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19 de mayo 2006 - 00:00

Concertación kirchnerista, nada parecido a caso chileno

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Patricio Aylwin, Ricardo Lagos, Julio Cobos, Roberto Iglesias, Raúl Alfonsín y Roberto Lavagna
Néstor Kirchner hablará el próximo jueves, en la Plaza de Mayo, de «concertación». La palabra expresa la ambición ya conocida del Presidente de dar forma a una corriente política que desborde la frontera tradicional del PJ. En este sentido, viene a sustituir a otra etiqueta: la «transversalidad». Comparar ambos conceptos permite establecer afinidades y diferencias entre lo que ha ocurrido con el poder de Kirchner antes y después de las elecciones de octubre pasado. Acaso permita ver más allá: es decir, examinar un fenómeno político crucial de la historia en curso como es el colapso del radicalismo en los grandes centros urbanos.

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Como la «transversalidad», la «concertación» es una importación semántica. La primera provino de Italia. Allá se le llamó transversalidad a la familia de políticos que, militando en organizaciones que competían entre sí, manifestaban en cada una de esas fuerzas la misma vocación por el cambio del orden fundado en la posguerra, con el sistema de cinco partidos que gobernaron el país por poco menos de medio siglo. Esa designación se elaboró en el contexto del proceso conocido como «tangentopoli», desatado por las investigaciones judiciales del «mani pulite». Es decir: la transversalidad suponía la ruptura con un antiguo régimen corrupto y la pulsión por generar uno distinto, en el que confluían expresiones políticas de distinto signo. Finalmente, en Italia se dio un régimen bipartidista, diseñado en dos coaliciones que cobijan en su seno a muchos de los «transversales» que vieron naufragar a las agrupaciones de las que procedían.

La «concertación» nació más cerca: es una palabra trasplantada desde Chile. Allí designa a una coalición cuyos cuatro partidos principales son el Demócrata Cristiano, el Partido Socialista, el Partido por la Democracia y el Partido Radical Social Demócrata. La decisión de enfrentar al dictador Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988 fue la que dio a luz a esta entente. Sin embargo, la originalidad de la «concertación», aquello por lo que se la conoce y llama la atención, es que constituye una fuerza de gobierno que ejerce el poder en Chile desde 1990. Esa alianza de partidos puso en La Moneda a los democrata-cristianos Patricio Aylwin y Ricardo Frei, y a los socialistas Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

La «transversalidad» resultó una metáfora atractiva para la experiencia argentina de 2003, cuando Kirchner llegó al poder. Suponía una convocatoria a dar algún andamiaje a un poder con pocos votos, ajeno a los factores de dominio establecidos en el país y que venía de enfrentarse con los principales dirigentes peronistas que, en las elecciones de aquel año, habían estado detrás de Carlos Menem. Es decir, la «transversalidad» suponía una confluencia entre sectores y dirigentes que todavía no eran poder: que estaban camino de serlo. La comparación con su modelo italiano estaba destinada a ser cada vez más imperfecta en la medida en que Kirchner se fue convirtiendo en el titular de la nueva situación, es decir, en el jefe del oficialismo, sin que la «corporación política» impugnada se haya renovado demasiado.

  • Destinatario

  • Tal vez por esto resulte ahora más adecuado el vocablo «concertación». El Presidente estaría ahora convocando a un entendimiento entre partidos para ejercer el gobierno. El destinatario directo es el radicalismo, no como fuerza orgánica sino en la persona de varios de sus dirigentes. ¿Será así? En apariencia, sí. Sin embargo, la pretensión argentina comienza a diverger de su paradigma trasandino cuando se lo analiza con más detenimiento:

  • La «concertación» chilena es una articulación de partidos muy institucionalizados, con mecanismos de selección bastante estrictos. ¿Cuáles serían los partidos que suscribirían la «concertación» de Kirchner? ¿Será Ramón Ruiz quien pondrá la firma por el PJ? Es el interventor designado por la jueza electoral María Servini de Cubría en el movimiento que fundó Juan Perón. Antes se desempeñó como agente de la SIDE en España. ¿Quién firmaría por el radicalismo? Nadie. El llamado del Presidente produce un gran rechazo en la conducción de ese partido, sobre todo porque sus efectos más negativos se ejercerán sobre la UCR de Mendoza: el titular nacional de esta fuerza es Roberto Iglesias, enemistado con el gobernador de su provincia y principal aliado del kirchnerismo, Julio Cobos. En consecuencia, esta «concertación» a la santacruceña supone desgranar a una de las fuerzas históricas, la UCR, que atraviesa hoy el momento más dramático de toda su existencia, con dificultades para postular a un candidato a presidente de la Nación. Si se quiere ver un espejo defensivo de la operación que Kirchner realiza sobre la UCR, ahí está la estrategia de Raúl Alfonsín, quien también les propone a los suyos un candidato ajeno, peronista, Roberto Lavagna. Vista desde este ángulo, la «concertación» que se lanzará desde la Plaza de Mayo será la coartada para catalizar dos procesos de fragmentación interna. El del PJ, donde se verifica el desprendimiento de un mínimo sector ligado al duhaldismo, y el de la UCR, que evoluciona hacia su entropía.

  • La otra característica de la «concertación» de Chile es que se trata de un método de gobierno. Supone distribución de poder, cuotas de asignación de cargos, colegiación. ¿Está hablando de esto Kirchner, cuando se refiere a la «concertación» en su administración? Si fuera así, se estaría ante una especie de conversión espiritual del mandatario, un hombre angustiado por la posibilidad del descontrol, que él cree derivado de la descentralización del mando. Si fuera así, es decir, si Kirchner quisiera lotear entre partidos el poder que adquirió en estos tres años, ¿quiénes serían los titulares de las acciones de las distintas corrientes y fuerzas? Misterio.

  • La articulación de fuerzas que gobierna en Chile desde hace 16 años está facilitada por un dispositivo local: allí al presidente le está vedada la reelección. En cambio, lo que se propondrá el jueves próximo tiene sentido en la medida en que Kirchner se lance a una segunda presidencia. ¿O los radicales que adhieren hoy a su liderazgo suponen que en 2007 irán detrás de una candidatura distinta de la de Kirchner? Tal vez esta última peculiaridad termine de diferenciar dos experiencias que, engañosamente, se designan con la misma palabra. El Presidente está más cerca de invitar a un contrato de adhesión a su propia jefatura que a constituir una nueva institucionalidad partidaria. Precisamente por eso, tal vez, necesite de una tergiversación semántica: un nombre prestigioso que permita a un grupo de pragmáticos radicales migrar sin culpa detrás de otro «síganme» personalista y expansivo.
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