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22 de junio 2006 - 00:00

Avatares matritenses

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Regresó contento Néstor Kirchner, anoche, al Palacio del Pardo, por el regalo que le había preparado Carlos Bettini, su embajador en España: ver el partido Argentina-Holanda con José Luis Rodríguez Zapatero, en la casa del presidente de España, acompañados los dos solamente por sus esposas, Cristina y Sonsoles. Además, se produjo lo imprevisto: fue Zapatero quien hizo esperar al santacruceño, demorado en una larga sesión del Congreso. Los dos matrimonios comieron juntos, miraron fútbol, se fotografiaron. También hablaron de política, como no podía ser menos (sobre todo en el caso de los Kirchner, casi adictos), especialmente del triunfo del PSOE en el referendo catalán y de las negociaciones del gobierno con la ETA, los dos capítulos de la dramática española de estos días. El legendario senador Antonio Carlos Magalhaes repite una máxima según la cual «nunca debes confiar en alguien a cuya mujer no le caigas simpático». Zapatero tiene garantizada la confianza de Kirchner: a Cristina le cae perfecto, tanto él como su esposa. El que tal vez no le caiga tanto, a partir de ahora, es Bettini: lo enloqueció, personalmente, para arrancarle la invitación de anoche.

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Mientras los dos matrimonios cenaban en La Moncloa, el resto de la comitiva comía una picada infinita, provista de tapas españolas, en el Palacio del Pardo: allí estaban los gobernadores, ministros, diputados, senadores frente a un gran televisor, en uno de los comedores. Varios de ellos habían llegado desde El Corte Inglés con módicas bolsitas. El euro le duele a todo el mundo, aunque el oficialismo, cultor del «dólar recontraalto», no lo pueda confesar. A la noche, frente a la pantalla, se destacó Alberto Balestrini: la ansiedad le hizo fumar casi un atado de cigarrillos y, por momentos, debió retirarse, de tan nervioso. Otro adicto, pero al fútbol. En el entretiempo, el simpático «Mono» Díaz Bancalari lanzó una de las suyas: se puso a analizar la elección presidencial según la suerte del grupo «Juan sin Tierra». «¿Quiénes son?», le preguntó Miguel Pichetto. «Los que están con Lavagna y le venden que tienen el aparato peronista. Son 'Juan sin Tierra', perdieron el territorio hace rato». Kirchner los encontró, de regreso, en esas lucubraciones, ya más tranquilos con el 0 a 0.

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En el Hotel Intercontinental, reunidos en el entrepiso, miraban el match varios empresarios: Santiago Soldati, su hermano Alejandro, Jorge Pereyra de Olazábal, quien promete que antes de que termine este mandato «lo afilio a Julio al Jockey» («Julio», siempre, es De Vido), Alberto Alvarez Gaiani, Carlos de la Vega, Raúl Fiscalini, Ricardo Fiorito, los hermanos Domec (ligados a la producción de cogñac, claro). El único empresario que visitó Madrid pero no estuvo con los suyos fue el ferroviario Gabriel Romero. El a esa hora tomaba champagne en el bar del hotel con el secretario de Transportes, Ricardo Jaime, y el factótum económico de De Vido, Claudio Uberti ( responsable del ente que controla las autopistas). ¿Habrá salido de esa mesa la versión, insistente, de que el director de Aerolíneas por el Estado será el ex presidente de la Bolsa Adelmo Gabbi?

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Concertaciones y contraconcertaciones. Esa es la moda. Atención radicales y peronistas de Río Negro: al comenzar el día de hoy, dos comprovincianos tomaban una copa en el lobby del Intercontinental. Pichetto y el ex gobernador radical Horacio Massaccesi, de visita en España. El único tema: la alianza con el radicalismo rionegrino con la que está coqueteando Kirchner.

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