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28 de abril 2008 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

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Martín Lousteau
MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».


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El columnista ahueca la voz para adoptar el tono de sus grandes anuncios apocalípticos; lo ha hecho antes y se lo reprocharon los presidentes Kirchner. Para Morales Solá la crisis que vive el país es la peor desde mayo de 2003 y puede terminar, si no se cuidan estos santacruceños, como los gobiernos de comienzo de siglo (dígase Fernando de la Rúa). No es posible imaginar peor diagnóstico para este matrimonio que se precia de gobernar revolucionando la Argentina. Según el columnista «la mala administración de problemas potencialmente graves, como la inflación o el conflicto con el campo, podría derivar en una crisis política y social de homéricas magnitudes».

Según este diagnóstico, el gobierno pierde aliados dentro del peronismo, cae en las cuentas, se equivoca en economía y no sabe enfrentar la inflación. Como en todo análisis político, el observador suele elegir indicadores que confirmen sus hipótesis, y es el caso de Morales Solá, que entiende que Néstor Kirchner fracasa en su principal objetivo que es defender la instalación presidencial de su esposa.

Lo que deja dudas es la hipótesis de base del columnista. Afirma que el problema de los Kirchner es el exceso de poder y no la falta de poder. Habría que probar lo primero cuando sobran testimonios de que las decisiones más importantes del gobierno de Néstor Kirchner las tomó forzado por su debilidad de origen. Un ejemplo: pagarle al FMI casi u$s 10 mil millones al costo de perder el prestamista más barato del mercado, con la sola intención de que el público no diga que ese organismo le da órdenes, es un gesto gigantescode debilidad. Otro: bastó una plaza de Juan Carlos Blumberg para que el gobierno abandonase la política de seguridad que había instaurado Kirchner con Gustavo Béliz para que diera un giro de 180° -la pasó a manos de Alberto Iribarne, que había sido viceministro del Interior con Carlos Menem.

Su retorno al peronismo de Juan Mussi y José María Díaz Bancalari, al que había prometido liquidar definitivamente, abandonando además el sueño transversal y concertador es otro ejemplo de la debilidad de su administración. En descargo de los Kirchner corre que ellos no son los responsables de su debilidad; la crisis política argentina es una pérdida de poder de todos los protagonistas. Es decir, que ellos heredaron la debilidad de los gobiernos argentinos de esta década y poco han hecho para superarla. Más bien se han dedicado a surfear las olas previniéndose de revolcones -que lo diga sino la crisis con el Uruguay por las papeleras o este episodio terminal con el sector del campo, que demostró que ni la calle domina el gobierno en la Argentina, como creían algunos asustados por la ola piqueterista.

VAN DER KOOY, EDUARDO.
«Clarín».


En el mismo tono de Morales Solá, el columnista del monopolio aporta más reflexiones que abonan la hipótesis de la declinación del kirchnerismo (titula la entrega de ayer «La crisis, ¿ya terminó o empieza?»). Según Van der Kooy, la causa de la crisis es el envanecimiento de los Kirchner por la «rotunda victoria» de Cristina en las elecciones de octubre. Debería explicárselo a los Kirchner que creen -aunque no lo admiten en público- que fue claro pero rodeado de acechanzas hacia al futuro. Perdió las elecciones en Capital Federal y Córdoba, pasó raspando en Santa Fe y en Buenos Aires ganó Daniel Scioli destrozando al peronismo con la dispersión que significan las listas colectoras y las listas «espejo»; en Mendoza el kirchnerismo perdió frente al justicialismo no concertador. Con ese panorama nadie puede envanecerse si además Mauricio Macri se quedó con el gobierno porteño con 60% de los votos y Elisa Carrió triunfó en ese distrito en todas las categorías (además de presidente, diputado y senador nacional).

No es tan dramático como Morales Solá cuando dice que «no hay ahora derrumbes posibles porque Cristina, al margen del deterioro, conserva legitimidad y una dosis de expectativa», lo cual dicho así no debe ser muy consolador para un gobierno que se arrulló durante varios años en los mensajes cariñosos del monopolio.

Para colmo, el columnista la pone a Cristina de Kirchner en el rol de viuda de Martín Lousteau y su salida sería, desde este ángulo, una pérdida para la Presidente que lo quería por «la imagen de modernidad que transmite» (el ex ministro, se entiende). Con la salida del ministro quedarían dinamitados los proyectos de la Presidente de darle un aire distinto a su gestión respecto de la de su marido. Tampoco le vaticina algo mejor el analista al resto del gabinete, cuando dice que Alberto Fernández y la mitad de los ministros han ofrecido su renuncia para que haya una renovación de elencos que refresque al gobierno. Decir esto y llamarlo derrotados es lo mismo. Si fuera cierto, la Presidente debería despedirlos a todos por trabajar a desgano.

Lo mejor del panorama es el ingenio de una frase que remite el columnista a un funcionario cuyo nombre omite (debería hacerlo para darle un premio) y que dice que «Guillermo Moreno es para Kirchner como la morfina. Le calma los dolores pero no sirve para combatir la enfermedad», Se apenará sin embargo Moreno que cree tener, por lo menos, los efectos de la crotoxina, que según algunos curaba ciertas enfermedades.

GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».


Con menos frenos que sus colegas, el profesor sanciona lisa y llanamente que estamos ante el final del modelo kirchnerista. Una pena, si fuera así, para quienes creyeron que 2008 significaría el comienzo del cambio dentro del cambio (o algo así).

Según Grondona, Néstor Kirchner fue bueno hasta que se le fue Roberto Lavagna. Hasta ese momento parecía aprovechar acertadamente el rebote de salida de la crisis -omite el profesor un juicio sobre el canje de la deuda que hicieron el ex presidente y su ex ministro que, por ahora, parece un negocio ruinoso para el país.

Desde ese momento desencadenó lo que el propio Lavagna llamó «capitalismo de amigos» y separó el universo político entre réprobos y elegidos. Como si se dejase llevar por una patología política, el ex presidente se encastilló en la caja enriquecida por las retenciones y se dedicaría a juntar gobernadores adictos que reforzasen su poder. Eso le hizo olvidar, cree Grondona, el alerta sobre problemas como la inflación, de la cual se daría cuenta ya tarde.

Esta etapa final del kirchnerismo, dice Grondona, es la del asalto a los medios para que no cuenten lo que pasa de malo en la Argentina. Esta maniobra de ocultamiento sólo alimenta en el público la incredulidad: «Este, el más oscuro de todos, es el tercer callejón», remata el profesor.

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