Roberto Lavagna ya está lanzado en su carrera hacia la presidencia de la Nación, aunque no confirme públicamente esta postulación. Lo bien que hace. Antes debe despejar una incógnita importante, es decir, cuál será el estado en el que queda el radicalismo después de la Convención Nacional del 25 de agosto próximo. En vano hay que esperar una escena dramática en esa ocasión ritual, de las más apreciadas por los amantes de la liturgia de la UCR. Los convencionales apenas emitirán una autorización al Comité Nacional para diseñar su política de alianzas. Es decir, para asociarse con otras fuerzas y llevar en sus listas candidatos extrapartidarios, como Lavagna. Sin embargo, la asamblea santafesina será un buen termómetro para «puntear» la interna del partido. ¿Cuántos de sus gobernadores se harán presentes? ¿Qué sucederá con los intendentes atraídos por el imán de Olivos? Quienes presumen de conocer el futuro de ese juego aseguran que no habrá una ruptura operística, como la de 1956, cuando en Tucumán el partido se dividió en UCR Intransigente (frondicista) y UCR del Pueblo (balbinista). Pero todo el mundo sabe que en Santa Fe se podrán medir las fuerzas de cada bando.
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Lavagna contempla sereno el panorama. Supone que, una vez pasado ese episodio, quedará más claro el aval que el partido de Raúl Alfonsín le otorgará. Es curioso que alguien tan previsor y calculador como el fundador de Ecolatina se contente con tan pocas señales de certeza. Porque, según parece, el ex ministro de Néstor Kirchner todavía no imaginó un riesgo importante para su estrategia. Para detectarlo debería prestar atención a la jungla normativa que regula el sistema electoral argentino. Entre tantos requisitos, la legislación establece uno sobre el que Lavagna debería poner la lupa en estos días.
Es la obligatoriedad de que los partidos realicen internas abiertas para seleccionar a sus candidatos. Esta prescripción supone que las conducciones partidarias ven reducido su arbitrio ante la vocación por postularse y competir de sus afiliados de base. En otros términos, una convención o un comité de conducción pueden acordar una candidatura y llevarla a la Justicia electoral, siempre y cuando nadie decida enfrentar a ese aspirante oficial. De lo contrario, en una fecha que fija el Ministerio del Interior, el partido debe celebrar una elección interna con participación de los no afiliados a ninguna fuerza política. Recién cuando se realizó esa disputa se pueden oficializar las candidaturas. Todo esto puede leerse en la Ley N° 25.611.
¿Habrá recorrido Lavagna el camino crítico que sugiere esta posibilidad? Porque según están organizadas las fuerzas hoy en la UCR, no habría que descartar que el sector del partido que no desea su candidatura, sino que prefiere la de Kirchner lo enfrente en una interna por la postulación presidencial que nadie hoy parece contemplar públicamente. Para ponerlo en términos más crudos: ¿por qué descartar que Kirchner impulse a sus aliados radicales a provocar una interna abierta en el partido con la intención de que la candidatura de Lavagna peligre o, peor aún, salga derrotada? Los simpatizantes radicales de Kirchner no son afiliados intrascendentes. Se trata de gobernadores, intendentes, gente con capacidad de movilización y poder económico que, además, podría aspirar al auxilio, opaco pero efectivo, del gobierno de la Nación. Por alguna razón, la principal ingeniera institucional del oficialismo, Cristina Fernández de Kirchner, sigue auspiciando la celebración de internas abiertas y obligatorias, en contra de un extendido consenso en favor de su derogación.
La cuestión, como habrá advertido el lector, es crucial. Cuando ya se haya celebrado la convención de los radicales, Lavagna todavía debería esperar que Alfonsín le garantice que controla las candidaturas de su partido. Es decir, que está en condiciones de ofrecerle a su postulante peronista el sello oficial del partido para la competencia presidencial.
Imaginación
Estas posibilidades obligan a imaginar otra configuración, la que arme el propio Kirchner. ¿Está ya decidido el Presidente a conformar una alianza con radicales disidentes? ¿O aspira a asociar al PJ con la UCR oficial bajo el paraguas general de su Frente para la Victoria? Si alentara a sus aliados a competir en la interna radical, el santacruceño podría aspirar a capturar al partido y no sólo a un grupo separatista. Tendría más derecho a hablar de «concertación». No habría que descartar de plano que desde la Casa Rosada se impulse la candidatura presidencial de, por decir un nombre, Julio Cobos. Y que, si Cobos vence en la interna, se lo convierta en candidato a vicepresidente de algún Kirchner, Néstor o Cristina, en el marco de una alianza con la UCR oficial. Lavagna, en tal caso, debería buscar otro sello para postularse. Acaso el de un partidoignoto que tienen registradoa su nombre Juan José Alvarez y Eduardo Camaño, principales gerentes políticos del grupo «El General».
¿Qué sucedería en tal caso con los radicales que hoy sostienen la postulación del ex ministro? Alfonsín, Federico Storani, Leopoldo Moreau o Jesús Rodríguez quedarían convertidos en una especie de grupo «El General», pero con origen en la UCR. Por eso podrían llamarse «El Peludo». Sería un modo de respetar la simetría.
Estas alternativas que se vislumbran en un futuro todavía incierto obligan a replantear desde la base la dinámica de la crisis radical. Si desde el gobierno se realiza una operación de captura de esa marca a partir de la intervención en la interna de la UCR, tal vez el pacto entre Lavagna y Alfonsín perdería consistencia y utilidad. A la vez, desprovisto del control del partido, el ex presidente y sus acólitos de los últimos 30 años tendrían que diseñar nuevamente su destino. ¿Enfrentar a Kirchner con el riesgo de descender más escalones hacia la entropía o plegarse a las circunstancias, esperando que pase el huracán santacruceño? Hay que relevar un indicio de estos días: el líder de Chascomús no recomienda expulsar a quienes se van con el gobierno. A uno de ellos, dirigente de la Capital Federal, le contestó ante una consulta en ese sentido: «No te apures, pero no te achiques». Alfonsín está ahora en peores circunstancias que aquellas en que se encontraba a fines de 1993. Es decir, en vísperas del pacto de Olivos. Hay que suponer que, ante contextos parecidos, la gente suele dar respuestas similares.
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