Es de político sabio apostar siempre a la misma idea, pero no insistir en el mismo método, aunque alguna vez funcionó. Le cabe esta mirada al paro que arranca el campo hoy por seis días, expresando la queja de un sector que se sabe condenado por el gobierno Kirchner a caminar por el desierto en represalia por la derrota que le propinó en julio pasado. ¿Es oportuno salir con estas medidas cuando el público mira asustado las pizarras esperando cuándo lo va a tocar la crisis financiera internacional? Sus demandas son las mismas, pero ahora piden por retenciones cuando mueren vacas flacas en los campos de la sequía o cuando caen los precios internacionales que hacen problemática la próxima campaña. No mejora el perfil poco oportuno de la protesta que el gobierno siga, a seis años de kirchnerismo, sin proponer algún plan para uno de los sectores productivos claves de la Argentina.
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El fenómeno del conflicto anterior fue la adhesión de la clase media de las ciudades a la queja de los ruralistas para expresar el rechazo hacia lo que hacía el gobierno. Los funcionarios y operadores del kirchnerismo han corrido a blindar al gobierno para que no ocurra de nuevo ese enlace campociudad.
Para eso han lanzado en dos meses todas las medidas que creen apaciguan a la clase media: pago al Club de París, arreglo con bonistas, revisión de los números del INDEC, alejamiento de Hugo Chávez y acercamiento a los vecinos buenos del barrio (anoche se expresó eso en la cena de los Kirchner a funcionarios de Brasil, Chile y Uruguay); hasta el homenaje a Raúl Alfonsín puede anotarse en esa agenda de urgencia que emprendió el gobierno más por necesidad que convicción.
Medra también el gobierno con el temor de la clase media de las ciudades y sus reacciones; en el anterior conflicto vio cómo el gobierno Kirchner se embanderó en peleas de clase sin medir el daño que podía causar. La pérdida de riqueza que tuvo el país por ese conflicto la atribuye el público a la ceguera de una administración que prefirió «perder» (fueron palabras de Néstor Kirchner) para lanzar guerras anacrónicas contra oligarquías inexistentes y atribuir la protesta -a la que adhería la mayoría- a sectores ligados a la última dictadura. Esta vez quizá prefiera prevenirse más de las reacciones del gobierno ante la fuerza del campo.
Esta duda sobre la eficacia de la medida la expresan por lo bajo los propios dirigentes del campo, que temen que los productores más pequeños -castigados por la sequía, los precios, la falta de apoyo oficial a las exportaciones, a quienes además se les caen acuerdos que los beneficiaban como el subsidio al precio de la leche- esta vez no los acompañen con el mismo entusiasmo en la protesta.
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