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La entrega de ayer del columnista equivale al «Album de Oro de Patoruzú» del periodismo oficialista. La editorial Dante Quinterno halagaba hace años a sus lectores -y a sus alforjascon ediciones especiales del personaje. La columna de ayer ejerce, más que nunca, el rol de boletín oficial al reproducir los términos exactos del proyecto de retenciones que discute el gobierno y que tratará de imponer en Diputados esta semana. Relata la minuta que envió Agustín Rossi a los diputados del oficialismo con la explicación de cómo se abrirá el paquete que envió Cristina de Kirchner: ofreciendo, como adelantó este diario, tantas compensaciones a los productores que harán insignificante el peso de los gravámenes sobre sus negocios.
Lo único que ha buscado el gobierno, a un costo altísimo, es disipar la idea de que retrocede ante una medida que el público rechaza. Ensañado con la opinión pública, Néstor Kirchner centró su pelea con el campo en la denuncia de golpe. «Es un ataque a la autoridad presidencial», ha dicho cuando le preguntan por qué afirma esa hipótesis.
Esconder la debilidad de su gobierno -y el de su esposa- ha sido el principal empeño, convencido Kirchner de que en la Argentina de la crisis política, el público le da la espalda a quien no tiene poder. La debilidad que exhibe la administración en su pelea con el campo, sin embargo, no nace con este conflicto, que lo único que ha hecho es poner al descubierto esa fragilidad. Que tampoco nació con los Kirchner ni son ellos los responsables de ese padecimiento. Su culpa, en todo caso, como antes la de Eduardo Duhalde, es no haber hecho nada por superarla, y mucho por agravarla.
El párrafo más interesante es cuando Verbitsky, a lo Mariano Grondona, ensaya una teoría de las crisis argentinas: lo que Duhalde quiere hacer por estas horas es tumbar con una pueblada a Cristina de Kirchner usando el mismo mecanismo que empleó para hacerlo caer a Fernando de la Rúa. Ensayó, imagina el columnista, el mismo expediente, aunque con poca suerte, para hacerlo caer en 1996 a Carlos Menem, quien, a su vez, hizo lo mismo con Raúl Alfonsín en 1989 cuando lo mandó a Domingo Cavallo a decir en los Estados Unidos que si el riojano gobernaba ignoraría las medidas que había tomado el presidente radical en el llamado «plan primavera». Las conciencias autoritarias como Verbitsky, como describió Hannah Arendt, se inclinan hacia las teorías conspirativas para explicar los hechos políticos. Esta simplificación aporta otro ejemplo de esa fe en la mano negra.
VAN DER KOOY, EDUARDO « Clarín»
La estampa que da el columnista del monopolio no puede ser más desoladora para el gobierno. Imagina que los Kirchner viven en el desconcierto de la nueva Argentina que ha paridola crisis del campo. Las marcas de ese nuevo país que desconcierta al matrimonio presidencial son: 1) el protagonismo del Congreso -pese a que lo acusen muchos de limitarse a levantar la mano o, cuanto más, de negociar el voto en favor del gobierno; 2) el aglutinamiento de la oposición como nunca ocurrió antes; y 3) el descongelamiento del peronismo, que empieza a discutir el mando de Néstor Kirchner, y que se expresa en los movimientos de los caciques del interior que se reúnen a cara descubierta.
Confirma la columna un adelanto de este diario: que Cristina de Kirchner envió el proyecto de retenciones al Congreso respondiendo a una señal de la Corte Suprema. El tribunal, como ya se dijo, le hizo saber al Ejecutivo que los juicios que navegan en tribunales contra retenciones móviles terminarían en una declaración de inconstitucionalidad. Ese golpe lo trataría de eludir el gobierno forzando al Congreso a que ponga la cara para amortiguarlo.
GRONDONA, MARIANO «La Nación»
Recae el profesor en el romanticismo político al intentar explicar la política por el temperamento de sus protagonistas, cuando quizás ése sea un negocio en el cual la voluntad individual pesa mucho menos que la necesidad de los hechos.
El columnista cree que todo lo que pasa, pasa porque la conducta de Néstor Kirchner tiene una motivación «agonal», es decir que prefiere la lucha frente a la construcción. Busca doblegar y vencer a los demás en un frenesí que escapa a los carriles de la racionalidad. Siempre dentro de las explicaciones psicologistas, adhiere Grondona a la hipótesis de que Kirchner se comporta arrastrado por la culpa de no haber sido un insurgente en los años 70, como otros peronistas.
Esa estructura temperamental aleja a los Kirchner (a esta altura ya el columnista identifica a Néstor con Cristina) de cualquier conducta racional. Se niega, por ejemplo ante el campo, a rectificarse de sus errores. Casi compasivo, remata la columna con este pedido que seguramente conmoverá a los Kirchner: «¿Qué más necesita el matrimonio presidencial para entrar en razón?».
MORALES SOLA, JOAQUIN «La Nación»
La columna se resuelve en la enumeración de las rabietas de Néstor Kirchner con sus funcionarios y legisladores, a quienes envía violentas amenazas de represalias si no apoyan la letra del proyecto oficial de legalizar las retenciones móviles para el campo. Frente a ese enojo del ex presidente, alzan legisladores del oficialismo su temor de que el Congreso termine « incendiado» -usa esa palabra- si el kirchnerismo impone el verticalismo. A la cabeza de esos rebeldes, claro, se alza el vicepresidente Julio Cobos, quien pudo hasta pensar en una renuncia al cargo. El mejor acierto es el remate: para la Argentina «toda oportunidad es una crisis».
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