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Este año se cumplirán 30 años desde la muerte de Rucci. Hace tiempo que ese aniversario no significa nada, lo que pone más de relieve la perseverancia de algunos de sus amigos, siempre encabezados por Osvaldo Agosto -testigo del atentado de la calle Avellaneda-, que empapelan el centro con su foto de petiso metalúrgico bigotudo y contrariado. Sin embargo, en esta oportunidad, Rucci será tomado de nuevo como emblema de una contradicción. Los sindicalistas peronistas se han propuesto realizar una misa en la Catedral de Buenos Aires para ese día y, después, realizarán una marcha de antorchas hacia la sede de la CGT, en Azopardo 802. Nada personal, pero el itinerario los llevará casi de modo inevitable a pasar por frente a la Casa Rosada.
En la movilización gremial estarán gremios ligados a Hugo Moyano y el Movimiento de los Trabajadores Argentinos, el Movimiento Obrero Peronista de Antonio Cassia y Oscar Mangone, las organizaciones que acompañan a Luis Barrionuevo dentro de la CGT oficial y las 62 Organizaciones del «Momo» Venegas que responden a Duhalde. No estarán, eso sí, los «gordos» de la central obrera. Explica su ausencia uno de los organizadores: «Habíamos pensado en que presidieran la marcha, pero no queremos irritar al Presidente. Sabemos que no los quiere, que los echó de la Casa de Gobierno». El relato alude a un episodio ocurrido en la última entrevista de Kirchner con empresarios en las inmediaciones de su despacho. Al dirigirse a la sala de Situación, detectó la presencia de Armando Cavalieri y Rodolfo Daer. Fue entonces cuando llamó a Alberto Fernández y a Carlos Tomada y les ordenó que «retiren a ésos de ahí». Influencias de Julio Ledesma, el dirigente de Empleados de Comercio de La Matanza, decisivo apoyo sindical de los Kirchner, Néstor y Alicia, pero enemistado a muerte con Cavalieri. Cada vez se cotiza más en ese círculo Carlos West Ocampo: es el único «gordo» al que no le prohíben la entrada al círculo oficial.
La concentración sindical del 25 de setiembre, reivindicando la figura «antimontonera» de Rucci, se enhebra con otras manifestaciones, menos dramáticas (las antorchas al anochecer siempre cobijan algo teatral), pero dignas de atención. Ahí está Eduardo Duhalde, acusando veladamente a Kirchner de dividir al peronismo y llevándolo a la derrota en Río Negro. O Rubén Marín, quien señaló al Presidente por «estar jugando por fuera del PJ» y anticipando que «cuando las papas quemen, seremos los peronistas los que saldremos a bancarlo». Los amigos de Kirchner (montoneros presos y en libertad, piqueteros, candidatos extrapartidarios) se vuelven cada día más incómodos para otros peronistas poderosos. Habrá que esperar la reacción, que se sigue incubando en el kirchnerismo, con la organización de «una vuelta a la plaza el 17 de octubre» para que las relaciones entre facciones se vuelvan inquietantes y, tal vez, peligrosas.
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