La torpeza del oficialismo suele ponerse de manifiesto demasiado seguido. Por ejemplo, ayer. Néstor Kirchner debió enfrentar, nuevamente, el fenómeno que más lo inquieta y en ese trance se pusieron de manifiesto algunas viejas evidencias y también un par de novedades:
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Volvió a demostrarse una ley del kirchnerismo: la fuerza más temida no son los «poderes ocultos», «intereses nefastos» o «conspiraciones corporativas» que le quieren doblar el brazo al Presidente, como él mismo describe en los discursos. El verdadero peligro para la actual administración parece ser la movilización urbana. Sea la de los padres de Cromañón, los vecinos de Gualeguaychú o los ciudadanos afectados por la inseguridad. Tiene su lógica: el mandato más imperativo del gobierno es evitar un cacerolazo como el que devolvió a su casa a Fernando de la Rúa o a Adolfo Rodríguez Saá. Hasta la política energética está diseñada para alcanzar ese objetivo.
Como sucedió la primeravez que Juan Carlos Blumberg convocó a una marcha, el gobierno salió de quicio. En aquella oportunidad se sospecharon hasta consecuencias médicas. El Presidente fue internado en esos días por la perforación de una úlcera. En cambio es sabido que el oficialismo mandó a boicotear la manifestación de ayer de mil maneras. Desde atemorizar a través de distintos canales los días anteriores, hasta permitir que los colectivos que traían hasta el centro a los piqueteros oficiales de Luis D'Elía, bloquearan las avenidas del centro para inmovilizar la Ciudad. Recetas que permanecen a pesar del cambio de geografía y de escala: cuando se insinuó un cacerolazo, en Río Gallegos, fue enfrentado por fuerzas de choque denominadas «guardianes de la democracia». ¿Cuántos de los manifestantes que superaron ayer las dificultades para llegar a la Plaza de Mayo no fueron «llevados» por el gobierno y su llamativa impericia? ¿Cuántos votos perdió Kirchner en su intento por bloquear una movilización que, aun así, fue exitosa? Por otro lado, la estrategia oficial era perdedora en todos los casos: si Blumberg no conseguía llevar gente, sería por culpa del gobierno; si lo conseguía, como ocurrió, ganaría Blumberg.
El subsecretario de Hábitat, Luis D'Elía, se ensañó con el padre de Axel diciendo que «quiere subir a una candidatura sobre el cadáver de su hijo». Y el diputado Carlos Kunkel, quien produjo en las últimas horas algunos episodios de sectarismo llamativos, le pidió al padre de Axel que antes de manifestarse rinda cuentas sobre cómo trataba a los empleados de su antigua fábrica o que no ocupara la Plaza si antes no había protestado allí contra Jorge Videla (¿por qué no se lo pide, antes, a todos los hombres y mujeres del gobierno?). A fuerza de esas decisiones y palabras, el gobierno hizo más por convertir a la marcha de protesta en un acto contra su propia política que lo que hizo el mismo Blumberg para iguales objetivos: «No le faltemos el respeto al Presidente», se cansó de repetir ayer el ingeniero, más que prudente.
Es lo que diferenció a la primera marcha con la de ayer. Hace dos años, a Kirchner le estaba permitido enfrentar estos desafíos hablando de la herencia recibida y convocando a los ciudadanos a acompañarlo a él en su lucha para modificar una situación preexistente. Con tal de que no llegara hasta la Plaza de Mayo, Blumberg era enviado en cualquier otra dirección, sea la del Congreso o los Tribunales. Ahora ese recurso parece imposible: el actual elenco de poder es necesariamente oficialismo, responsable. Con las agresiones a Blumberg consiguió empeorar su circunstancia y aparecer casi como victimario.
Esta torpeza para enfrentar el desafío de la concentración de ayer fue directamente proporcional a la fragilidad del gobierno frente a cualquier movilización urbana. En el camino quedaron los restos de la imagen pública de Adolfo Pérez Esquivel, quien puso su investidura de premio Nobel de la Paz al servicio de entorpecer y desfigurar una convocatoria realizada por víctimas que, en todo caso, deberían merecer su piedad. Otra hazaña del oscuro Parrilli y otros operadores presidenciales fue la de pulverizar la reputación de este arquitecto y reducirlo de la dimensión internacional a la que en algún momento habrá aspirado a la de, casi, un piquetero oficialista. Aun así, Pérez Esquivel terminó enfrentado con D'Elía.
Si el gobierno lució distinto ayer respecto de los primeros llamados de Blumberg, también este ingeniero se mostró más plástico y hasta astuto ayer, en su discurso. Impecable, pidió que no abucharan a Néstor Kirchner y a sus funcionarios, mientras, casi provocando la silbatina, los iba enumerando uno por uno: «Le dejé un mensaje al ministro del Interior, al jefe de Gabinete...». Mencionó a Felipe Solá y a su «predilecto», León Arslanian, con similar efecto. Amagó con ventilar cosas que le dicen en privado y le desmienten en público. Y utilizó su dedo eléctrico para bendecir o, acaso, pulverizar con un abrazo a Daniel Scioli, siempre sospechado por Olivos.
Dejá tu comentario