reducir los suyos.

Nuestra estrategia internacional necesita partir de una idea sencilla: multiplicar los vínculos, no achicarlos.

Porque en un mundo con muchas salas, el desafío no consiste en elegir una y cerrar las demás. Consiste en estar presente en todas aquellas donde el interés nacional lo requiera.

*- Jorge Argüello es Presidente Fundación Embajada Abierta y exembajador ante ONU, Estados Unido y Portugal

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