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Vuelven las coincidencias -seguramente por las fuentes consultadas- de este analista con el del monopolio «Clarín». Como Eduardo Van der Kooy, Morales Solá pone en el eje del comentario semanal el estado de rebeldía de la sociedad ante el gobierno. Este fenómeno lo detecta como consecuencia de la derrota del kirchnerismo en la pelea con el campo, pero se verifica desde antes. Las manifestaciones de esa rebeldía son la revisión que hará el Congreso del proyecto oficial de estatización de Aerolíneas; los empresarios que, ya sin mordaza, se quejan de que la inflación llega a 25% en el año, y la división de la CGT entre moyanismo y barrionuevismo, compitiendo los dos respecto de cuánto le pueden sacar al Estado usando su poder.
Para Morales Solá los Kirchner están en un callejón sin salida porque para emerger de la crisis de su gobierno deberían aprender a retroceder. Seguramente el matrimonio imagina otras formas más creativas de salvar su administración, acosada por mensajes que el columnista reproduce con fruición: «'En Washington hay preocupación', aceptaron lacónicas, fuentes confiables desde la capital norteamericana», dice en un pasaje de su nota. Como para arruinarles el fin de semana largo a los Kirchner.
Le da el columnista poco crédito al desempeño del nuevo jefe de Gabinete. A Sergio Massa lo ve ya desanimado porque choca con el ala morenista del gobierno, encabezada por Julio De Vido, que desatiende sugerencias para dar señales de credibilidad al mercado.
Por ejemplo, que tenga más protagonismo el ministro de Economía, Carlos Fernández, que se anuncie el programa de financiamiento del gobierno para 2009 y un cronograma de reducción del gasto público (en realidad, el gobierno tiene que mostrar eso en el proyecto de presupuesto que debería ir al Congreso antes del 30 de setiembre) y algún proyecto de arreglo con los acreedores del llamado Club de París. Esos deseos del intendente de Tigre con licencia chocan con expresiones de Cristina de Kirchner al presidente de Francia que reproduce Morales Solá: «No le pagaremos un dólar al Club de París en los próximos años», le dijo a Nicolas Sarkozy. Panorama negro, salvo que haya pagos, pero en euros (la literalidad es una de las formas de encubrimiento en el discurso político).
VAN DER KOOY, EDUARDO «Clarín»
En la misma línea informativa de su colega de «La Nación», Van der Kooy se sorprende de que la oposición esté envalentonada frente al gobierno como consecuencia de la derrota en la pelea con el campo. Le sirve esa constatación para vaticinar males tan grandes como los que promete Morales Solá: trizamiento de la confianza del público en el gobierno y una «crisis grande» en la economía. Cree exagerado que el país vaya a un nuevo default, pero no es nada tranquilizador que la Argentina tenga que enfrentar vencimientos el año que viene por u$s 21 mil millones con u$s 50 mil millones de reservas.
Como todos los comentaristas del domingo, le parece intolerable al columnista que el gobierno no haga nada para mejorar la credibilidad de los índices que publicita el INDEC. Tampoco que no amague algún movimiento que permita que visite el país la misión anual del FMI, condición para que la Argentina mantenga ciertos privilegios de la membrecía, como el derecho a voto en el organismo. La inquina con el FMI perjudica el diálogo con el Club de París, algunos de cuyos miembros quieren además que la Argentina les dé alguna esperanza a los bonistas que no entraron en el canje que les propusieron Néstor Kirchner y Roberto Lavagna.
Aporta otro dato inquietante, la expresión del ministro de Economía, Carlos Fernández, a un amigo: «No sé qué sigo haciendo allí». Como el columnista de «La Nación», reseña el desánimo que gana al jefe de Gabinete en su polémica con la mesa chica del kirchnerismo. «Ha decidido no dar ninguna batalla frontal», dice de Massa, que pide que el INDEC salga del control de Guillermo Moreno. Una futilidad dado que Moreno, por emblemática que parezca su figura, en realidad es Néstor Kirchner, un personaje bien difícil de extirpar del gobierno. Puede pasar el INDEC a la Jefatura de Gabinete o a Economía, puede seguir o no Moreno, pero la política de índices es una política de Kirchner, que el matrimonio ha defendido en público y en privado con argumentos fuertes que nadie cree hayan resignado.
VERBITSKY, HORACIO «Página/ 12»
Forzado todos los domingos a estrenar una nueva arma para defender al gobierno, ahora Verbitsky descubre que la política argentina debe entenderse hoy por la dialéctica entre devaluacionistas y patrocinantes de un peso fuerte. Entre los segundos está el economista de cabecera de Elisa Carrió (lo fue antes de los gobiernos de Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, como tantos otros dirigentes criollos que dedican su vida madura a remediar sus actos de juventud): Alfonso Prat-Gay. Entre los primeros, José Ignacio de Mendiguren. Habría que avisarles a estos dos cuentapropistas que Verbitsky los ha designado polos de la dialéctica que explica a la Argentina.
Este escorzo le permite al columnista del oficialismo castigar a los mandantes de uno y de otro. A Carrió le atribuye ser la primera persona que identificó a Néstor Kirchner con dictadores del fascismo europeo. Al grupo Techint -fogonero del dólar recontraalto- le endilga la codicia empresarial de enriquecerse con exportaciones con un tipo de cambio favorable.
El análisis peca de simpleza y de voluntarismo, porque ni Prat-Gay ni De Mendiguren son los responsables, únicos al menos, de la inflación en la Argentina, ni tampoco podrían por sí solos remediar las consecuencias del imparable alza de los precios. Pero personalizar los acontecimientos políticos y atribuirlos a la voluntad individual es una de las características del pensamiento totalitario, según lo describió Hannah Arendt.
Se queja Verbitsky, como en columnas anteriores, de que el gobierno haya destruido la confianza pública en el INDEC, pero justifica que se haya apoyado en los índices dibujados por ese organismo para impedir que se reconozca un aumento del capital adeudado de los bonos atados a la inflación que llega ya a los u$s 10.800 millones.
Como algún error tiene que admitir en el gobierno, le atribuye a Cristina de Kirchner haber reconocido que la suscripción de bonos por u$s 1.000 millones por parte del gobierno venezolano ha sido una medida « autodestructiva». De nada vale que lo admita la Presidente cuando ella misma ordenó esa venta. Debió prever las consecuencias de la medida antes de tomarla, como corresponde a un presidente. Hizo lo que hizo y permitió que el gobierno de Hugo Chávez haya aplicado la bicicleta de la que ya informó este diario y que el columnista describe en estos términos: «La bicicleta financiera que el teniente coronel Hugo Chávez permite a los banqueros de Caracas completó el círculo vicioso: compraron esos papeles con dólares adquiridos en el mercado oficial a 2,15 bolívares y los volcaron sin demora en el mercado paralelo a 3,38, lo cual les permitió hacer una diferencia superior a 50 por ciento en un día, a costa del desplome de todos los bonos argentinos. Por maniobras similares con los diferenciales de cambio hay causas penales abiertas en Caracas contra operadores venezolanos».
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