El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Es cierto que los sindicalistas son pendencieros por naturaleza. Bastó que uno de los factores de discordia, Rueda, se marchara por una semana a México, para que ya aparecieran chisporroteos entre los otros dos triunviros: José Luis Lingieri le hizo un planteo a Moyano, como anticipó este diario, por la proliferación de agresivas barras bravas en el edificio de Azopardo 802, sobre todo en la cochera.
Se dirigió al Ministerio de Trabajo y reclamó allí para que le dieran un lugar. Todo el secretariado de la CGT esperó esa señal desde lo alto. Lo que hiciera Carlos Tomada con el caso sería una señal de lo que piensa y pretende Néstor Kirchner. Pero Tomada se hizo a un lado y, a través de sus técnicos, hizo notar que en el Consejo del Salario no está prevista la «discriminación positiva». La interesada ya estaba en México, enredada en una peripecia en la que no resultaría vencedora.
A su regreso, Rueda se enteró de que no sólo no había conseguido el cupo para integrarse al Consejo sino que los otros triunviros habían gestionado en su ausencia una audiencia con el Presidente. La sanitarista montó en cólera y se requirieron los buenos oficios de un par de dirigentes de buen trato para aplacarla. Como no dieron abasto Gerardo Martínez ni Armando Cavalieri, en la CGT recurrieron al «psicoanalista» Oscar Lescano, quien con paciencia fue devolviendo a la secretaria general a la armonía. Lo de Lescano pareció un éxito hasta el miércoles por la noche. Había conseguido que José Luis Lingieri se reuniera con Rueda en una entrevista a solas, conciliatoria.
Dejá tu comentario