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25 de noviembre 2021 - 10:42

Algunas ideas acerca de la prevención de la violencia en la pareja

La naturaleza de la violencia en el marco de una relación de pareja es totalmente diferente a la que se da en otro tipo de situaciones, en las que entre víctima y victimario no existe ningún tipo de lazo afectivo.

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Pixabay

Una de las manifestaciones más alarmantes de los últimos tiempos es la violencia familiar y, en especial, la violencia en el seno de la pareja. En este contexto se plantea la necesidad de construir estrategias de abordaje y prevención para estas problemáticas. Se trata de un problema que presenta tantos aspectos (sociales, culturales, jurídicos, psicológicos, geográficos, económicos, etc.) que requiere de la asociación de distintas disciplinas para su abordaje, ya que ninguna por separado puede dar solución a la cuestión.

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Quisiera aportar otras perspectivas al tema, haciendo hincapié en los factores vinculares en juego, a sabiendas de que las mismas no resuelven por sí solas la urgencia y la gravedad de la problemática planteada.

La naturaleza de la violencia en el marco de una relación de pareja es totalmente diferente a la que se da en otro tipo de situaciones, en las que entre víctima y victimario no existe ningún tipo de lazo afectivo. Los vínculos familiares -tanto los biológicos como los de alianza- tienen un funcionamiento particular, y como tales requieren de un abordaje específico. Entre los miembros de la familia existen profundas ligazones que pueden oscilar fácilmente del amor al odio.

El psicoanálisis ha permitido entender que muchas de esas ligazones son del orden de la adicción. Sí; así como hay adicciones a ciertas sustancias -que también pueden estar presentes en estos episodios-, existen adicciones a las personas con las cuales se convive o se convivió. Y deben ser tratadas terapéuticamente como tales. Son relaciones pasionales, en el sentido destructivo que implica la pasión. Este es un punto clave para poder entender la lógica de “los amores que matan” o de los “ex que se odian”. Y “entender” no quiere decir “justificar”, ni “tomar partido por”, sino encontrar más herramientas para poder intervenir y ayudar.

Quien vive en pareja posee un encuadre -del que muchas veces ni siquiera se percata- para su vida cotidiana. La vida con otro establece rituales domésticos y hábitos (dormir y despertarse en horarios sincronizados, comer juntos, compartir historias comunes,mantener relaciones sexuales, etc.) que hasta regulan los ritmos biológicos y emocionales. La mente de una persona que se encuentra en pareja se ha modificado, porque tiene a otro incorporado a su vida, con quien ha construído un “nosotros”. La conyugalidad muchas veces trae aparejada la errónea ilusión de que el otro es –o debe ser- “transparente”. O que debe “adivinar” nuestros deseos o pensamientos.

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Hay parejas que pueden desarrollar intensos estados de “fusión” y dependencia, perdiéndose la individualidad de cada uno. Con frecuencia estas formas de apego, si no son advertidas a tiempo llevan a profundas crisis. Si bien es necesario un cierto grado de dependencia para sostener la estabilidad de la pareja, la exacerbación de estos estados puede generar grandes inquietudes al percibir que el otro tiene un “mundo propio”, al que no es posible acceder. Se trata de lo “no compartible” de cada uno, aquello que forma parte de la privacidad y que no necesariamente encubre engaños o mentiras.

Se dice que en toda pareja existe un primer tiempo de “enamoramiento fundante”, al que se entiende como un estado cercano a la hipnosis y a la alucinación, más que al pensamiento racional. Este estado se atempera (no desaparece) y tiende a resurgir en reactivaciones pasionales. Se dice que es el “arquetipo de la locura, en la normalidad”, porque los verdaderos rasgos del otro pueden ser negados, en función de una ilusión de completud. Y en este momento pueden perderse de vista indicios de la existencia de una relación destructiva o que conlleva un alto grado de malestar.

Podemos hablar hasta de “odios apasionados” -considerando que no hay lazo más fuerte que el que produce el odio. O de “amores destructivos”, cuando se da por sentado que el otro no tiene una existencia autónoma y se necesita hacerlo sufrir permanentemente. Aquellos integrantes de una pareja -o ex pareja- en la que se producen episodios de violencia, pueden encontrarse dentro de un encierro psicológico. Más allá de que observemos una víctima y un victimario, podemos considerar que ambos están presos de un funcionamiento destructivo que se les impone y que se desata ante determinados desencadenantes. Otro aspecto muy importante a tener en cuenta es que los vínculos pueden enfermarse.

A veces no son las personas las que están enfermas de violencia, sino los vínculos entre ellas. Esta idea nos aleja del campo de la patología individual y nos lleva al de los fenómenos que suceden entre las personas. Este enfoque aporta un panorama más completo y nos permite, muchas veces, actuar en el campo de la prevención.

Un recurso frecuente son los perímetros virtuales –las medidas de prohibición de acercamiento o exclusión del hogar- que marcan un límite alrededor del denunciante, que el presunto agresor no debería traspasar. Esta medida judicial construye virtualmente una frontera entre las partes en conflicto y sirven para ubicar al personaje temido “del otro lado”. Son soluciones de emergencia que en algunos casos logran la cesación de las hostilizaciones. Su efectividad dependerá de la mayor o menor disposición de los involucrados a acatar la ley.

Pero también estos recursos pueden confirmar a la persona su propia vulnerabilidad y que el peligro efectivamente se encuentra en el otro. Debemos tener presente, además, que en algunas ocasiones estas medidas son transgredidas por ambas partes -no sólo por el agresor si no también por la víctima- dado que existe entre ellos una importante dependencia afectiva ambivalente (de atracción-rechazo) cuya conflictiva no se resuelve con la sola disposición judicial o policial, sino que requiere de un trabajo terapéutico sobre el vínculo.

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La medida más urgente, por supuesto, será disponer todo lo necesario para que se pueda instalar una distancia física, pero habrá que trabajar paralelamente en la posibilidad de que ambos involucrados puedan mantener también distancia psicológica: Trabajar con ellos por separado, pero no solamente con la víctima sino también con el victimario en un abordaje que les permita entender por qué se repite la violencia y cuáles son los desencadenantes de estas actuaciones.

El sentirse excluído del hogar -y privado de su “objeto” de adicción- puede llegar a duplicar la ira y la sensación de injusticia en el agresor, si no se lo “incluye” en algún tipo de dispositivo terapéutico -grupal o individual- en el cual se lo estimule a pensar en lugar de actuar. Es difícil dar consejos o “tips” en este tipo de casos. De todas maneras creo que estos temas se han instalado en el imaginario social y resulta de mucha utilidad la difusión e intercambio de ideas que ayuden a quienes están inmersos en estas problemáticas -y a los profesionales que trabajan en ellas[1]a pensar con mayor claridad.

Integrante de A.P.A. Especialista en parejas y familias. Asesora del Depto. de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Autora del libro: “La familia y la ley. Conflictos-transformaciones”.

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