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21 de septiembre 2007 - 00:00

Ahora aconsejan a Cristina que hable

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Nada enloquece más al candidato que los consejos cruzados. El último que recibió Cristina de Kirchner es que regule más sus apariciones en público porque una sobreexposición puede perjudicar las marcas de intención de voto que le acercan esos mismos gurúes.

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Ahora le descubren otro lado flaco de su imagen y la apuran a que lo enmiende antes de que sea tarde: Cristina tiene que hablar más, dialogar, porque el silencio de su esfinge transmite angustia al público y arriesga adhesiones, es decir, votos. El dictamen viene de esos psicólogos sociales del ala lacaniana, que analizan el efecto que tiene en grupos de diversa extracción cultural el silencio inveterado de los Kirchner ante las situaciones de diálogo. Pero hablamos, se defiende la candidata. No, la aleccionan: ustedes dicen discursos desde la tribuna y hacia la cámara, pero no admiten situaciones de diálogo. ¿Para qué? El diálogo, responde el asesor, tranquiliza a las dos partes, amansa, abriga.

«Como toda mujer, Cristina es un enigma -dice el diagnóstico-. Un misterio a develar. Es un no saber que empuja hacia la angustia. El no saber en sí, el ¿qué quiere el otro de mí? Cristina tiene una posición subjetiva, que en vez de reproducir un efecto de disminución de la angustia, lo que hace es acrecentarla.»

  • Dureza

  • La esfinge de Cristina es dura en esos sondeos porque emite frases y dardos pero no tranquiliza; transmite enigma, a veces hasta dolor. ¿Cómo tranquilizar? Explicando, que es la función más antigua de los relatos: aliviar al público del temor a lo desconocido. Los Kirchner atacan, se defienden, pero no explican, no exorcizan, acusan, pero no tranquilizan. No alivian, agobian. No cuidan, algo que todos los expertos reconocen que sí tiene una Elisa Carrió, o tuvo antes una Graciela Fernández Meijide. El afecto que esas mujeres generaron en el público se basó siempre en su rol maternal, en la protección que extendían sobre quienes las escuchan. Ellas escuchan, después explican. Cristina no lo hace, cree -como su esposo- que nadie merece ser escuchado. Los culpables -es decir, el resto del mundo- no tienen derecho a la palabra; entonces no son dignos de que se les hable.

    Esa debilidad de los silencios de Cristina la definen los expertos que analizan su funcionamiento de la campaña como un drama: les han servido la agresividad y los silencios a los Kirchner gobernando. Construyeron lo que tienen de autoridad en el gesto fiero y distante, algo muy eficaz para domesticar el peronismo retobón. Pero el silencio y la aspereza no sirven en campaña.

    Otra paradoja del oficio; lo que te sirve para llegar no te sirve para gobernar (por ejemplo, les fue útil Duhalde a los Kirchner para llegar, pero debieron mandarlo a matar para sostenerse en el gobierno).

    Ahora lo que le permitió al matrimonio cabalgar estos años se descubre como algo negativo, que le resta confianza, cariño.

    ¿Quién vota a quien no ama?, dicen estos psicólogos.

    ¿Remediable sin aparecer haciendo concesiones? Quizá, pero no imposible. En todo caso, obliga a un aterrizaje suave en la realidad, bajar de a poco del púlpito y admitir que hay algo más allá del escenario. Los Kirchner, como reyes impopularesde una fábula, se suelen mover en actos rodeados de un centenar de adictos que cuando se les da la orden comienzan a simular -como si pertenecieran al público- jaleos y gritos de adhesión. Con ellos no se puede simular un diálogo, como tampoco con la prensa adicta. Cambiar obliga a perder el miedo, pero el otro lado parece tan lejos y es arriesgar tanto a un cambio, que les crea más temor.

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