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Si se repasa lo sucedido hora por hora, el desenlace de la interna sindical, ayer, parecía el resultado de una negociación endiablada, en la que se discutió hasta último momento el margen de maniobra que tendría Moyano para manejar la vida sindical y, sobre todo, para establecer que los males de la clase trabajadora se debieron a que los que la representaron en los '90 fueron concesivos y corruptos (operación que completaría la historiografía que se promueve desde Olivos).
Si, en cambio, se atiende a las intenciones confesadas por los distintos bandos con varios días de anticipación, ayer los gremialistas llegaron al destino previsto: mantener la ruptura pero culpando a la otra barra de haber roto los pactos simulados durante la negociación.
Para salpimentar esta rutina, bastante conocida entre gente adiestrada hace más de cuatro décadas en su oficio, anoche corrían versiones de todo tipo por las sedes de los sindicatos: en UPCN, donde sesionaron los «gordos», se temía que los activistas camioneros tomaran el edificio de Azopardo 802, sede tradicional (y abandonada) de la CGT. En Gastronómicos, donde Luis Barrionuevo invitó a sus amigos a ver el partido de la Selección argentina, se especulaba con que los militantes de la UOCRA habían tomado el estadio de Obras Sanitarias de avenida Del Libertador, donde ellos pensaban hacer su congreso para hoy.
A media tarde, la simulación de un acuerdo era tan perfecta que hasta algunos de los caciques involucrados se convenció de que habría una CGT unificada, con un triunvirato al frente. La idea de un comando colectivo había sido una de las condiciones no negociables para Armando Cavalieri y Carlos West Ocampo, los dos «gordos» que más resistieron la combinación con Moyano. Ellos se abrazaron al argumento explicado más arriba: dejarlo solo al camionero sería proveerle el micrófono oficial para que los insulte a ellos, los que administraron la vida del movimiento obrero durante los años '90. «Pongámosle dos o tres de los nuestros al lado para que, no bien diga algo, renuncien y se vayan con todo», sugirió Cavalieri.
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