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Esperable que el cronista-asesor del gobierno dedicase largas parrafadas del panorama político de ayer a justificar todas las posiciones del gobierno en materia de política exterior. Imagina, por ejemplo, que lo que ocurre en Bolivia es un adelanto de lo que puede pasar en la Argentina. Este dislate lo anunció antes Verbitsky sobre la base de un estudio antropológico, digno de los tiempos de la limpieza étnica en Europa durante el siglo pasado, que indica que la mayoría de la población de la Argentina responde el genotipo del indígena. Esa mayoría cobriza, aventuró, podría ser la masa crítica de una « evización» del país, es decir de plantar la guerra racial como el eje de las disputas políticas criollas. «En la Argentina también se juega el destino de Bolivia», afirma, y remata: «Evo tiene la razón y la fuerza, política y militar, y está usando de ellas con cautela», dice en elogio inopinado del presidente vecino. Cree quizá que con esas expresiones, de las que Morales seguramente ni se va a enterar, compensa las expresiones de apoyo de algunos rebeldes bolivianos a los ruralistas argentinos que le propinaron una módica derrota al gobierno de Cristina de Kirchner.
Con ese formato, entiende que la actitud del gobierno argentino ha sido prudente en el apoyo a Evo Morales, como también lo ha sido el tono de la protesta ante los burócratas de Washington por lo que hacen y no hacen los fiscales y jueces de Miami en la investigación de los fondos encontrados en una maleta bolivariana, pero que llegó al país en un avión pagado con fondos públicos de la Argentina y acompañada por un puñado de funcionarios del gobierno de Néstor Kirchner.
Sobre este punto repite la doctrina oficial sobre el complot u operación «basura» que complica a fiscales identificados con los halcones de la administración Bush que tienen un récord de atrocidades procesales en el tratamiento de otros casos. Insiste, sin embargo, Verbitsky más en la tesis de Washington y no en la de Buenos Aires, cuando dice que el objetivo del juicio de Miami es Hugo Chávez y no Cristina de Kirchner. Debería completar esa admisión con el contexto político que hace entendible esta astracanada en la cual la Argentina lleva siempre las de perder, porque su gobierno actúa, como otros casos, como en un torneo de improvisación escénica. Es cierto que el blanco de las investigaciones es el gobierno de Caracas, como es el de La Habana, los dos demonios de la administración Bush. La Argentina cobra la paliza por su identificación en muchas líneas de su gobierno con lo que hacen Cuba y Venezuela. Paga el costo de estar en el barrio equivocado. ¿Debe mudarse de vecindad el gobierno argentino? Si quisiera salir de este sainete del valijero, seguro que sí. ¿Por qué no lo hace? Seguramente porque entiende que tiene beneficios estar en ese barrio.
Se enoja algo Verbitsky con Hugo Chávez, quizás expresando el entusiasmo de Olivos con los extremos que emprendió el bolivariano durante la semana pasada contra los Estados Unidos, expulsando al embajador de ese país y exclamando: «¡Yanquis de mierda!» por televisión. Es difícil mantenerse en el barrio con este vecino, frente al cual, es cierto, Evo Morales parece un sufrido militante de la América morena que enfrenta los problemas que debió superar, para citar un ejemplo claro, Sudáfrica cuando salió del apartheid, es decir incorporar a la vida institucional de su país a un sector de los ciudadanos que nunca había participado antes del reparto de poder.
A diferencia de los otros columnistas domingueros,Verbitsky avanzó en los detalles de la pelea política doméstica. Primero, advierte sobre la importancia que tiene el movimiento que construye en la oposición Elisa Carrió. Es raro cómo sus colegas omiten en sus análisis políticos lo que significa la Coalición Cívica como armado de resistencia al gobierno; Verbitsky lo demoniza y se mofa de sus consignas, pero nunca minimiza su significado. Es un aporte a la comprensión.
También despacha peleas propias; una con el periodista Martín Caparrós por lo que éste escribe contra el gobierno. Otra contra Alberto Fernández, a quien castiga en la figura de Héctor Capaccioli, superintendente de Salud que tiene como referente al ex jefe de Gabinete y de cuyas responsabilidades en el oscuro origen de los fondos de campaña del oficialismo está convencido.
VAN DER KOOY, EDUARDO «Clarín»
Firme como pocas veces en el último tiempo en la crítica al gobierno, el columnista concluye su panorama semanal con que «en la Argentina están haciendo falta imperiosamente otras cosas». No dice cuáles, pero seguramente no son las «cosas» que hace el gobierno, al que ve complicado sin remedio en las andanzas de Hugo Chávez, que le hizo dar al gobierno de Cristina de Kirchner un traspié cuando compró bonos de la deuda argentina que los bancos venezolanos remataron en el acto en el mercado paralelo, haciendo inocua la intención criolla de mejorar el perfil financiero del país.
Es bueno el dato que aporta sobre la broncaque estalló en Olivos cuando Néstor Kirchner se enteró de la expulsión del embajador de los Estados Unidos por Evo Morales.
Encontró, como Hugo Chávez en Caracas, un argumento para brindar la posición argentina en el affaire del valijero. El bolivariano imaginó a su vez que el embajador norteamericano en su país animaba también un complot contra su gobierno y lo echó. Los Kirchner aprovecharían esas tramas paralelas para sumarse a la ola anti-Bush y culpar al gobierno de Washington de manipular a los fiscales y jueces de Miami para perjudicar al gobierno argentino. Si no hay pruebas aún, más allá de los dichos de dichos, sobre la relación del dinero de Antonini Wilson con los fondos de campaña de Cristina de Kirchner, tampoco las hay sobre esa orden de Washington de complicar las relaciones con Buenos Aires.
MORALES SOLA, JOAQUIN «La Nación»
Sin información nueva sobre los temas de la semana (valijero, crisis en Bolivia), el columnista ensaya la veta del periodismo por sentencias. Por ejemplo, cuando se pregunta -con tino- si las posiciones del gobierno de Cristina de Kirchner expresan las de la mayoría de la sociedad argentina. Pedirle que lo hiciera, sin embargo, plantearía dificultades dialécticas insalvables, porque el actual gobierno es el de una minoría y después de todo no hace más que expresar el pensamiento de una minoría. Eso no es infrecuente en las democracias, y a veces expresar desde el gobierno el interés de una minoría puede hacerse en beneficio del conjunto.
No es el caso de las administraciones Kirchner, que han afrontado el costo de comportarse como el gobierno de una mayoría. La crisis más grande que vivieron -la pelea con el campo- prestó el servicio de que el gobierno claudicase en su pretensión de esconder ese ardid de disfrazarse de mayoría. Cuando eso ocurrió, el matrimonio hasta imaginó la posibilidad de dejar el gobierno, hecho que se relató con detalles y que nunca se ha desmentido.
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